Fernando Vidal, sociólogo, bloguero A su imagen
Director de la Cátedra Amoris Laetitia y director del Instituto Universitario de la Familia, de la Universidad Pontificia Comillas

Diario del coronavirus 44: redes del bien


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En esta lucha contra el coronavirus se levantan todas las fuerzas, la solidaridad, resistencia y el alma del pueblo. ¿Qué país forjaremos? ¿Cómo nos recordarán dentro de cien años? ¿Podrán decir que aquella experiencia supuso una inflexión en la sociedad porque se extendieron redes masivas de solidaridad popular que recrearon la sociedad civil, eso llevó a redescubrir valores profundos y finalmente regeneró las instituciones? ¿Podrán decir de nosotros que esas redes no eran solo de nuestra sociedad, sino que fue un fenómeno mundial y que unas redes conectaron con otras y ocurrió lo mismo? Recrearon sociedad civil, redescubrieron valores y regeneraron las instituciones de gobernanza mundial.



Por todo el país se han creado redes del bien. Son telares sociales en los que trabajan juntas treinta o dos mil personas. Muchas veces son un cartel en el portal en el que vecinos ponen sus nombres para ayudar a cualquiera que lo necesite. Colabora todo tipo de gente, muchos no se conocen entre ellos ni saben sus motivaciones. A veces sale de organizaciones como Bokatas con sus rutas reforzadas de calle para personas sin hogar, o la ONCE que sostiene una enorme red de voluntarios para ayudar a miles de personas invidentes confinadas. Puede ser una parroquia o la asociación de vecinos la que dé sostén y muchas veces mezcla a todas esas organizaciones en redes comunes. A veces, usan aplicaciones gratuitas para intercambios vecinales (un millón de alemanes se ayudan a través de la aplicación ‘Nebenan’ y 43.000 en España mediante ‘Tienes-sal’). Junto con la entrega de nuestros profesionales, esas redes del bien representan lo mejor de esta crisis.

En realidad, las experiencias más llamativas y efectivas nos están demostrando que no hace falta nada para hacer una red del bien. Hay experiencias transformadoras que comenzaron simplemente con un grupo de WhatsApp, Facebook. Telegram, etc. Dos o tres emprendedores toman la iniciativa, suman otros veinte que les ayudan a expandirse y finalmente crece con cien o mil voluntarios. Sin manifiestos, sin discursos, sin más ideología que la servicialidad y hacer el bien. Nos da un método imparable: organiza un grupo por redes y suma gente dispuesta a hacer un pequeño voluntariado, compartir bienes, hacer un servicio. Así de sencillo: redes del bien. Cuanto más sencillo y concreto, más profundo, universal y eficaz.

Los buses de la solidaridad

Por ejemplo, los voluntarios de los conductores de autobuses de Madrid (conocida como la EMT, Empresa Municipal de Transportes). Once conductores decidieron actuar ante la emergencia. Crearon un grupo en la red social Telegram, al que podía sumarse quien quisiera. En menos de 48 horas ya eran 1.252 miembros. Abrieron una cuenta en PayPal para que cada uno donara lo que pudiera y en la primera semana habían recogido 33.000 euros para ayudar en los hospitales de la región. La primera donación fue para el Hospital Infanta Leonor, que necesitaba agua. Compraron 2.000 botellas y ellos mismos las llevaron en sus vehículos particulares. La hija de uno de los conductores decidió ayudar y difundió por Twitter la iniciativa. En 24 horas tenía casi veinte mil retuits. Ahora, el voluntariado de la EMT quiere hacer una segunda campaña para ayudar a las personas sin hogar.

José Luis Lorenzo conduce un autobús de la línea 24 -que va de Atocha al Pozo del Tío Raimundo-, tiene 36 años y es uno de los impulsores de la red. En una entrevista con Natalia Junquera en El País, en marzo, cuenta: “Cuando se quiere hacer algo, somos hasta más rápidos que el Gobierno. El personal sanitario está velando por nuestra vida, jugándose la suya propia, y por eso nosotros queremos ayudar con lo que podamos, nosotros siempre pitamos a las ocho desde el autobús mientras que la gente desde sus balcones aplaude, pero sentía que no era suficiente”.

Coser humanidad

Este otro ejemplo también tiene la sencillez del anterior y muestra una eficacia extraordinaria. Cuarenta mujeres y diez varones entre 15 y 90 años han organizado al sur de Vigo una red de cosedores para proporcionar medios de protección a los sanitarios de los hospitales. Silvia R. Pontevedra hizo un reportaje a comienzos de abril en El País. Todo surgió de M., una señora de 67 años que permanece en el anonimato y que tenía una tienda de ropa y complementos que cerró. Comenzó a crear una red con parientes y amigos por el boca a boca y Facebook, que finalmente se puso a producir como una pequeña fábrica dispersa, cada uno en su casa. Los materiales los han sufragado ellos mismos con sus propios medios.

Una vecina de Mondariz -que se llama Loli Barral- ha hecho los patrones de las batas -trabajó para Pronovias- y en la tienda de M. se aplican, cortan las telas y las marcan. Luego voluntarios las distribuyen por paquetes a la red de hogares y al cabo de unos días las recogen. En el momento del reportaje habían comprado entre todos cinco mil metros de tela -por tres de ancho-.

