Sigo avanzando por el camino de mi ‘consagración’ y quiero compartir con ustedes que ser discípulo de Jesucristo implica una gran responsabilidad, ya que la promesa del maestro es que nos convertirá en “pescadores de hombres”. “Vengan conmigo, y los haré pescadores de hombres”. Mateo 4, 19. Ser pescador de hombres no significa imponer la fe, sino salir al encuentro, escuchar, acompañar y anunciar con la propia vida.
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Dios nos ofrece una misión, la cual debemos llevar a cabo si de verdad queremos ser discípulos de Él, se trata de dar a conocer su palabra a todos los rincones de esta tierra. Tarea nada sencilla cuando se tiene un compromiso con la familia o la sociedad. Lo comento porque hay que buscar las formas, encontrar los tiempos, ser responsables ante la solicitud del maestro.
En nuestra actualidad, donde la vida y todo va tan deprisa, donde debemos encontrar tiempos para realizar nuestras actividades y desempeñar nuestras responsabilidades, parece algo complejo. Sin embargo, ahí radica el compromiso amoroso de seguirle, de convertirnos en sus discípulos misioneros, de llevar en todo momento la palabra, la enseñanza y vivirla a cada instante de nuestra vida.
Compartir al estilo de Jesucristo
Desde que amanece hasta el ocaso, en todo tiempo y lugar, fortaleciéndonos con el conocimiento y con los sacramentos, viviéndolos a plenitud. Entonces no solo se trata de llevar el mensaje, es vivirlo, cambiar nuestra manera de ver la vida y compartir al estilo de Jesucristo, aspectos que serán observados por nuestros hermanos y entonces sin palabras iremos evangelizando por todo lugar a donde vayamos.
No cabe duda que esta ‘consagración’ está cambiando la manera en que vivo mi fe y por ello invito a todo creyente a que busque ese caminar y que siga perseverando en su camino espiritual. “La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la cosecha que envíe trabajadores para su cosecha”. Mateo 9, 37-38.
Somos enviados a compartir, con alegría, con entrega y especialmente con un corazón dispuesto para vivir el mensaje de la Buena Nueva. Porque anunciar el Evangelio no consiste solamente en hablar de Dios, sino en permitir que nuestra propia vida se convierta en un testimonio de su amor.
Testimonios más auténticos
Jesús no nos pide ser perfectos para enviarnos; solicita estar disponibles. Nos invita a salir de nuestras comodidades, a cruzar fronteras, a acercarnos al que sufre y a descubrir que cada encuentro puede convertirse en una oportunidad para sembrar el amor de Dios. Hoy, quizá el mundo no necesite discursos más grandes, sino testimonios más auténticos.
Personas capaces de sonreír en medio de las dificultades, de perdonar cuando parece más fácil guardar rencor, de servir sin esperar reconocimiento y de amar incluso cuando hacerlo cuesta.
Porque cuando un corazón se encuentra verdaderamente con Cristo, no puede quedarse quieto: se convierte en testigo, en misión y en buena semilla para los demás. “Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación”. Mc 16,15.

