Fernando Vidal, sociólogo, bloguero A su imagen
Director de la Cátedra Amoris Laetitia y director del Instituto Universitario de la Familia, de la Universidad Pontificia Comillas

Diario del coronavirus 65: el hombre que paseaba una gallina


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El 23 de marzo, COPE recogió dos casos esperpénticos que intentaron saltarse el confinamiento. Un hombre de Palencia puso una correa a un perro de peluche y se fue a la calle, donde la policía se lo encontró arrastrándolo. En Toledo, un señor se disfrazó de perro y salió caminando a cuatro patas por la calle, lugar donde le localizó la policía. Ambos fueron sancionados. Por otra parte, el diario Clarín se hace eco de un italiano de 31 años y un español de 77, que han sido detenidos por la calle –violando el confinamiento obligatorio– mientras estaban jugando a Pokemon Go! en sus respectivos países. Por la misma razón fueron sancionados un padre y su hijo que se habían ido conduciendo hasta un lugar lejos de su domicilio en Reino Unido.



Otra más, aunque diferente. Es tan ridículo que estas cosas te levantan una sonrisa, aunque la Guardia Civil tuitea estas noticias con un hashtag de #NoTieneGracia. El 26 de marzo fue denunciado en Lanzarote un hombre de 51 años por engañar al confinamiento paseando una gallina con una correa. La multa va de los 600 euros a los 30.000 euros. Otra mujer de 60 años fue multada el 14 de abril en Roma por pasear a su tortuga. También en Roma, un joven fue parado por la policía mientras paseaba sin excusas y dijo que estaba dando de comer a las palomas. En la localidad catalana de Palafrugell, un hombre fue sancionado también por pasear una cabra. En Reino Unido otro hombre fue parado por romper todas las reglas de confinamiento y su única explicación fue esta: “No veo las noticias, ¿qué está pasando?”. La realidad es un problema, pero si la ignoras el mayor problema eres tú.

Parecen verdad, pero no existen

En todos estos casos nos encontramos con una especial relación con la irrealidad. Gente que trata de defraudar paseando cabras, tortugas, gallinas o un peluche, otro disfrazándose él mismo de perro y otros tratando de cazar por las calles criaturas digitales superpuestas a la ciudad. Por motivos maliciosos o por estupidez, todos generan simulaciones. No es que no existan, es que no son de verdad.

En un momento como esta pandemia en el que todos sentimos que la realidad se hace más densa, se impone sobre nuestras ensoñaciones y pesa con toda su crudeza, estos van en dirección contraria creando simulaciones para precisamente escapar de dicha realidad. También hay políticos que pasean gallinas.

Muchas de las cosas que usualmente logran atención en la vida pública y mediática, sencillamente no son reales. Son menos reales que el señor vestido de perro de peluche. Esos políticos sobreactuando, famosos protagonizando escándalos o poderosos diciendo cómo debemos de vivir todos los demás, no son seres reales. Son amalgamas ideológicas, autómatas o meros juegos al borde del abismo. Como los virus, no están ni vivos ni muertos, letras sin sentido que se reproducen a sí mismas usando plasma mediático y metiéndose en las células del cuerpo social. No es fácil ser real. En un mundo en el cada vez hay más simulaciones, el desafío es saber qué es real y qué no. Quizás el mayor desafío de toda la pandemia es este: ser reales.

La cultura de simulación ha socavado el estatus de la Modernidad: la Modernidad funcionaba si existía una ontología compartida. Los pobres eran pobres, los proletarios eran proletarios, los tiranos eran tiranos y los individuos eran sujetos. Pero nuestro mundo desmaterializó la vida. Las cosas –y mucho menos el dinero– ya no tenía un valor de uso, sino de cambio –valen lo que se esté dispuesto a pagar por ella–. Después, el valor de cambio fue sustituido por el valor de signo: valen lo que el poder diga que valen, todo o nada. Si la cultura dice que no hay nada que pueda ser llamado verdad, si el relativismo dice que no existe el bien universal y si la estética nihilista dice que no existe la belleza, hemos creado la tormenta perfecta para que ni siquiera pueda tener consistencia la palabra valor. Así llegamos a esta pandemia. Primero perdimos el cielo y luego se nos quitó el suelo.