M. dice: “Esto lo hacemos porque queremos, no recibimos subvención alguna ni aceptamos dinero de la gente por nuestro trabajo. No queremos ningún tipo de protagonismo, no somos como las grandes empresas que anuncian sus donaciones. A nosotras nos basta con las felicitaciones que recibimos de médicos y enfermeras, los verdaderos héroes. Mis hijos me dicen que ahora me levanto llena de energía… ¡Estamos todas tan contentas y tenemos una satisfacción tan grande! Me acuerdo mucho de mi abuela, que me crió de niña y me llamaba pitusiña. Ella me decía: ‘Pitusiña, ese es tan pobre tan pobre que solo tiene dinero’. Y tenía razón: la satisfacción interior que tenemos por ayudar no hay dinero que la pague”.

¿Y esta gente, y esta bondad, y esta misma red no podrían coser las costuras rotas del mundo, las heridas abiertas del planeta? Me ha emocionado esta historia. Las fotografías nos muestran a Loli Barral con su mirada sencilla, en una casa sencilla, con su máquina de coser y en chándal. Otra foto es de Amparo Ferreiro, una vecina de 90 años de Ponteareas manejando su vieja máquina de coser de hierro y madera que quizás ya no pensó en usar nunca más. Antes de finalizar su vida -dentro de unos años todavía- ha tenido que volver a usarla para vestir a los que nos curan y cuidan, algo que culmina su vida. La vida culmina con la solidaridad.

Tejer la ciudad

Permitidme un tercer ejemplo. Ahora nos vamos al centro de Madrid, que, a día de hoy, ya supera las 12.000 víctimas por coronavirus. El grupo Cuidados Madrid Centro, CMC, está montado por nueve mujeres que coordinan un WhatsApp al que ya se han incorporado 250 voluntarios. Nos lo cuenta Pedro Zuaza en El País de mitad de abril. Lo más curioso es que esas nueve mujeres no se conocen entre ellas, sino que entraron en contacto por mensajes. Maribel tiene 43 años y es psicóloga. El 16 de marzo se apuntó al grupo de WhatsApp, que tenía ya unas 150 personas y, de repente, se encontró con que nadie organizaba. Así que se puso al frente y fue reclutando como organizadoras a otras ocho mujeres que estaban muy activas. Así constituyeron la Comisión de Acogida y dieron nuevo brío a la red, que ha crecido hasta ser esos 250 voluntarios.

Lo que hacen es centralizar y gestionar las demandas de ayuda y buscar quien las puede satisfacer. Han establecido un turno de atención de 8 de la mañana a 8 de la tarde. “Lo que empezó como una oferta de ayuda con la compra y entrega de medicamentos o alimentos ha evolucionado hasta convertirse en un solucionador integral de situaciones al que, incluso en ocasiones, recurren los servicios sociales o la Policía Municipal”, cuenta Pedro Zuaza. “Tenemos un Excel brutal, con un montón de pestañas para poder cuadrar las necesidades de los demandantes y las tareas que pueden hacer los voluntarios”, explica otra de las organizadoras, Teresa, de 38 años. Como Maribel, también es psicóloga.

Ánxela es periodista y trabaja en el Tercer Sector y relata su experiencia: “Para mí, está suponiendo una hostia de realidad. La vulnerabilidad de los más débiles se ha multiplicado. Empezamos ateniendo casos relativamente cotidianos, pero después han ido llegando algunos más grave”. Al terminar de trabajar, atiende a los casos “especialmente difíciles, de los que no nos vemos con fuerzas para derivarlos a los voluntarios”.

Mónica, de 51 años, es profesora de Matemáticas en un Instituto y creó un blog para la red, donde cuentan diversas historias. Por ejemplo, R. “ha forrado su coche de plástico hoy para que otro vecino pudiese llegar a la consulta oncológica del hospital. No había otra alternativa.”. Todo va comunicando unos con otros, tejiendo una cadena de favores que le van dando cuerpo al barrio. La siguiente historia lo muestra muy bien:

“J. es un vecino que vive en un bajo de la calle Sombrerería. Lleva desde el principio del confinamiento sin cobertura, ni televisión ni Internet. Nos lo contó ayer S., un conocido suyo, en el WhatsApp del CMC. Al leerlo recordé que G., con el shock del confinamiento y sus dos niñas de arresto domiciliario, compró una tele nueva el otro día. Unas llamadas y unos guasaps después, pude ir a por el aparato a casa de G. y de ahí a la casa de J.”

Comenzar la revolución

¿Queremos comenzar una revolución y no sabemos cómo? Únete a una red del bien y comienza a servir. Si no la encuentras o quieres hacer algo especial, únete a otro y fundad una red del bien. Mejor siempre colaborar con otros, crear comunidad transversal. Esas redes darán lugar a experiencias que elevarán nuestras sociedades civiles de un pobre 19% al 50%, porque se ha demostrado que dos tercios de este país querrían hacer el bien si encuentran un cómo. Así comienza la pacífica revolución que necesitamos para construir la Casa común.

La crisis del coronavirus forja un pueblo, da forma al espíritu de nuestro país. Esta experiencia de la pandemia saca a la luz pública los acuíferos del capital moral, suscita la entrega y valores que estaban tapados bajo tanta banalidad y divisionismo. Es posible que no regrese al subsuelo de la conciencia colectiva, sino que permanezca operativo en la arena pública mientras esta experiencia de sufrimiento y lucha esté viva en nuestra memoria. Las redes del bien deberían ser el comienzo de un hábito del corazón y una tradición. Solo así regeneraremos las instituciones de nuestros países y mundo.