Guillermo Jesús Kowalski
Licenciado en Teología por la Universidad Católica de Argentina (UCA)

Europa protesta


Europa protesta mientras crecen el gasto militar, las ganancias tecnológicas y la concentración del poder. La Doctrina Social de la Iglesia formula la pregunta incómoda: ¿progreso para quién? Y propone empezar por los pobres.



Las protestas de Europa no forman un movimiento único ni responden a las mismas causas. En Francia confluyen estudiantes, sindicatos y antiguos chalecos amarillos alrededor del coste de la vida y del deterioro de los servicios públicos; en Italia, las movilizaciones de Milán, Turín y Bolonia han expresado también malestar económico, algunas con enfrentamientos violentos; en Madrid, la crisis de la vivienda inundó de la Puerta del Sol y miles de docentes reclamamos condiciones laborales dignas.

Conflictos distintos, pero con algo común

Son conflictos distintos, pero con algo común: vivimos en sociedades extraordinariamente ricas y tecnológicamente poderosas sin experimentar proporcionalmente esa prosperidad en la vida cotidiana.

Es una contradicción tener semejante capacidad científica, automatización, información y productividad potencial y, sin embargo, vivienda, educación, cuidados, pensiones, energía o estabilidad laboral van a peor. Podríamos vivir mejor y reconstruir una civilización solidaria. El progreso se acumula fuera del bienestar de las personas reales.

Francisco dijo en Laudato si’ que los beneficios de la técnica pueden ser arrebatados por grupos de poder que la convierten en un paradigma tecnocrático, un motor de desigualdad. Francisco fue tajante: «Los productos tecnológicos no son neutrales», porque configuran estilos de vida y posibilidades sociales según determinados intereses. Y añadía que decisiones aparentemente instrumentales terminan decidiendo qué sociedad construir.

El algoritmo no posee conciencia moral,

La inteligencia artificial (IA) escala el problema, como señala León XIV en Magnifica humanitas. La falsa objetividad de sistemas algorítmicos oculta los criterios, datos y opciones de quienes los diseñaron. Un algoritmo puede calcular con precisión y, sin embargo, no decidir justamente. No posee conciencia moral, compasión ni responsabilidad por las consecuencias.

Presentar la IA como la máxima alternativa “neutral” a las discusiones humanas —casi como si pudiéramos sustituir políticos discutibles por matemáticas incontestables— es el triunfo del paradigma tecnocrático: fórmulas que seleccionan las prioridades y deciden previamente beneficiados y descartados.

Mientras faltan recursos, sobran armas. Escuchamos que no hay recursos suficientes para políticas sociales, pero vemos simultáneamente el altísimo gasto militar y la escalada de las guerras. En 2025, el mundo destinó 2.887 billones de dólares a defensa, el máximo registrado y el undécimo año consecutivo de aumento.

La escalada del gasto militar

Europa elevó su gasto militar un 14 % en un solo año, hasta los 864.000 millones de dólares. (SIPRI, Trends in World Military Expenditure, 2026).

No toda inversión defensiva es ilegítima: los Estados tienen la responsabilidad de proteger a sus poblaciones y las amenazas reales no desaparecen por buenas intenciones. Pero todo presupuesto expresa prioridades y posee un coste de oportunidad que merece ser explicado públicamente.

Pero ese coste suele ser mediáticamente ocultado. Vemos drones explotando en alta definición, misiles grabados desde cámaras térmicas, mapas interactivos y operaciones militares como si fuera un videojuego, pero olvidamos los hospitales, viviendas, escuelas o políticas de cooperación que podrán financiarse con este dinero. La guerra tiene anónimos muertos y facturas económicas altísimas que pagan los de abajo.

Los lobbies que se benefician

Y también lobbies beneficiarios concretos. Las cien mayores empresas de armamento y servicios militares alcanzaron en 2024 unos ingresos récord de 679.000 millones de dólares, un 5,9 % más que el año anterior; las europeas incluidas en ese grupo incrementaron sus ingresos un 13 % (SIPRI).

