José Fernando Juan, profesor del Colegio Amorós
Profesor del Colegio Amorós

¿Es necesaria la Iglesia?


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Nos hemos acostumbrado a escuchar esta pregunta y no percibo habitualmente tristeza entre los cristianos. Es más, no pocas veces sirve para dividir la Iglesia aún más. Como si todo lo que sale en los periódicos no fuera con nosotros. Lo que refleja, y a su vez dibuja, un panorama derrotista.

Debemos entender bien la pregunta. Lo que se cuestiona no es la enorme labor social que realiza aquí y allá. Tampoco la cultura y el arte que la acompañan en toda su historia. Ni siquiera que sea un espacio privado en el que las personas practican su espiritualidad y tienen sus charlas. Lo que está en juego, a mi modo de ver, es si es necesaria para la relación del creyente con el Dios absoluto que está presente en todo lugar y en toda persona. Lo que está en juego no es la coherencia con un discurso, como si fuera meramente moral o ética, sino la autenticidad, sinceridad y rectitud de vida de los cristianos.

Sorprende, sin embargo, descubrir que es absolutamente necesaria. A los cristianos nos debería provocar admiración, por lo vivido en primera persona. Pero estamos pendientes innumerables veces de salir al paso de los escándalos y lo que hay y no debería haber. Nos perdemos repetidas veces y dejamos de prestar atención a lo esencial. La Iglesia es el lugar en el que es posible, sin duda alguna, descubrir a Dios más allá de uno mismo. Por esto precisamente, porque impide la creación personal de un Dios a medida, de una experiencia tan única como engañosa.

Una experiencia desde dentro

Ahora bien, lo más difícil de transmitir es que la experiencia de Iglesia no se puede hacer desde fuera, sino solo desde dentro. Allí donde aparece muy particularmente y con fuerza, la fraternidad y la comunión, que luego se volverá liturgia, servicio y testimonio. Pero primero, antes que ninguna otra cosa, verse entre hermanos y reconciliado con la humanidad. Hasta el momento de la fraternidad, todo son iniciaciones de una u otra manera, en las que se va madurando como en una enseñanza. Entonces se revela, con toda su fuerza, el sentido del Evangelio y se puede leer con hondura Biblia y Tradición.

Es necesario que la Iglesia surja en la experiencia del cristiano. Ojalá más pronto que tarde. Porque al igual que una persona sola, dejada a ella misma se queda sin vida y no progresa, de la misma manera un creyente mantiene viva su fe en la relación con los otros. Somos relación como personas y como cristianos. Ahí aparece la Iglesia, no como algo que estuviera ahí dado antes, sino desde el creyente.

Con este descubrimiento la llamada a comprometerse en ella, vivir en ella, responsabilizarse de ella. ¿Cómo no pedir perdón, llegado este momento, al mundo entero por el mal que ha hecho? ¿Cómo no sufrir cuando no se habla de la Iglesia realmente, sino de otras cosas, y se maltrata como si fuera ideología? ¿Cómo no entristecerse cuando se reduce a normas morales, cuando pierde la fuerza del amor para acoger sin medida, cuando no reconcilia?

La Iglesia es necesaria, por último, para mostrar la Encarnación y la Pascua en todas sus dimensiones. Decirlo de otra manera sería empobrecer demasiado su acontecimiento. No nace como organización que vela por mantener la tradición, sino empujados por la vida del galileo muerto en la cruz y al que experimentaron resucitado, aquel que luego comprendieron que era Dios mismo en su compañía. Más que un grupo ordenado, una nueva humanidad.