Me he tomado la libertad de imaginar una conversación con Donald Trump, presidente de Estados Unidos, en medio de las celebraciones por los 250 años de independencia de su país. No sería una entrevista política porque de sus decisiones, decretos, discursos, gestos y polémicas estamos sobreinformados.
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La entrevista que me gustaría hacerle sería otra. Mucho más incómoda, quizás. Mucho más sencilla también. Quisiera preguntarle por su alma. Trump es, sin duda, uno de los personajes más influyentes, desconcertantes y divisivos de nuestro tiempo. Hay quienes lo siguen con fervor casi religioso y hay quienes lo detestan con la misma intensidad.
Un símbolo de época
Su forma de hablar, su seguridad desbordante, su sentido épico de sí mismo y su deseo de devolverle a Estados Unidos una grandeza que a veces parece confundirse con su propia figura, lo han convertido en un símbolo de época.
Pero, detrás del personaje público, construido entre provocaciones, titulares y gestos calculados, hay un ser humano. Un niño que alguna vez tuvo miedo. Un hijo que buscó aprobación. Un hermano. Un joven que quiso ser mirado. Un hombre que ha amado, competido, ganado, perdido, envejecido y que un día también tendrá que morir.
Por eso, si pudiera sentarme frente a él, partiría por su infancia. Le preguntaría si se sintió verdaderamente amado por sus padres. Si se sabía seguro en su casa. Si fue un niño feliz o más bien un niño exigido a demostrar fortaleza. Quisiera saber cómo se llevaba con sus hermanos, quiénes fueron sus primeros amigos y qué heridas aprendió, quizás, a esconder bajo la armadura del éxito.
Un lugar donde ser simplemente Donald y no el apellido
También me gustaría preguntarle si alguna vez se sintió humillado, si hizo sufrir a otros, si recuerda a algún profesor con gratitud, si tuvo un lugar donde pudiera ser simplemente Donald y no el heredero, el competidor, el ganador, el apellido.
Luego le preguntaría por el poder. No por el poder que se mide en cargos, cámaras, aviones, firmas o ejércitos, sino por ese otro poder: el que va modelando el corazón de quien se acostumbra a ser obedecido. ¿Qué quiere realmente para Estados Unidos más allá de vencer, crecer, dominar o recuperar influencia? ¿Qué quiere para el mundo?
¿Es consciente del efecto que produce su personalidad? ¿Tiene remordimientos? ¿Pide perdón? ¿Alguien se atreve a corregirlo? ¿Quién le habla con verdad cuando todos alrededor calculan sus palabras?
¿Es feliz? ¿Duerme tranquilo?
También quisiera preguntarle si es feliz. Esa pregunta tan simple, tan antigua y tan desarmante. ¿Es feliz Donald Trump? ¿Duerme tranquilo? ¿Se siente querido o solamente admirado? ¿Sabe distinguir entre lealtad y conveniencia? ¿Entre amor y fascinación? ¿Entre respeto y temor? ¿Con quién comparte sus preocupaciones cuando se apagan las luces de los actos públicos? ¿Quién lo consuela cuando algo le duele? ¿Tiene dolores en el cuerpo? ¿Y en el corazón?
Después vendrían las preguntas sobre Dios. Él se ha definido como cristiano no denominacional. Entonces, me gustaría saber qué significa eso para él en la vida concreta. ¿Reza? ¿Cuándo reza? ¿Qué le pide a Dios? ¿Alguna vez guarda silencio ante Él sin pedirle nada? ¿Qué cree que piensa Dios de su manera de ejercer el poder?
¿En qué medida Jesucristo lo interpela? ¿Qué le ocurre cuando escucha las bienaventuranzas? ¿Qué hace con esa frase que llama felices a los pobres de espíritu? ¿Qué siente ante el llamado a ser misericordiosos, pacíficos, mansos, limpios de corazón?
El primer mandamiento del amor
Le preguntaría también cómo entiende el primer mandamiento del amor: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. ¿Quién es su prójimo? ¿El que vota por él? ¿El que lo aplaude? ¿El migrante? ¿El adversario? ¿El pobre? ¿El periodista que lo incomoda? ¿El enemigo político? ¿El soldado que puede morir por una orden suya? ¿El niño que nace lejos de sus fronteras? ¿El que profesa otra religión?
Por último, le preguntaría por la muerte, porque hasta los hombres más poderosos mueren. ¿Tiene miedo a morir? ¿Piensa en ese momento? ¿Cómo imagina su vejez cuando ya no pueda imponerse por energía, presencia o voz? ¿Cómo quiere ser recordado? ¿Como un ganador? ¿Como un patriota? ¿Como un hombre elegido por Dios? ¿Como alguien que amó? ¿Como alguien que fue justo?
Hay una pregunta que quizás resume todas las anteriores: cuando pone la cabeza en la almohada, ¿qué escucha dentro de sí? ¿Silencio? ¿Orgullo? ¿Miedo? ¿Gratitud? ¿Ruidos de batalla? ¿La voz de Dios? ¿La propia voz repitiendo que tuvo razón?
Entrevista al poder
Mi entrevista imaginaria a Donald Trump termina siendo, en realidad, una entrevista al poder. Al suyo, al de tantos líderes y también al pequeño poder que cada uno ejerce en su casa, en su trabajo, en su comunidad, en sus relaciones.
Porque el poder revela. Agranda lo que ya estaba. Si había generosidad, puede transformarla en servicio. Si había herida, puede convertirla en dominio. Si había miedo, puede disfrazarlo de fuerza. Si había vacío, puede llenarlo de ruido. Si había fe, puede volverla luz. Si había soberbia, puede volverla peligrosa.
Quizás, al final, la pregunta más cristiana para cualquier ser humano con poder no sea cuántas cosas logró conquistar, sino cuánta humanidad conservó mientras las conquistaba.

