El actual fenómeno de reapertura pública y personal a la dimensión religiosa es complejo, mezcla manifestaciones muy distintas, incluso contradictorias, y sus contornos no son claros, sino confusos. En su conjunto no está liderado por ningún movimiento, sino que es difuso y fluido. Se entiende la inquietud y el interés público y eclesial por discernir la realidad y el sentido de estos hechos. También es comprensible que algunos medios hagan extrapolaciones inexactas de las reflexiones que se están haciendo. Hay incertidumbre sobre la realidad de este fenómeno y diversidad de interpretaciones, pero al menos hay cuatro cuestiones que están claras:
- Estadísticamente no hay retorno a la afiliación ni creencia religiosa.
- Se ha reabierto un camino de conversión religiosa de la no-fe a la Fe, estadísticamente no significativo, pero valioso como signo de los tiempos.
- Ha habido una parcial y moderada descancelación de la cuestión de Dios en la cultura.
- En el fenómeno también hay una parte que corresponde a la pretensión de uso político y anticonciliar de la religión por la revolución ultraderechista mundial.
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Las he expuesto en la 55ª semana de reflexión que con tanta profesionalidad y lucidez organiza el Instituto Teológico de Vida Religiosa, en el contexto de una conferencia sobre una cuestión más amplia sobre la evolución de la comunidad católica en Occidente y en España. Acerca del fenómeno general de reapertura a lo religioso ―que ha sido denominado despertar o revival (siguiendo el lenguaje evangelista), resacralización o retorno― hice cuatro afirmaciones.
Estadísticamente no hay ningún “revival” religioso
Primera, las encuestas que han sido publicadas con aumentos de afiliación religiosa juvenil a las Iglesias no son fiables. Nosotros mismos hemos recogido en ‘Vida Nueva’ las encuestas británicas sobre la relación con la Biblia. El Pew Research Center ha logrado acceder al diseño de sus muestras y no son aleatorias, sino de adscripción voluntaria, lo cual hace que no sean representativas de la población general y exista un sesgo a favor de quien está más dispuesto a expresar su actitud hacia la religiosidad. Por tanto, no hay todavía encuestas que registren un aumento de identificación religiosa con el cristianismo. En términos cuantitativos y de población, con datos de distintas encuestas fiables de 2025, no hay una reapertura ni retorno general ni juvenil a la afiliación ni creencia religiosa. Por el contrario, las encuestas siguen registrando ligeros descensos, incluso en Latinoamérica, aunque desde 2015 se ido frenando en las nuevas generaciones occidentales el gran desplome de porcentajes que tuvo lugar durante las tres décadas anteriores.
Es un hecho que se ha reabierto una visible vía de conversión de personas no creyentes
Segundo, lo que sí señalé y expliqué expresamente en la 55ª Semana de la Vida Consagrada es que se constata empíricamente que existen fenómenos significativos cuyo carácter muy minoritario no les resta valor, sino que son auténticos signos del Espíritu. Es el caso de las conversiones de adultos. Es un hecho que hay una reapertura ―estadísticamente no significativa, pero cualitativa y pastoralmente muy valiosa― de un camino de la no-fe a la fe. En las comunidades católicas con números bajos esas conversiones pueden suponer incluso un aumento notable. Así lo recogía, por ejemplo, el 26 de marzo de 2026 The New York Times (“Roman Catholic Churches See a Surge of New Converts”).
Hay una parcial descancelación de la cuestión de Dios en la cultura y sociedad
En tercer lugar, sobre el conjunto del fenómeno de reapertura, afirmo que (como ya había escrito en la columna “Dios descencelado” publicada en ‘Vida Nueva’ el 16 de noviembre de 2025) hay una descancelación cultural de la cuestión de Dios. las razones son diversas. Por un lado, cuando las iglesias se liberan de las lógicas del poder, la gente siente libertad para poder reconsiderar a Dios. Por otro lado, ha seguido avanzando la diversidad y libertades personales. También la crisis ontológica y la insuficiencia de las ideologías llevan a que haya gente que busca la profundidad y se abre al Misterio de Dios, como ha sido a lo largo casi toda la historia del pensamiento. Las postverdades y desconexión de la realidad hace que la gente busque verificaciones experimentales y vívidas de las cosas. El abandono que siente parte de la población lleva a buscar vinculaciones y pertenencias más hondas. El sadismo contra los pobres y personas migrantes lleva a que la gente busque una más profunda solidaridad.
Esas y otras razones han conducido a que la cultura se abra a la cuestión de Dios. Hace ya tiempo que se ha iniciado esa tendencia.
Estoy estudiando todavía el fenómeno y el próximo 16 de octubre daré una conferencia dedicada monográficamente al conjunto de acontecimientos de reapertura religiosa, en la Asamblea General de Escuelas Católicas.
Quizás el inicio del fenómeno queda simbólicamente marcado en 2004 por el reencuentro en Baviera entre el entonces cardenal Joseph Ratizinger y Jürgen Habermas. Quedó recogido en el libro ‘Dialéctica de la secularización’. En 2003, John Tavener había compuesto ‘The Veil of the Temple’, referente mundial en el nuevo arte sacro. Todo sucedía humildemente y sin ruido. No había trompetas de reconquista, resentimiento ni cruzada, sino un nuevo viento susurrante.
