Fernando Vidal, sociólogo, bloguero A su imagen
Director de la Cátedra Amoris Laetitia y director del Instituto Universitario de la Familia, de la Universidad Pontificia Comillas

Diario del coronavirus 43: mirar al mal de frente


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Cuando contemplamos todo lo que ocurre, al final de todos los planos de realidad nos encontramos con la dura roca del mal. El problema es el mal en nuestros corazones, que en algunos se vuelve criminal. No podemos retirar la mirada. Esta pandemia solo tocará fondo cuando cada uno miremos cara a cara al mal.



El mal con nombres propios

Concretemos. Durante el pasado agosto de 2019, el Instituto de Investigación Ambiental de la Amazonía (IPAM) registró 27.000 incendios en la Amazonía brasileña. A final de agosto, la policía brasileña detuvo a José Brasil uno de los causantes de dos incendios, el propietario de la hacienda Ouro Verde, sita en Sao Félix do Xingu, al suroeste del estado amazónico del Pará. Su hermano Geraldo Brasil huyó y está fugitivo. A los quince días detuvieron también al gerente de la hacienda, Joao Batista Rodrigues. Los tres habían quemado 6.500 hectáreas de bosque amazónico en su hacienda –pese a estar totalmente protegido– y contrataron a 50 personas para que hicieran arder también otras 20.000 hectáreas colindantes. Todo ese bosque amazónico quedó reducido a cenizas. Quemaron lo equivalente a 8 veces Central Park, 5 veces El Retiro de Madrid o 3 veces la isla entera de Formentera.

'Cain y Abel', de Keith Vaughan (1946)

‘Cain y Abel’, de Keith Vaughan (1946)

Más concreción. Los bosques tropicales africanos o asiáticos también son objeto de destrucción masiva. En septiembre de 2019 el Gobierno de Indonesia reconocía que el 99% de los incendios forestales del país eran provocados por humanos y el 80% se prendían para sembrar plantaciones de aceite de palma. La destrucción de ese ecosistema, como en el caso del Amazonas, provoca la aparición de epidemias. En noviembre de 2019 dos ecoactivistas (Maraden Sianipar de 42 años y Maratua Siregar de 55) fueron asesinados en el norte de Sumatra, cerca de la plantación de aceite de palma propiedad de la empresa PT Sei Alih Berombang. La policía arrestó acusados de asesinato al propietario de la empresa, Wibharry Padmoasmolo alias “Harry” y cuatro sicarios a los que contrató para matar a los ecologistas.

Otro caso real y concreto. Nguyen Huu Hue tenía una empresa de venta de materiales de construcción en Vietnam. En realidad, era una tapadera que usó muchos años para el tráfico de animales. La policía le detuvo junto con otras dos personas el 25 de julio de 2019 en un vehículo en un aparcamiento de Hanoi, en cuyo interior descubrieron tres bolsas con siete cachorros congelados de tigre. No se pudo aclarar si fueron capturados en medio natural o si procedían de una de las muchas granjas ilegales que alrededor de Laos crían tigres para su uso en la medicina supersticiosa o en la industria joyera. Para el tráfico los esconden en una red de casas que habitan familias muy pobres y van pasando la siniestra mercancía de un lado a otro.

Concretos y materiales: Jiang Chaoliang y Ma Guoqiang, secretarios del Partido Comunista de China en la provincia de Hubei y Wuhan, respectivamente, fueron destituidos fulminantemente el 13 de febrero de 2020 por haber reprimido a los que, como el doctor Li Wenliang, anunciaron la epidemia de Covid-19, encarcelaron a los periodistas que informaron sobre ella (uno de los cuales todavía no ha aparecido), negaron la epidemia y retrasaron la acción contra ella.

El mal come caviar. El gasto sanitario en todo el planeta alcanza los 7 trillones de dólares y entre el 10% y el 25% de ese capital es robado por la corrupción (Patricia García en The Lancet, vol.394, no.10214: pp.2119-2124). En 2019 el juez Manuel García Castellón, de la Audiencia Nacional ha cifrado un desfalco de 3,07 milllones de euros de los presupuestos de la Sanidad pública madrileña por parte de trama Púnica. Entre los acusados confesos ya constan el empresario Daniel Horacio Mercado y el consejero de Sanidad Manuel Lamela.

