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El Evangelio contra los abusos


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Un sentimiento nuevo está atormentando en estos días el corazón de muchos fieles: la vergüenza por la Iglesia, por la Iglesia que amamos y que nos gustaría que fuera tan diferente de lo que es, diferente de cómo se revela ahora a los ojos del mundo. Y no es tanto, ni tan solo, una vergüenza por los abusos que salen a la luz contra los débiles, mujeres y niños o jóvenes, sino una vergüenza sobre todo por el silencio con que se taparon estos abusos, por las operaciones de encubrimiento que han privado a tantas víctimas de la justicia, y que solo significan una cosa: protección de los culpables.

A todas las personas normales les parece increíble que las jerarquías eclesiásticas pudieran haber trasladado a otros lugares a sacerdotes que ya se habían manchado con pedofilia, con el riesgo de dañar a otros niños, que pudieran silenciar a las mujeres ultrajadas, obligadas a abortar o abandonar a sus hijos fruto de estas situaciones de violencia, como si solo fueran chismes molestos.

Precisamente por esto, lamentablemente la reacción y las medidas tomadas hasta ahora para responder a la ola de escándalos resultan insuficientes, una reacción evidentemente condicionada por el hábito del silencio, especialmente en lo que respecta a las mujeres. Decir que los abusos se cometen en todas partes, y quizás incluso en mayor medida que en la Iglesia, no es una respuesta suficiente. De hecho, no se tiene en cuenta que se espera un comportamiento íntegro de los hombres de Dios, protección contra la violencia y el abuso, sinceridad.

Francisco, en el Aula Pablo VI, con los presidentes de la conferencias episcopales que participaron, del 21 al 24 de febrero, en la cumbre contra los abusos sexuales en la Iglesia celebrada en el Vaticano

 

Se genera así una brecha cada vez mayor entre lo que dicen muchos eclesiásticos –quizás con homilías severas y poco misericordiosas, pero también en documentos morales o en iniciativas públicas como las que se oponen a la despenalización del aborto–, y lo que hacen, principalmente debido al número creciente de abusos sexuales que salen a la luz. Esto hace que muchos fieles se alejen de la Iglesia. Lo cierto es que nadie quiere ir a lugares donde se respira un aire de falsedad, donde la verdad es amordazada en nombre del poder.

El papa Francisco, con la reunión sin precedentes de febrero en el Vaticano, trató de despertar la conciencia de las conferencias episcopales, muchas de ellas todavía con la esperanza de esconder sus pecados bajo la alfombra, y exigió afrontar la situación. ¿Pero cómo lidiar con esto? Las propuestas que han lanzado los expertos organizadores de la reunión, –¡ahora también hay expertos en abusos!– parecen ser nuevos documentos, directrices para los obispos, nuevas comisiones y, por lo tanto, también nuevos cargos para aquellos que coordinarán las nuevas comisiones. ¿También para esto habrá una carrera para ser nombrado?

Esa línea burocrática me asusta. Y me horroriza terriblemente pensar que los obispos necesitan pautas para aprender a defender a los débiles y castigar a los culpables. ¿Acaso los obispos no son cristianos? ¿Nadie les explicó que Jesús, para enseñarnos cómo defender a las víctimas, se hizo víctima? ¿Quizás el Evangelio no es el ejemplo más claro y brillante de las directrices?