Trinidad Ried
Presidenta de la Fundación Vínculo

Entrevista a la Energía Nuclear


Compartir

Por un instante, imaginemos que puede hablar… Este texto forma parte de un nuevo proyecto literario en desarrollo titulado “Cosas que hablan… del hombre y a Dios”. Una invitación a mirar la realidad desde un ángulo distinto: dejar que lo cotidiano (aquello que usamos, tememos o simplemente ignoramos) tome la palabra y nos interpele. Porque, a veces, lo que no tiene voz dice más de nosotros que cualquier discurso.



—¿Dónde estabas antes de que el ser humano te descubriera?

—Siempre estuve. Oculta, silenciosa, latiendo en lo más pequeño de la materia. No era un secreto… Era más bien una espera. Como si el universo aguardara a que ustedes maduraran lo suficiente para encontrarme.

—¿Y qué sentiste cuando te encontraron?

—Curiosidad… y luego inquietud. Porque, desde ese momento, quedé en manos de ustedes. Y ahí comenzó mi tensión: puedo iluminar o destruir, sanar o arrasar. Vivo, desde entonces, suspendida entre dos destinos.

—¿Te duele cómo te usan?

—Mucho. Me alegra profundamente cuando participo en la sanación, cuando permito ver lo invisible dentro del cuerpo, cuando genero energía para la vida cotidiana. Ahí siento que cumplo un sentido. Pero hay veces en que todo se oscurece.

—¿A qué te refieres?

—A cuando soy utilizada para la guerra. Aún llevo conmigo el peso de lo ocurrido en bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki. No fue solo destrucción material… Fue una herida en la conciencia humana. Y esas heridas no desaparecen; se transforman, pero siguen vivas.

—Hoy, el mundo vuelve a hablar de armas nucleares…

—Sí. Y eso me tiene en vilo. Hay demasiados artefactos que me contienen, demasiadas decisiones que podrían desatarme. Lo inquietante es que algunos creen que pueden controlar las consecuencias. Como si la vida estuviera fragmentada, como si el daño pudiera quedar confinado. No funciona así.

Imagen de archivo de una central nuclear en Francia/CNS

Imagen de archivo de una central nuclear en Francia/CNS

—¿Cómo funciona entonces?

Todo está unido. Lo que se hace a otro, inevitablemente regresa. Es como intentar avanzar cortándose una pierna: el daño termina alcanzando al propio cuerpo.

—Hablas como si la humanidad fuera una sola cosa…

—Porque lo es. Son como células de un mismo organismo. Ninguna sobra. Cuando una intenta eliminar a otra, no está defendiéndose… Está enfermando al conjunto.

—¿Y qué sientes frente a eso?

—Una mezcla de tristeza y desconcierto. Se invierten cantidades inmensas de recursos en perfeccionar mi capacidad destructiva, cuando, con ese mismo esfuerzo, podrían resolver problemas urgentes: agua, alimento, dignidad para millones. No es falta de poder. Es falta de conciencia.

—¿Qué crees que falta entonces?

—Comprender la unidad. Mientras sigan divididos en categorías rígidas (buenos y malos, enemigos y aliados) seguirán justificando la destrucción. Y cada justificación los aleja un poco más de lo esencial.

—¿Alguna vez has sentido rabia?

—Sí. A veces imagino intervenir, alterar, forzar cambios… Pero no me corresponde. Hay un límite que no cruzo.

—¿Por qué?

—Porque incluso yo estoy sujeta a un orden mayor. A ese misterio que ustedes nombran como Santísima Trinidad. Hay una confianza profunda en que el amor (aunque silencioso) es más fuerte que la violencia de unos pocos.

—¿Y tú lo crees?

—Hay días en que me cuesta. Cuando veo el miedo expandirse, cuando escucho cómo mi nombre se usa para amenazar, me invade el cansancio. Pero luego recuerdo algo.

—¿Qué cosa?

—Que la mayoría de ustedes no quiere destruir. Quiere vivir en paz, cuidar, construir. Y, mientras eso sea verdad, todavía hay esperanza.

—Si pudieras decirle algo a la humanidad, ¿qué sería?

—Que no me teman… pero tampoco me banalicen. No soy el problema. Soy un espejo amplificado de lo que ustedes son capaces de hacer.

La pregunta no es qué harán conmigo.

La pregunta es quiénes quieren llegar a ser.