Hay muchos ejemplos, pero algunos muy expresivos. ¿Conocéis la patata del millón de euros? El fotógrafo Kevin Abosch reveló una fotografía a la que denominó Patata #345. Es una patata. Marrón, con pelusa y tierra pegada. La imagen fue vendida en 2016 por un millón de dólares. Para el artista, esa fotografía era un “estudio ontológico de la experiencia humana. Veo puntos en común entre los seres humanos y las patatas”. Exactamente un millón de puntos en común.

En el mundo de las ‘fake news’, las ‘Deep fakes’, postverdades y doctrinas sin escrúpulos (sin complejos), la realidad y el marco moral se han disuelto y el edificio de la Modernidad carece de las bases sobre las que sostenerse. Esas historias esperpénticas durante la pandemia son casos patéticos y nimios, pero las grandes simulaciones que alienan nuestro mundo siguen activas como un velo sobre la realidad.

Es necesario superar el hipercapitalismo

La pandemia ha visto cómo generosamente muchas corporaciones han hecho cuantiosos donativos, no solo en respiradores, sino mascarillas, alimentos, han dejado de cobrar a quienes no podían pagar, han dado grandes y pequeños capitales para la lucha contra el Covid-19. Todo ello hay que agradecerlo. Sin embargo, no se puede cambiar la estructura que llevó al problema de la pandemia, sin reformar profundamente el modo de producción capitalista.

El problema ya no es que el capitalismo esté en tal posición de poder político y cultural que haya impuesto niveles estrambóticos de explotación en diferentes lugares del mundo, haya expandido una cultura consumista y utilitarista. El problema es que ha hecho un mundo irreal. Creemos que tenemos una economía, pero no, solo estamos jugando con pokémons que no existen. Esa economía virtualizada y especulativa, nos pasea a todos nosotros como gallinas, creyendo que somos pastores alemanes.

Ese hipercapitalismo hace daño a todos los ciudadanos, pero especialmente a dos sectores: a la enorme masa de trabajadores precarios y a los empresarios que realmente luchan por hacer cosas, por sacar adelante proyectos creativos que generan riqueza para el conjunto de la sociedad. El empresario industrial -que crea valor de verdad- sabe que compite en desigualdad de condiciones con los negocios neoliberales y además sabe también que el cliente casi nunca distingue lo que vale y lo que no, sino que va a lo más barato y lo que exhibe un mayor espectáculo. El industrial -que analiza datos, tiende fibra de vidrio o edita poesía de verdad- se encuentra entre dos orillas que se alejan de él: una la de los piratas que lo producen peor y más barato para ganar más, y en la otra orilla la de los clientes que no saber lo que tiene verdadero valor.

La relación de la Modernidad con la economía consistía en negociar el mayor o menor valor de las cosas: el trabajo, el riesgo del empresario, el capital, las patentes, el saber profesional, el bienestar, etc. El postmodernismo mutó con el neoliberalismo. El Postmodernismo deconstruccionista hizo una teoría en la cual no existía una condición humana: todo es construido, un arbitrio y un artefacto. Se puede variar tanto cuanto se quiera, al capricho del poder individual o colectivo.

El neoliberalismo tomó ese principio y lo hizo mutar en un negocio global: el capitalismo del Ser. Ya no se trata de que el sujeto desee, compre o se mida con objetos de consumo. Ahora, el objeto de consumo es el ser de cada uno, que te venden fuera, en el mercado. Uno compra máscaras, creencias, valores, sentimientos, experiencias, identidades al fin. No se trata de convencer a la gente que compre porque te gusta tal producto de una marca: compras ese producto porque tú eres esa marca. El capitalismo ya no rodea al sujeto y le explota, sino que excava para taladrar el núcleo interior del sujeto e instalar ahí su tienda.

De ese modo, el relativismo más extremo y la explotación capitalista se aliaron para disolver a los sujetos en una red de individuos efervescentes difractados en centenares de compras y máscaras identitarias. El integrismo no ha hecho sino acelerar todos esos procesos todavía más.