La lluvia fina de aperturas se aceleró tras la gran estafa hipercapitalista y crisis financiera global de 2008. En 2011, el creador de música sacra Arvo Pärt obtuvo un reconocimiento mundial como el mejor compositor clásico. En 2014, la literata Ana Blandiana fue ya firme candidata al Nobel. Tras la policrisis de la pandemia ha habido una intensificación de esa apertura.
Uso político y anticonciliar de la religión por la revolución ultraderechista mundial
Cuarta afirmación: una parte muy relevante de ese fenómeno religioso emergente es de carácter político, no devocional ni espiritual. Es una evidencia que hay una revolución ultraderechista internacional que impulsa el confesionalismo público y la retradicionalización de modo pragmático como palanca política para hacerse con el poder en cada institución. Esto también está presente en ese fenómeno general y tiene una presencia muy relevante. Es una estrategia esencial en la ultraderecha que tiene como epicentros Maga en Estados Unidos, el movimiento lepeniano en Francia, la derecha radical británica (epicentro de la relatinización litúrgica) y la estrategia de la Nueva Era de la plutocracia de Putin. En realidad es un plan para crear iglesias autocéfalas al servicio de nacionalismos totalitarios. La pretensión ultraderechista de cancelar la desconfesionalización del Estado y la estrategia de toma confesional de las instituciones los lleva a la impugnación del Concilio Vaticano II, que intentan por todos los medios, incluso mediante el acoso sistemático y profesionalizado contra obispos, y hasta la conspiración para conseguir la deposición del Santo Pontífice.
Esto se manifiesta en una retradicionalización arcaizante que no consiste en una recuperación de los modos de las primeras comunidades cristianas, sino del integrismo decimonónico. Se milita en un rechazo frontal contra la sinodalidad y se practica una reclericalización porque se considera que la Iglesia debe de nuevo recuperar el poder sobre la sociedad y la verticalidad autoritaria sobre los fieles. Busca una reorganización de movimientos de alta burguesía en nuevos núcleos confesionalistas. Se abunda en la crucialidad de manifestaciones de fuerza pública en todos los medios y un frente arrogante de retóricas de odio y polarización. En su intención de extremar y nutrir una guerra cultural y espiritual, acosan y estigmatizan a lo que entienden como cristianismo liberal, progresista, woke, moderado, buenista o centrista. Tienen una pretensión de monopolio del cristianismo auténtico y persecución pública, y hay mucho dinero detrás, como han demostrado recientemente la conspiración contra el papa Francisco registrada en los Archivos Epstein o el seminario que el tecnomagnate. Llama la atención el liderazgo de personas no creyentes que asumen pragmáticamente la religión como cobertura del autoritarismo. Esto ocurre en Occidente, en Europa y también en España.
Una parte de ese revival religioso general no es devocional, sino político; es un uso político de signos religiosos. Y hacia dentro de la iglesia, parte de esa retradicionalización, como la relatinización, no tiene un carácter devocional, sino que son vías para la impugnación del vaticano II, el retorno del clericalismo y el rechazo de la sinodalidad.
Una reapertura religiosa incipiente y con riesgos de colapso
Los tres procesos de la reapertura se dan a la vez. Hay quienes viven uno y permanecen ajenos a los otros dos. En otras personas o realidades se dan trenzados los tres. El fenómeno tiene componentes contradictorios, porque la espiritualidad o aproximación a lo cristiano de Blandiana, Fosse, Pärt, Rosalía, Angelica Lidell, Lluís Homar, Antonio Banderas y otras personalidades del mundo del arte y la cultura nada tiene que ver con el autoritarismo, sino todo lo contrario.
Este fenómeno de reapertura contiene también un riesgo de colapso. La modesta reapertura del mundo de la cultura y de personas inquietas por la fe, puede verse intimidada y retraída por esa corriente política autoritaria de supremacismo cristiano y la reclericalización anticonciliar.
Toda esta red de acontecimientos todavía carece de suficiente contorno, falta tiempo para ver su consistencia, la dirección de las tendencias iniciativas y proyectos, las manifestaciones en el imaginario colectivo, el éxito que pueda conseguir la revolución ultraderechista para condicionar a las iglesias y la sin duda esperable reacción del mayoritario sector demócrata y laico. Por ahora, ante los excesos confesionalistas de la ultraderecha estadounidense en la Casa Blanca ―es un hito la foto del 5 de marzo en que Trump en pleno bombardeo de Irán, nación a la que ha amenazado con el genocidio absoluto en una sola noche de toda la civilización persa, es bendecido por veinte pastores evangelistas en el Despacho Oval―, Canadá acaba de llevar a su parlamento una ley mucho más rigorista de laicismo que prohíbe absolutamente cualquier mínimo signo de carácter religioso en ninguna persona en el ejercicio de su servicio público ni en espacios del Estado.
Hay componentes muy interesantes, positivos y liberadores en la reapertura religiosa al Misterio de Dios, especialmente aquellos que implican la creatividad cultural, espiritual y sacral en el arte y pensamiento, así como los procesos de conversión. Un signo de discernimiento de su realidad evangélica es, como han señalado distintos analistas, la humildad, el amor cívico y el servicio a los pobres y vulnerables. Próximamente ampliaré la reflexión sobre este fenómeno cuyo perfil, naturaleza, dimensión y alcance todavía está indeterminado y en proceso. De lo que me alegro es de que suscite en todos tanto interés, esa es una muy buena señal.
