Tengo una amiga que utiliza bastante ‘BlaBlaCar’ cuando viaja. Para quienes no estéis familiarizados con esta aplicación, se usa para facilitar que se comparta vehículo con gente desconocida que tiene el mismo destino que tú. Cuando mi amiga me habla de sus experiencias, siempre le digo que lo suyo es un verdadero estudio sociológico.
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Compartir un espacio reducido durante un tiempo suficientemente amplio con personas de todo tipo facilita el diálogo con gente muy distinta de aquella que configura nuestros habituales círculos de relación. Es más que probable que quienes viajan juntos no compartan gustos, inquietudes ni ambientes relacionales. Es posible, incluso, que estén en las antípodas ideológicas. A pesar de ello, el trayecto se convierte en una oportunidad, se aproveche o no, de un encuentro capaz de ayudarnos a ponernos en la piel de otros.
No es fácil dar carta de ciudadanía a modos diversos de ver la vida ni a opiniones que no compartimos. Esta complejidad natural, que todos compartimos, se refuerza, además, a golpe de análisis simplificados de lo que acontece y de respuestas fáciles. Con ellas nos solemos quedar tranquilos, sin que despierte sospechas en nosotros el hecho de que siempre refuercen nuestras propias ideas previas, mostrándonos “cuánta razón tenemos”.
En cambio, cuando nos abrimos al encuentro con el distinto, se nos desmontan todas esas caricaturas mentales que nos hacemos espontáneamente sobre “los otros”. Cuando hablo de “los otros”, no me refiero a los protagonistas de la película de Amenábar, sino a aquellos que suponemos en el lado opuesto de cualquiera de nuestras visiones de la realidad y a los que solemos dibujar en nuestra imaginación con rasgos demasiado gruesos y nunca con matices.
Encuentro con lo distinto
Me gusta pensar que algo parecido a lo que nos puede suceder si nos abrimos al encuentro con lo distinto es lo que experimentó el mismo Jesús o, al menos, así lo sugiere el evangelio de Marcos. También en un viaje, aunque no en BlaBlaCar, a la región de Tiro, dejó que las palabras y la confianza de una mujer extranjera le hiciera redefinir el modo y la amplitud de los contornos de su misión evangelizadora (cf. Mc 7,24-30).
Quizá haya pocos gestos más evangélicos, en el sentido más literal de “buena noticia”, que crear espacios “BlaBlaCarescos” en los que podamos asomarnos a la mirada de los demás, ponernos en sus zapatos y dejarnos desmontar nuestros estereotipos, miedos, prejuicios y demás elementos paralizantes.

