Fernando Vidal, sociólogo, bloguero A su imagen
Director de la Cátedra Amoris Laetitia y director del Instituto Universitario de la Familia, de la Universidad Pontificia Comillas

Diario del coronavirus 9: para la ternura siempre hay tiempo


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El coronavirus va a alterar nuestra historia colectiva por senderos que todavía no podemos casi imaginar. Lo que realmente nos va a cambiar no es la ideologización que se haga sobre la pandemia, la rabia contra la desigualdad ni la indignación contra los populismos. Lo que de verdad nos va a cambiar es la ternura. 



Es posible que la sociedad atravesada por el coronavirus se haga más miedosa, precavida, xenófoba, tenga la tentación de encerrarse en sí misma. Pero sabemos que solo habrá seguridad sanitaria si es global y que solo el acceso universal a la salud protege contra las invasiones víricas. Todas las furias sociales, políticas, económicas o religiosas, acaban en catástrofes o grandes injusticias, si carecen de ternura.

La ternura es la que nos lleva a sentir muy cercana la muerte de Pilar, la hermana de mi amigo Luis. Siempre sentimos mucho cuando un amigo pierde a alguien de los suyos, más si es aún joven, pero es cierto que, en estas condiciones de confinamiento, cada casa hace de campana donde los hechos y los sentimientos resuenan con mucha mayor fuerza. Muy pocas personas pudieron acompañar a su hermana en el final de su vida, pero toda la red de familiares, amigos y conocidos retumba mucho más hondo. Transforma más nuestros corazones.

Han muerto porque servían a los demás

Así ha sido también con el primer sanitario fallecido por atender a los enfermos de coronavirus. Fue una enfermera en el Hospital de Galdakao, Bizkaia. Se llamaba Encarni, 52 años. Había atendido al primer paciente fallecido de coronavirus en Euskadi, un anciano de 82 años. A las ocho en Bizkaia no solo hubo aplausos sino velas y linternas en miles de ventanas.

El 18 de marzo falleció Pedro, de 37 años, el primer guardia civil que lo hacía por coronavirus. Destinado en el pueblo madrileño de Valdemoro, deja una hija de cinco años. Un hombre del que sus compañeros destacan que estaba siempre al servicio de la sociedad y de ayudar a quien lo necesitaba. Al día siguiente, el segundo guardia civil, Francisco Javier, de 38 años.

Necesitamos que estas historias entren con ternura y compasión en nuestros corazones, junto con las muchas historias y noticias positivas que hay. Encarni, Pedro y Francisco Javier han muerto porque servían a los demás, junto con las decenas de miles de compañeros que lo siguen haciendo.

La ternura nos lleva a mirar con gratitud, con amabilidad, con mansedumbre, cuidando, acariciando con la palabra y el gesto, sabedores de la vulnerabilidad humana, que las cosas se rompen, con piedad y solidaridad. La ternura es consciente de que solo juntos somos humanos. La ternura nos hace contenernos, recogernos y respetar la distancia. La ternura nos hace estar cercanos sin molestar, ser humildes, ser sensible al o que no se ve y lo pequeño, sentir en lo más hondo del corazón. La ternura no anda con prisas ni va de aquí para allá sin ton ni son. La ternura es paciente y sabe perder el tiempo, es detallista y es inmensa.

La ternura cobra una gran importancia al estar encerrado en casa. Las cosas pequeñas se engrandecen. Encerrados en espacios pequeños, nos convertimos en el “increíble hombre menguante”: lo que pasaba desapercibido lo vemos continuamente, la nevera que justo ahora se estropea se convierte en un gigante contra el que luchar.

Lo que verdaderamente nos hace unirnos como país por encima de los colores e ideologías y debates religiosos, es la ternura. Si lo que nos uniera fuera solo la táctica, no es el tipo de unidad que necesitamos. Solo la ternura hace que la gente arriesgue la vida por salvar a un hombre de 82 años y luego dé su propia vida. En este tiempo de populismos arrogantes e ideologías divisorias, quizás la ternura es una de las virtudes públicas y políticas más necesarias.

Víctor Manuel escribió aquella canción titulada ‘Para la ternura siempre hay tiempo’. Bueno, pues ahora tenemos mucho tiempo para la ternura. Si algo ha ido mal en la convivencia, tenemos tiempo para desarmar los enfados y procesar, seamos los primeros en hacer un gesto de ternura para reconciliar. Tenemos tiempo para pensar en el trabajo, los amigos, las movidas en que estamos: mirémoslas con ternura y aparecerán ante nosotros de un modo nuevo. Y cada uno de nosotros seremos algo nuevo.

Leamos, miremos y oigamos las historias, especialmente las pequeñas. Guardémoslas, como María, en el corazón. El coronavirus nos hace conscientes de lo vulnerables que somos y también de todo lo infinito que hay en nuestro corazón. Solo lo veremos si somos tiernos con nosotros mismos, con cuidado, acariciando, abrazando, así. Seamos revolucionarios de la ternura.