Fernando Vidal, sociólogo, bloguero A su imagen
Director de la Cátedra Amoris Laetitia y director del Instituto Universitario de la Familia, de la Universidad Pontificia Comillas

Diario del coronavirus 51: ¿Qué es lo que no queremos volver a ser?


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Hoy todos hemos salido por primera vez en 50 días y no ha sido solo a pasear, sino a redescubrir el mundo. En casa hemos dejado a Paloma y mi hijo Javier que salieran siempre, que son los que más necesitan el exterior. No tenemos perro, los hijos ya son jóvenes. Era la primera vez que podíamos salir. En estos 50 días yo no había ido más allá de bajar al portal a subir las bolsas de la compra. Nos levantamos temprano. Hoy, además, es nuestro aniversario, 23 años. Salimos a las 8:30 y no recordábamos haber recibido nunca un regalo mejor de aniversario. Había en esta salida mucho de paseo lunar, de pequeño paso para cada uno, pero gran paso para todos.



Vivimos en un barrio popular y, como mucho, podemos recorrer calles y pequeños parques a un kilómetro a la redonda. Quizás lo más granado que tenemos es que podemos asomarnos a la M-40 a ver ese gran río de coches, hoy seco. Salimos y hay algo de la película ‘Soy leyenda’ que protagonizó Will Smith en 2007. Toda la vegetación está salvaje, desbordante. Es primavera, ha llovido, no la hemos pisado, no se ha cortado. De las grietas de las calles salen matojos. Los cardos alzan sus flores más altas que nunca.

Toda flor, por pequeña que sea, brilla. Los pájaros cantan encelados desde todos los lugares. Me paro a hacer fotos a los jardines desbocados. Hago una foto a lo que ayer era un mero solar y hoy es un lugar lleno de vida. Me pregunto, ¿qué era antes en nuestros barrios y ciudades era un mero solar y hoy florece?

Resurrección

Subimos la UVA (Unidad vecinal de Absorción) de Hortaleza y algunas construcciones pobrísimas que quedan aisladas parecen varadas de algún naufragio, de un mundo que ya no puede ser. Ahora estamos en un tiempo en el que nadie puede quedar atrás y todos los que hubieran quedado antes deben ser rescatados también. Seguimos caminando. Hay gente, pero todos los que encontramos guardan la distancia. La gente ha conocido demasiado de cerca lo que es la muerte con tanta gente cayendo muerta y hoy ya superamos los 25.000 en España, 8.300 de los cuales, un tercio, son de Madrid.

El mundo está intentando levantarnos el alma con esta primavera donde todo invita a la resurrección, pero la gente camina o corre triste. No hay alegría. Tenemos el miedo de los ratones blancos en los que están ensayando las vacunas. Todos salimos heridos. La mayoría el alma, muchos habiendo perdido a uno de los suyos. O a dos. Paseamos por los que no lo pueden hacer. En cada uno de nosotros llevamos algo de alguien, una historia que se nos ha quedado.

Miles de historias

Paloma me cuenta que en el precioso Jardín Botánico de Madrid solo han quedado tres jardineros a su cuidado durante estos dos meses. Ante ellos florecieron gloriosos los tulipanes y no queriéndose quedarse con ese esplendor para ellos, fueron cortando uno a uno y enviaron a cada enfermo de Madrid una flor. Ellos reconocían lo mucho que les cuesta cortar una flor y más en el Botánico, pero no podían quedarse aquella belleza en un jardín sin seres humanos.

Es una historia inspiradora, como las centenares que hemos escuchado en este oscuro tiempo de nuestra historia. Imagina las miles de historias del bien que habrán sucedido. Tenemos que estar abiertos a recibirlas todas, no cerrar las compuertas ni sumergirnos de nuevo en la prisa y el ensimismamiento.

Le cuento a Paloma otra historia de tulipanes, pero en el sentido contrario. El día que Japón ha dado permisos para pasear la semana pasada, los campos de tulipanes también habían estallado de vida y se congregó tanta gente a admirarlos, que los jardineros las cortaron todas. Las sacrificaron para que nadie tuviera un motivo para ir allí. No sé qué significan estas dos historias de tulipanes juntas.

Una pintura surrealista

Caminamos más y vemos los centenares edificios de ladrillos del barrio de Hortaleza. España es el país europeo donde más gente vive en pisos. Algunos jardines han seguido siendo cuidados. Las rosas son enormes, como cabezas de bebés. Con dos tercios menos de contaminación, la vegetación respira. Nosotros respiramos, se nota el aire limpio y no aire gris que solemos respirar. Las medianeras que habían sido cuidadas por algún vecino, han seguido creciendo y ahora están gloriosas. Aquellas que nadie cuidaba, ahora son un grito salvaje que pide ayuda.

De repente, caminando, tengo una visión que no le cuento a Paloma porque estamos cerca de la residencia donde falleció su padre días antes de la pandemia. Me parece que Madrid es una gran pintura surrealista de René Magritte y que por el cielo de la ciudad están suspendidos sus típicos hombres de negro con bombín, pero son todos nuestros caídos por el Covid. No lloran, no protestan ni reprochan, ya no sufren, pero permanecen vestidos de negro en nuestro cielo como signos de interrogación. También como signos de admiración ante los esfuerzos que se hicieron por intentar salvarles, por tanta gente que les hemos llorado incluso sin conocerlos, por tanto amor derramado.

Creo que el corazón humano es siempre el punto compartido por un signo de interrogación y un signo de admiración a la vez. Vamos regresando, nos cruzamos un coche y respiro lo que sale del tubo de escape. Me repugna. Paloma me pregunta si compramos pan. Yo le pregunto viendo esta ciudad de primavera, muerte y resurrección: ¿Qué es lo que no queremos volver a ser nunca más?