Fernando Vidal, sociólogo, bloguero A su imagen
Director de la Cátedra Amoris Laetitia y director del Instituto Universitario de la Familia, de la Universidad Pontificia Comillas

Diario del coronavirus 66: redescubrir el silencio


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Una de las experiencias permanentes de la cuarentena ha sido el silencio. Hemos visto decenas de fotografías de las ciudades en silencio y la prudencia hizo callar los altavoces. Hemos tratado de callarnos las palabras de más porque ante tanta muerte las palabras superficiales sienten vergüenza. Desde la declaración del estado de alarma llegó el estado de calma para la fauna de las ciudades y sus alrededores. Los delfines se han podido acercar a nuestros puertos, los tímidos jilgueros han vuelto a nuestros barrios, los búhos reales han anidado en las jardineras de nuestros balcones. Las abejas han disfrutado del armisticio de la polución y han multiplicado las flores por toda la piel de la ciudad. Los pájaros nos han despertado por las mañanas más que las alarmas (que no hay música de alarma, por muy lenta y dulce que sea, que no resulte al final tediosa). Los coches no rodaban y aún ahora, nos sorprende el sonido de los motores. Dejamos de ver una serie para salir a las ventanas a ver llover, como si fuera más novedoso y fascinante que cualquier película de Netflix.



Recientemente, durante la pandemia, se ha publicado un estudio que afirma que el origen de la vida en el planeta Tierra fue posible porque el Sol se debilitó, porque retiró su fuerza. También durante esta pandemia, la humanidad ha retirado una fuerza entendida como arrollamiento y la vida ha vuelto a ser posible, incluso en nuestras relaciones e interior.

En el curso de este largo confinamiento, nos hemos reencontrado con el silencio en nuestras casas y el entorno. A veces hemos apagado los informativos y la radio ante el ruido de las palabras de los políticos o contertulios. Nos hemos hecho más sensibles a los ruidos, como los niños y los ancianos. Estar tanto tiempo en casa nos ha recordado todo el tiempo que pasamos en casa cuando niños y ese tiempo estaba lleno de aventura e infinito. Recordamos con nitidez cuando nos aburríamos y las tardes de los domingos nada estaba abierto, pero estaba comenzando todo un mundo en nuestra intimidad. Nos ha asombrado la resistencia de los niños ante tanto tiempo en casa y nos hemos acordado que, cuando el mundo se hace oscuro, un niño siempre puede retornar al Edén, para la infancia nunca está cerrado. Todos nos hemos acordado de las largas estaciones en casa y cómo entre nuestras manos hacíamos nacer mundos nuevos, exploraciones capaces de hacernos subir montes en la punta de una almohada, nos sumergíamos con el comandante Cousteau a los abismos bajo la cama de nuestros padres. Para los niños, el silencio es el cosmos justo antes de empezar. En la infancia, el silencio estaba lleno de hogar.

El silencio es una de las capacidades que más se debería enseñar en los colegios y universidades. En realidad, los niños lo tienen a raudales, solo se trata de que no lo pierdan. Simplemente no hay que deseducarlos, no poner obstáculos. Sin embargo, muchas veces tratamos de llenarlos de actividades y contenidos porque no soportamos la indomable creatividad del silencio. Infancia significa el que no habla, pero no como quien ha enmudecido, sino como el silencio radical que lo acoge todo. La infancia es la hospitalidad absoluta. Es el silencio de quien todo es promesa.

La Reconstrucción de la civilización humana necesita silencio. Una vida más sencilla, es una vida más silenciosa. La pandemia nos hace callar. Precisamente la pandemia fue declarada por la OMS el día que en Madrid recordábamos los atentados del 11-M. Los atentados nos hacen callar también. No se difumina en nuestra memoria aquella boca abierta en uno de los trenes, que nos hizo callar a todos. Guardo memoria del silencio por las calles. Desde entonces, solo en otra ocasión he experimentado ese silencio colectivo: ahora, con la pandemia. En estos momentos, apagamos nuestros egos y los otros aparecen encendidos como presencias que dan verdadera luz y calor. Quedarnos sin palabras –como ante la muerte–, no es ignorancia ni impotencia, es apertura a lo mayor.

El silencio nos hace descubrir el presente y las presencias. No es oscuro ni ciega, sino que abre e ilumina. No es soledad, sino que hace posible la compañía. El silencio atraviesa el misterio, nos relaciona con él. En el silencio no tratamos de deslumbrar al misterio, no lo sobreexponemos ni quemamos, no vertimos una hormigonera de cemento sobre él. Solo el silencio nos permite escuchar todo y el Todo. El silencio no es ausencia, sino transparencia; no es vacío, sino hospitalidad; no es inacción, sino infinito. El silencio no es pasivo, sino tan activo como desnudarse en el amor y el mar.