Además, la mezcla del ADN construccionista de la Postmodernidad y el neoliberalismo ha desmantelado la mayor parte de la capacidad para construir sujetos colectivos. Es un virus que se mete dentro de las células de cualquier movimiento y ese movimiento las copia sin darse cuenta hasta que se destruye.

Regreso a la Historia

El 13 de abril me interesó un texto de Antonio Ortuño en El País titulado ‘Un fantasma en la maquinaria’, en diálogo con la Sociedad del Espectáculo del sociólogo francés Guy Debord (1931-1994). Su idea es que “la cuarentena mundial que vivimos ha sido también la piedra intrusa que ha conseguido trabar, así sea por un tiempo, los engranajes de la máquina de dominación espectacular y sus afanes de intrascendencia”.

Es verdad que esta pandemia ha sido un desbordamiento de realidad que se ha llevado por delante los polders que habíamos secado y habitado. El mar de la realidad ha recuperado su terreno y ha cubierto las ciudades y ha llegado hasta los hogares, ha hecho que nos encerremos y ha llegado hasta los televisores que han cambiado de lógica y ha alcanzado hasta sobrecoger el corazón de cada persona.

No nos salimos de las simulaciones (Baudrillard), sino que ha sido la realidad la que nos ha empujado fuera de ellas. Hemos sido desalojados de nuestras simulaciones, del espectáculo virtual de banalidades, falso arte, publicidades y artistas millonarios. El mundo de las televisiones y la cultura comercial había ido metiendo la realidad en el interior de unas muñecas rusas sobre las que había encofrado sucesivas muñecas y lo que ha pasado es que todo ese cofre de realidades falsas se ha quebrado por la mitad, dejando la realidad de mineral irrompible intacto. La realidad está hecha de un mineral cuyo origen no está en el cosmos, más dura que cualquier otro material. Se puede revestir o ignorar, pero es inquebrantable. La llamada de Cristo a ir a Galilea es ir a la realidad más común, a donde comienza todo (Mateo 28, 8-15).

Temo el momento en que se comience a trabajar todo ese material de pandemia desde las lógicas de la cultura vacía. La cultura vacía es aquella a la que no da forma el saber ni la belleza. Hay cultura vacía cuando el arte solo tiene el valor que le da el mercado, la mercadotecnia. Hay cultura vacía cuando los artistas tienen que vestirse con ropa de miles de euros o dólares para salir en las galas y el papel cuché. Hay cultura vacía cuando la política o los medios crean redes clientelares de artistas, creadores y productoras afines. Hay cultura vacía cuando el ideologismo o el integrismo toman el poder de dictar que es verdad.

Que Sálvame se haya convertido en un programa informativo –según dicen, por que no lo hemos visto–, demuestra lo resistente que es la telebasura, la realidad basura o realidad rápida –’Fast Reality’– que trata de sustituir a la Historia en nuestra conciencia cobrando por ello como un taxímetro por minutaje de consumo. Pero la telebasura es un paradigma de esfera pública. El problema no es Sálvame –que como formato tiene incluso mérito–, sino que se haga un ‘Sálvame’ de lo que de verdad importa en la vida pública. Cuando los políticos gobiernan solo con las encuestas en la palma de la mano y no ven las líneas reales de su palma; cuando valoran las cosas según su impacto mediático en el electorado, entonces extienden el paradigma de la telebasura a la esfera pública, se produce la polibasura que domina parte de nuestra realidad.

Frente a la política basura, están los sanitarios que se han entregado de verdad, sin medida y sin los medios enfocándoles. Frente a la política basura están los vecinos que se han quedado en casa, que han aplaudido cada día con otros vecinos sin importar su color político, que han participado las redes del bien, que se han transformado a sí mismos para hacerse personas más reales.

Todo ese famoseo, telebasura, cultura vacía, política espectáculo, ideólogos doctrinarios, integristas indignados, no existen, realmente son insustanciales. Hacen que la gente corra tras ellos, se angustie, se enoje, se obsesionen como si fueran de verdad, pero no existen. No más que alguien disfrazado de perro o un hombre que paseaba a una gallina. Debemos apagar esas pantallas y regresar a la historia.