Trinidad Ried
Presidenta de la Fundación Vínculo

El horror del fuego


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Lamentablemente, en los últimos días, Chile se ha visto asolado por decenas de focos de incendios que han costado la vida de muchas personas, han destruido miles de hogares y han quemado cientos de hectáreas de bosque. Como decía una autoridad, se juntaron las variables para una “tormenta de fuego” perfecta: más de 30 grados de temperatura, más de 30 nudos de viento, una humedad atmosférica de apenas un 30% y una treintena de mentes descabelladas que provocaron algunos de estos siniestros.



La urgencia continúa y se suma a una cadena de catástrofes naturales que se están dando en distintas latitudes del mundo: inundaciones, fríos extremos o sequías prolongadas que ponen a prueba nuestra solidaridad y nuestra capacidad de reacción. Más allá de la tragedia física que sobrecoge, duele y arrasa, resulta elocuente que los autores de la antigüedad hayan elegido precisamente este elemento de la naturaleza como símbolo del infierno.

Un estado espiritual

Sabemos que el infierno no es un lugar, sino un estado espiritual de quien es incapaz de dar y recibir amor en su vida y permanece así porque su corazón se ha vuelto duro, desconfiado, egoísta, soberbio y paranoico. Para muchos resulta difícil concebir esta realidad espiritual a la que se puede llegar cuando se obra mal, pero estar en medio de un incendio ayuda a intuirla con crudeza.

El fuego tiene la fuerza de arrasar con todo en milésimas de segundo. Ningún material se le resiste: derrite y reduce a cenizas todo aquello que costó tanto edificar. Cuando las llamas cobran vida, no hay tiempo de avisar ni de salvar nada; apenas queda huir, y aun eso se vuelve extremadamente difícil por el calor insoportable, el humo, la falta de aire y la destrucción generalizada. Los incendios no dejan nada a su paso: solo siluetas desdibujadas de lo que fue una casa, un auto o incluso un cuerpo. Todo queda apenas identificable y nada de lo quemado puede reutilizarse.

Una experiencia así permite comprender por qué del infierno no es posible pasar a otro estado espiritual. Todo vestigio de esperanza, todo aliento de vida, de amor y de fraternidad, queda consumido en las llamas del individualismo. Los recuerdos hermosos, las bondades recibidas y los dones entregados se retuercen en las cenizas, imposibilitando reconocerlos, recuperarlos y volver a amar.

Urge prevenir

El problema es que hay personas que están creando infiernos, tanto literales como espirituales, en nuestros países, y no cabe quedarse paralizados permitiendo que actúen. Frente al fuego que se apodera de territorios y de almas, no basta con reaccionar: urge prevenir. Se requieren recursos suficientes para controlarlo y apagarlo a tiempo, cortafuegos bien diseñados, educación para evitar accidentes y agua abundante y disponible. También es clave estar atentos cuando se juntan los “treinta” del terror, anticipándose a cualquier acción.

Si esto resulta evidente a nivel material, cuánto más a nivel espiritual. La prevención del infierno, en esta vida y en la eternidad, se cultiva a partir del agua del amor compartido con los demás. Cortafuegos potentes son la humildad, la misericordia, el perdón, la generosidad y la capacidad de dialogar con respeto y verdad. La educación en la fe ayuda enormemente, así como la vigilancia interior y la capacidad de pedir ayuda a tiempo frente a las insidias del mal espíritu.

Los incendios en Chile, tarde o temprano, se apagarán y vendrán el duelo, la reconstrucción y la posibilidad de recomenzar. Con las almas entregadas al fuego eterno no sucede lo mismo: allí no hay retorno. Esta reflexión recoge la intuición de san Ignacio en sus ‘Ejercicios Espirituales’: que incluso el temor del castigo eterno puede servir como ayuda para no caer en el mal, cuando el amor al bien todavía no es suficiente.