El silencio te revela la existencia de las cosas. Existimos porque entre nosotros no solo hay espacio, sino silencio que rotula nuestros contornos. El silencio no es insípido ni incoloro, sino que lo comprende todo tal cual es. No quita nada, deja que todo sea. Se rompe el silencio cuando no dejamos que los otros o las cosas sean lo que son. Solo el silencio acaricia lo inefable, es la caricia del tiempo en la materia. Es silenciosa la ternura.

La poesía es bailar con la poesía, la música es dar forma al silencio. El poema tiene el perfil de la palabra que danza agarrada al silencio que sale y entra en cada verso. Las palabras son aves en las ramas del silencio y vuelo en su ventana abierta. El silencio no es hueco, sino umbral.

Hacer silencio es comenzar a relacionarnos, callar el monólogo interior. El silencio es tender una tienda para el encuentro. El silencio siempre es de alguien: siempre acoge un vínculo, Siempre es pronunciado por alguien: por el río, nuestras pulsaciones, la velocidad de las flores, el paso de una nube, la luz que penetra en el ciprés, el colchón e los amantes, una fotografía quieta, una palabra suspensa que no sabe cómo decir lo que tiene que saber, el viento que va haciendo arena de los ladrillos… El silencio es el sexo del saber. No es oscuridad, es espera. En el silencio, la contención y el retiro son la puerta de la acogida. Los árboles son maestros del silencio, como también lo son las piedras que, si nosotros calláramos, romperían a cantar. Los animales son nubes de silencio, existen sin ruido.

El silencio del teletrabajo

El confinamiento y la pandemia ha sido escuela de silencio. El silencio del teletrabajo, del hogar tranquilo, de las carreteras convertidas en pradera. El de los pacientes esperando todo el día a la siguiente visita de la enfermera, el silencio que permitía escuchar los pulmones luchar en cada habitación, el silencio de quienes murieron, su presencia suspendidos sobre el cielo de nuestra ciudad, el silencio de los pocos familiares en cada entierro e incineración, el silencio que no se lo puede creer y no sabe qué decir. Solo el silencio con el otro es capaz de consolar en las mayores pérdidas. Las torpes palabras que nos salen son piedras sobre las que saltamos para llegar al centro del lago donde se encuentra el otro.

Ahora somos todo oídos, no nos perdemos un detalle. El silencio no es dejación, sino atención. Solo faltó bajar las incandescencias de nuestras ciudades para poder contemplar de nuevo las estrellas sobre ellas.

Una fiesta no es ruido ni lo es una comida de familiares que se quitan la palabra unos a otros. La galerna no es ruido ni lo es quien canta mientras trabaja. El ruido lo hace el poder. Solo la arrogancia del poder hace ruido y quiere llenarlo todo, no nos da un respiro, tiene miedo al vacío que nos haga oír y pensar, y por eso lo quiere llenar todo de caceroladas, propaganda, papeles arrugados, voces desafinadas. Convierte la economía en música ludópata de tragaperras. Hace de la política una pelea nocturna de ladridos. Rebaja la cultura a explosión de palomitas de maíz. Encierra la religión en un museo lleno de gente para una exposición temporal.

El silencio es la sábana del amor y el interior del abrazo. Es un buen amigo que siempre te dice la verdad. Nunca acalla, pero aquieta. No acaba nada, sino que hace posible lo que puede ser. El silencio no olvida ninguna palabra pronunciada, aunque lo fuera en la más profunda intimidad o en el tuétano del sueño. El silencio custodia todos los lamentos, plegarias, suspiros y quejidos, gemidos. Consuela las palabras desdichadas, amortigua las iracundas, celebra las que iluminan. El silencio convoca todo lo bueno y lo malo se disuelve como nada.

El silencio es estancia sin paredes, suelo ni techo. Es estación de todos los encuentros. El silencio es la hacienda de los siempre: cosecha todo el año, siembra cada mes, nunca deja de abrir surco. El silencio es la huella entre el pie y la arena. El silencio siempre es virgen y siempre es fecundo. No se compra ni subasta, no se le puede quitar a nadie ni crucificado. Se puede molestar al silencio, pero no meterse dentro de él. El poder puede romperlo, pero no rodearlo ni destruirlo y el silencio siempre acaba amortajándolo.

El silencio se puede tomar en la manos y compartir, hacerlo y ofrecerlo, pero no se puede poseer ni manipularlo. Nadie puede hablar por él. En el silencio, el alma no enmudece, sino que expresa lo inefable. Si silencio es el ojo del reconocimiento. Nuestra sociedad necesita poder el silencio en el centro, abrir un gran espacio de silencio para poder reconocernos compasivamente. El planeta Tierra es ese centro de silencio. El silencio necesita ser un valor de la vida pública. Ahora que lo hemos redescubierto, que lo hemos aprendido de nuevo, no pueden volver a robárnoslo. Sin silencio, no hay nada humano.