Fernando Vidal, sociólogo, bloguero A su imagen
Director de la Cátedra Amoris Laetitia y director del Instituto Universitario de la Familia, de la Universidad Pontificia Comillas

Diario del coronavirus 8: síndrome de los lemmings


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Las grandes pruebas como la pandemia nos hacen sufrir, pero también nos dan lucidez. ¿A que ahora vemos más claro qué es lo esencial en la vida de cada uno, en la familia, en la sociedad?



Hoy me he levantado pensando que, tras la crisis del coronavirus, creo que va a cambiar la principal pregunta que nos hacemos como sociedad. ¿Cuál era la gran pregunta que nos hacíamos como sociedad hasta pocos días antes de comenzar esta crisis? ¿Cuánto íbamos a crecer económicamente?  

¿Cuánto?

Incluso en los momentos en que más hemos crecido, el Informe Foessa demostró que la exclusión social había crecido por el aumento de la desigualdad. Hemos ido una sociedad en la que la precariedad ha ido elevándose, la desigualdad se ha disparado, algunas de las compañías que representan el vanguardismo tecnológico no pagan impuestos, los famosos que nos quieren conmover en las series evaden lo más posible, muchos deportistas que tienen que inspirarnos tienen domicilio fiscal en paraísos… ¿De verdad que el crecimiento es la pregunta principal? Ya sabemos que no. El problema raíz no es cuánto.

Y me pregunto: ¿hasta qué punto mi vida se regula por cuántos? ¿Cuánto gano, cuánto escribo, cuánto hago, cuántas horas soy capaz de trabajar, cuánto publico, cuánta gente conozco, cuánto influyo, cuánto…? El crecimiento no es un asunto macroeconómico sino que lo tenemos metido en las venas… Es una carrera de lemmings. Íbamos como lemmings y el coronavirus es nuestro precipicio… En buena parte estábamos bajo el síndrome de los lemmings. Puede que sigamos.

¿Quién?

Quizás la primera opción es que, tras la pandemia, la preocupación no sea ya el crecimiento sino la seguridad. Los populismos nacionalistas han ido insistiendo en ese componente desde hace décadas. El problema para la seguridad no es el cuánto sino el quién: a quién dejamos pasar, quién tiene derechos, quién puede opinar, quién grita más alto, quién es un traidor, quién no es de aquí, quién debe irse, quién se merece la riqueza y quién la pobreza, quién es primero: América Primero, Inglaterra Primero, Brasil Primero…

Pero el quién no elimina los riesgos. Ya estamos sintiendo en carne propia que la globalización es también globalización viral. El mismo neoliberalismo que trasladó gran parte de la industria China, ha dejado miguitas por el camino para que compartamos con China o con cualquier otro país todo lo que les ocurre. Solamente la universalización de la salud es capaz de protegernos. Solamente una sanidad universalizada y equitativa nos salvará. Nuestra seguridad es proporcional al grado de salud de todo el planeta. Los populismos se han estrellado. Los que más defendían el Nosotros Primero, han fracasado en sus políticas sanitarias y han tenido que rectificar una medida tras otra hasta comprender que es algo global, multilateral. El coronavirus no tiene miedo a Trump ni se le puede intimidar con una guerra comercial.

De nuevo, el síndrome de los lemmings: los que se ponen por delante, van más rápido al acantilado. No es solo una pregunta macropolítica. También nosotros hemos conformado nuestras vidas desde el quién: con quién nos relacionamos, quién es el dueño de lo mío, quien consta en el título de lo que hago, quién me llama, quién me sigue, quién me halaga, quién tiene derecho a afectarme, respondemos de cien formas una y otra vez a la pregunta ¿quién es mi hermano? El coronavirus nos hace cambiar la respuesta: todos. Si no somos todos hermanos, entonces no hay búnker que proteja a tu familia.

¿Qué?

Se trata de cambiar la pregunta que nos hacíamos. La nueva pregunta crucial de nuestra época no es el cuánto ni el quién, sino qué somos. Estamos ante el fin de la Modernidad tal como la hemos conocido. Este virus va a acabar con esta fase de Modernidad. Comienza un tiempo nuevo en el que nos damos cuenta que le estamos dando forma al planeta y que tenemos que saber qué queremos hacer, qué es este planeta, qué es la vida, qué soy yo y para quién.

El coronavirus nos deja claro que no se trata de cuánto hacemos ni de quién lo hace, sino que lo más importante es que resolvamos es qué somos. Y la respuesta más radical es que somos criaturas de amor. Eso es lo que somos. La humanidad somos amor.

Lo que frena este virus es el amor que ponemos en confinarnos. Ni el ejército podría confinarnos si cada ciudadano no pusiera de sí algo de amor por los suyos y los demás. Hay cien formas de engañar. Lo que frena la lucha sanitaria es el amor con que miles de profesionales se dedican y arriesgan sus vidas. Lo que financia la salud es el amor de la gente por su país para no pagar economía sumergida, para no montar una tapadera en Andorra o Gilbraltar, para no engañar a Hacienda. Lo que nos hace estar unidos es el amor cívico, el sentido de fraternidad. Y desde ahí todo cambia. Cambiamos cada uno de nosotros y cambiamos como sociedad. Cuando sabemos la respuesta al SER, se ordenan nuestros cuántos, conocemos el quién y el Quién.

¿Seguimos corriendo como lemmings o nos paramos un momento a hacernos la gran pregunta que nos dirá hacia dónde ir? No hay mil preguntas, hay una radical. No hay mil respuestas, sino que hay una que va a la raíz. ¿Cuál es la pregunta? ¿Y cuál es tu respuesta y la mía hoy, aquí y ahora?