Ianire Angulo Ordorika
Profesora de la Facultad de Teología de la Universidad Loyola

La fragilidad de nuestras vidas


Hay situaciones ante las que una servidora se queda sin palabras y tiene la sensación profunda de que es mejor callar que seguir incrementando el siempre excesivo número de discursos ante el sufrimiento de tantos. La tragedia ferroviaria de Urda y, sobre todo, el desconsuelo y el dolor de tantas personas me generan dos sensaciones aparentemente contradictorias.



Por un lado, la intuición de que no hay otro tema del que se deba hablar y, por otro lado, la convicción de que cualquier cosa que se diga resulta hueca y suena a vacío. Por una especie de respeto reverencial ante el sufrimiento de todos los afectados, había pensado no escribir este blog.

A pesar de este primer impulso, el hecho de que la línea de tren afectada sea, una vez más, aquella que yo uso de vez en cuando, me ha hecho caer en la cuenta de uno de los efectos colaterales que este tipo de situaciones genera: una clara conciencia de nuestra fragilidad. Lo habitual es que nos manejemos por la existencia sin hacernos conscientes de nuestra profunda vulnerabilidad.

Accidente de tren en Urda (Toledo)

Accidente de dos trenes de alta velocidad que han colisionado a la altura de Urda (Toledo), donde hay al menos 64 fallecidos. Foto: EFE

Vamos provistos con esa confianza básica necesaria que nos permite caminar por la calle sin temer que una maceta caída, un coche que entre en la acera o un tropezón tonto vaya a poner en evidencia que, como dice Isaías, todos somos quebradizos como la hierba o la flor del campo, que enseguida se marchitan (cf. Is 40,6-8).

Estoy segura de que ninguno de nosotros, tampoco los viajeros de los trenes accidentados, tiene en mente de manera constante cuán frágil es nuestra vida, al menos que tengamos un puntito paranoico. No, no podemos vivir en estado permanente de alerta, sospechando de todo y de todos, porque una actitud así de enfermiza nos incapacita para realidades tan esenciales como amar y confiar.

Somos efímeros

Las grandes tragedias que tanto nos conmueven también nos devuelven la debilidad de nuestra naturaleza y la facilidad con la que se nos puede dañar e incluso arrebatar la vida. Ante esto, puede ser que se haga fuerte la tentación de dejarle al miedo que ocupe demasiado espacio en nuestro día a día.

En cambio, me parece que la invitación es a que esa fragilidad, tomada en serio y conscientes de ella, no nos limite, sino que nos posibilite la confianza en la vida y en el Dios de la Vida. Al fin y al cabo, como también recordaba el profeta, a pesar de lo efímeros que somos, “la palabra de Dios permanece para siempre” (Is 40,8) y, con ella, su promesa de vida y de vida en abundancia.