El 14 de agosto aparecía en el diario digital ‘Vozpópuli’ un interesante artículo, firmado por Mariano Galindo, cuyo titular rezaba: “Un siglo antes que en Estados Unidos: así llevaron los españoles a México la primera imprenta de toda América que imprimía libros bilingües”.
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En él se daba razón de que, en 1539, vio la luz un libro escrito en español y náhuatl, titulado “Breve y más compendiosa doctrina cristiana en lengua mexicana y castellana”, del obispo Juan de Zumárraga, franciscano y primer obispo de México. Un libro con una clara intencionalidad catequética y pastoral ‒que la doctrina cristiana llegara a los pueblos indígenas‒, y una razón más para desmontar la leyenda negra.
La Escritura en lenguas diversas
Pero, además, el artículo nos sirve en bandeja el recuerdo de otros intentos parecidos y anteriores de ofrecer la Escritura en lenguas diversas. Así, en el siglo III, un erudito llamado Orígenes (ca. 184-245) llevó a cabo (o al menos lo intentó) una descomunal empresa: las ‘Héxapla’ ‒las “seis columnas”‒, que consistía en poner en paralelo el texto bíblico del Antiguo Testamento disponible en su momento (para poder discutir con los maestros judíos o para buscar el texto bíblico “verdadero”).
- Así, la primera columna ofrecía el texto hebreo;
- la segunda, ese mismo texto, pero transcrito en caracteres griegos;
- la tercera, la versión griega de Áquila;
- la cuarta, la versión griega de Símmaco;
- la quinta, la versión griega de los Setenta (LXX);
- y la sexta, la versión griega de Teodoción.
Por desgracia, la obra se perdió en prácticamente su totalidad, conservándose solo algunos fragmentos de los Salmos.
Pasados los años, y en pleno Renacimiento, el cardenal Francisco Jiménez de Cisneros inauguró un género nuevo de Biblias denominadas políglotas (en “muchas lenguas”), que trataban de volver “a las fuentes” de la Escritura en sus lenguas originales.
En efecto, entre 1514 y 1517 se imprimieron en Alcalá de Henares los seis volúmenes de la denominada Biblia Políglota Complutense, que contenía los siguientes textos, en el caso del Antiguo Testamento (distribuidos en cada página): el texto latino de la Vulgata en el centro, acompañado por el texto hebreo a un lado y el griego de los Setenta al otro. En la parte baja de la página estaba, a un lado, el texto arameo del targum de Ónquelos y, al otro, su traducción latina.
A esta políglota le siguieron otras, como la denominada ‘Biblia regia’ o Políglota de Amberes (1568-1572), patrocinada por Felipe II, en la que se añade la versión siríaca de la Peshitta, o la Políglota de Londres o de Walton (1657), que agrega el texto persa y el etiópico.
Evidentemente, nadie está obligado a ser políglota, pero es bueno tomar en consideración la diversidad de lenguas y la riqueza que conllevan. Incluido el español.

