“Es que no quiere comer”


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Es raro el día que no escucho esta frase de familiares de mis pacientes, sobre todo si están graves o son ancianos. La sabiduría popular sabe que “el que come escapa”. En el paciente oncológico, la falta de apetito (anorexia en terminología médica) suele acompañarse de falta de energía (astenia). En el paciente anciano y con demencia, el cese de la ingesta oral suele ser el heraldo de que el final se aproxima. El cerebro ya no funciona en absoluto, y han cesado los mecanismos que conducen a la supervivencia. La persona, de forma consciente o no, ya no quiere seguir viviendo una vida que puede resultar insufrible o desdichada.



Intento explicar que la falta de apetito o el cese de la ingesta son un síntoma, no una enfermedad en sí misma. Como se formuló en el contexto de los cuidados paliativos, “el paciente no se muere por no comer; no come porque se muere”. Fácil de enunciar, difícil de aceptar, sobre todo en personas de poca formación o cultura, que ponen en la comida una importancia capital.

No hacer un drama

En este momento de la evolución de la enfermedad, debe ofrecerse lo que denominamos “alimentación de confort”: aquella que la persona guste o acepte, sin cortapisas, pero sobre todo sin forzar. Solo lo que apetezca, lo que el paciente acepte, sin hacer de la comida un problema o un nuevo motivo de angustia. No hacer un drama del hecho de que el paciente no coma, intentar mantenerlo hidratado, pero aceptando que el momento de despedirse quizás ha llegado.

Médico general

Hay familias y cuidadores a quienes cuesta aceptar esta realidad en los casos en que las personas se han volcado en los cuidados o, al contrario, cuando se ha desatendido u obviado la asistencia, y en la época final se quiere enmendar lo que debió hacerse antes. Por pena o culpabilidad, el médico encuentra resistencia ante lo que es inevitable; en ocasiones, iniciar una sedación y analgesia continua, y así ayudar a bien morir.

Agradecidos

Cuando la persona a la que cuidamos y quisimos tanto ya no está, podemos agradecer haberla conocido, haber compartido buenos y malos momentos, todo lo que nos dio en vida y que quizás seguirá dando tras su muerte. Agradecer la oportunidad de haberlo cuidado, de haberle transmitido un cariño que no siempre pudimos expresar con palabras.

Es importante comprender que el lugar de reencuentro con esa persona no es su tumba, sino honrar su recuerdo prosiguiendo lo que de bueno hizo en la vida. Ese es el mensaje transmitido en el relato de la resurrección de Jesús: “No está aquí. Ha ido delante de vosotros a Galilea. Allí le encontraréis, como os dijo”. Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos.