Las pérdidas forman parte de la vida. Todos atravesamos despedidas: personas que mueren, vínculos que cambian, etapas que terminan. Cada pérdida deja una huella en nuestra historia.
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Sin embargo, cuando la muerte irrumpe de manera violenta —como ocurre en las guerras—, el dolor se vuelve más difícil de comprender. A la ausencia se suma la sensación de injusticia y el desconcierto de ver vidas truncadas antes de tiempo. El duelo, entonces, no es solo personal; se vuelve también colectivo.
Somos seres de vínculos
El duelo duele porque los seres humanos no somos autosuficientes. Nuestra vida está hecha de vínculos visibles e invisibles: personas, lugares, recuerdos, conversaciones, proyectos compartidos. Cuando alguien muere, no desaparece solo una persona; se remueve toda esa red que sostenía nuestra identidad. Por eso el mundo parece desajustarse. Aquello que antes era cotidiano —una canción, una calle, una fecha— puede volverse repentinamente doloroso.
En el duelo, muchas experiencias se sienten como pequeñas puntas que hieren el corazón: recuerdos, culpas, preguntas sin respuesta, silencios. En el lenguaje simbólico de este trabajo podríamos llamarlas ‘shurikenes’: momentos o pensamientos que aparecen inesperadamente y nos atraviesan sin previo aviso. Es normal que, en ese tiempo, la persona oscile entre distintas posiciones interiores: sentirse víctima de lo ocurrido, buscar culpables o reprocharse lo que no pudo hacer. Son movimientos comprensibles del corazón, que intenta encontrar sentido a lo sucedido.
El duelo suele vivirse como si el vínculo se hubiera cortado. Sin embargo, la experiencia humana y espiritual sugiere algo distinto: el amor no desaparece. Lo que cambia es la forma en que ese amor se hace presente. La muerte transforma la forma del vínculo, pero no su energía. La tarea del duelo no consiste en dejar de amar, sino en aprender a amar de otra manera.
De los ‘shurikenes’ a las motitas
Con el tiempo comienzan a aparecer pequeñas señales de vida en medio del dolor. Un recuerdo que ya no hiere tanto, una palabra que consuela, un gesto de cuidado, un momento de paz inesperado. Podríamos llamarlas “motitas”: pequeñas partículas de amor que siguen presentes en la vida. No eliminan la ausencia, pero ayudan a que el corazón vuelva lentamente a moverse.
Así, paso a paso, algunos recuerdos dejan de ser punzantes. El vínculo con quien partió empieza a reorganizarse de una manera más interior y espiritual. Sin embargo, hay que hacer el esfuerzo de percibir las motitas que damos por obvias, aprender a pedirlas, ser generosos también para darlas y, en especial, detener los ‘shurikenes’ antes de que salgan de nuestra mente.
Dios es el gran dispensador de motitas: cuando alguien ha partido, esa persona y el mismo creador se encargan de “abrir vórtices” para expresarnos su cuidado y compañía. Que justo pongan su canción en la radio; encontrar un objeto perdido, un picaflor… Son sacramentos cotidianos para manifestar motitas y consolarnos el corazón. Estar solos y no ser amados es un imposible espiritual.
Aprender un nuevo idioma
El duelo es un aprendizaje lento. Es aprender a reconocer el amor en una frecuencia distinta: en la memoria agradecida, en lo que esa persona sembró en nosotros, en los vínculos que continúan creciendo, en las diosidencias que aparecen para abrazarnos y contenernos. Cuando ese lenguaje comienza a desplegarse, algo profundo se revela: las personas que amamos no desaparecen de nuestra historia.
El vínculo no se corta. Simplemente, se vuelve más invisible, profundo y hermoso, ya que ha desaparecido toda tensión material y es puro amor fluyendo hacia nosotros.