Existe un poderoso entramado económico que se enriquece con el rearme y que requiere mayor vigilancia democrática. Es aquello que Eisenhower llamó hace décadas el complejo militar-industrial.

La ética cristiana ha diagnosticado este diseño social como una cultura de la muerte: no solo porque las armas maten, sino porque sociedades se acostumbran a ver la violencia como una herramienta normal de política internacional.

Contra la “rehabilitación de la guerra”

León XIV advierte precisamente sobre una “rehabilitación de la guerra” y sobre el peligro de que la IA reduzca al enemigo a un dato y a la víctima a un “daño colateral”. Cuando matar se vuelve tecnológicamente limpio, distante y eficiente, también puede parecer moralmente más inocuo.

Un militar ucraniano desactiva minas antipersona (fuente: Efe)

Un militar ucraniano desactiva minas antipersona (fuente: Efe)

Entonces reaparecen la retórica patriótica y los relatos nacionalistas simplistas. Amar la propia tierra, defender una sociedad atacada o asumir sacrificios por el bien común es algo noble. Pero otra cosa es manipular el patriotismo.

Cuando toda duda sobre un presupuesto militar se interpreta como deslealtad, o cuando el adversario exterior sirve para disciplinar el descontento interior, la patria deja de ser comunidad de responsabilidad y comienza a funcionar como instrumento emocional del poder. El ciudadano necesita descubrir la trama que le exige austeridad para sus derechos mientras otros sectores multiplican contratos y beneficios.

Empezar desde abajo cambia la pregunta

La Doctrina Social de la Iglesia no ofrece fórmulas presupuestarias ni sustituye el discernimiento político. Ofrece algo previo, un punto desde el cual mirar: Dios se hizo pobre y víctima (Fil 2,6), revelándonos la clave hermenéutica de la historia.

La pregunta cristiana no es solo cuánto crece una economía, aumenta el PIB o cuántos procesos automatizamos, sino a quiénes incluye. Francisco insistió en ir a las periferias. León XIV vuelve sobre los vulnerables y recuerda que la revolución digital tiende a aumentar primero el poder de quienes ya poseen capital, datos y capacidad tecnológica.

No es romanticismo, es profetismo bíblico. Europa no puede exigir bienestar interno mientras sostiene cadenas económicas que trasladan hacia países pobres los costes ambientales, laborales y extractivos de nuestra prosperidad, generando muerte y migración. De lo contrario, protegeremos nuestro Estado social mediante un Estado de malestar exportado.

Descubrir el sentido entre los que sufren

Las protestas europeas deberían ser escuchadas. No para canonizar cualquier manifestación ni justificar la violencia, sino para descubrir el sentido entre los que sufren. Cuando sociedades cada vez más productivas generan inseguridad, la tecnología concentra poder, la guerra absorbe recursos inmensos y los pobres vuelven a aparecer como coste inevitable, algo necesita cambiar.

Recordemos que el “Estado de Bienestar” (que tanto critican los apóstoles de la motosierra) se organizó después de la Segunda Guerra Mundial, en momentos de mucha miseria de posguerra, no durante períodos de abundancia: cuando llegamos a los pobres, llegamos a todos.

El cristianismo comienza por los últimos no porque les quiera salvar solo a ellos, sino porque desde ellos se descubre aquello que termina salvándonos a todos. Una vivienda accesible mejora una ciudad entera; una buena escuela pública fortalece la democracia; un trabajo digno sostiene familias y consumo; una tecnología destinada al bien común beneficia incluso a quienes podrían dominarla; una paz trabajada da más beneficios cualquier victoria militar.

El Reino de Dios no es un algoritmo ni un programa económico. Es una medida crítica frente a todos ellos. Y su pregunta más política es también la más antigua: ¿dónde está tu hermano?