Una última concreción: Robar protección vital para los sanitarios a los que el resto aplaude. El empresario gallego Javier Conde fue acusado por la policía a comienzos de abril por haber robado dos millones de mascarillas de alta calidad (FFP2) de una nave industrial de la compañía Oxidoc –en concurso de acreedores– de Santiago de Compostela para revenderlas a una empresa del norte de Portugal. Esas mascarillas se fueron a recoger para ser usadas por los sanitarios y gente que trabaja directamente con los enfermos contagiados de coronavirus.

Estos casos forman parte de la cadena del mal que da forma a los males de las epidemias: destructores de ecosistemas, traficantes de animales, tiranos que niegan los brotes, corruptos que debilitan la sanidad pública y miserables que roban los bienes. El mal nos implica, actúa, tiene peso y medida.

El relato de estas historias destaca nombres propios de personas que eligieron el mal y el crimen. Efectivamente, la pandemia es una expresión no solo del infortunio, sino del mal. Tiene nombres propios. Estos tienen implicación directa, otros indirectamente y luego estamos mucha humanidad que tenemos responsabilidad en esta catástrofe por omisión o porque estamos cómodos y nos beneficiamos económicamente con este sistema hipercapitalista. No podemos pasar por esta pandemia sin pensar el mal. Llegaremos vitalmente al fondo de esta pandemia cuando nos atrevamos a mirar cara a cara al mal.

El aprendizaje de la vulnerabilidad

Uno de los grandes aprendizajes vitales de esta pandemia es la vulnerabilidad: la vulnerabilidad de los animales de los que sacamos las epidemias, la vulnerabilidad de los otros –mayores, personas sin hogar, personas dependientes, hogares pobres, países del sur, refugiados, etc.–, la vulnerabilidad de nuestros países ricos y la vulnerabilidad sanitaria y existencial de cada uno de nosotros y nuestras familias.

Esa experiencia de vulnerabilidad va a ir a más. Tendremos que salir ahí fuera después de que Angela Merkel haya dicho que lo que hemos vivido no es más que el comienzo de la pandemia, que falta una larga época de nuevas mareas de Covid-19. Las televisiones nos muestran las mesas de los restaurantes divididas con pantallas en medio, como si estuviésemos en locutorios de prisión. En los aviones, trenes y autobuses tendremos que volver a respirar la mezcla de alientos de todos los demás pasajeros. Salimos del confinamiento mucho más inseguros de lo que entramos. ¿Cómo volver a juntar a los niños con sus abuelos sin sentir temor?

El mal es de piedra

Nuestra Modernidad no acabó de tomarse en serio el mal que sufrió extremadamente en la II Guerra Mundial y que ha seguido mordiéndole en las décadas siguientes. Por el contrario, hemos dado alas al relativismo que dice que no hay bien ni mal, la verdad es un constructo y la belleza un valor del mercado cultural. En su libro ‘Modernidad u Holocausto’, Zygmunt Bauman denunciaba que las Ciencias Sociales que dan forma al mundo no se refundaron tras Auschwitz, sino que no se tomaron en serio los acontecimientos que allí degradaron hasta el abismo al ser humano.

En la cultura dominante, el mal se subjetiviza, es un irrisorio concepto del pasado, se entiende solo como ignorancia, expresión de la pluralidad moral o es un mero artefacto cultural de una civilización concreta que en realidad no existe.

Pero no, el mal no es ausencia, carencia ni subjetivismo, sino que es una materia dura y pesada con fuerza afirmativa suficiente para destruir, vejar y matar. Es una voluntad material y operante con volumen y energía que sucede en las estructuras últimas del ser humano y del cosmos.

El mal parece absurdo e inútil, pues nos hace infinitamente infelices. Aunque aparentemente nos pueda traer satisfacciones inmediatas, a medio y largo plazo nos deprime, quema, vacía y enferma. Igual que está demostrado que la gratitud o el perdón mejora nuestra salud física, el mal nos enferma.

Tortugas jugando al Cluedo en un terrario

¿Por qué hacemos el mal? Somos muy conscientes del mal que hacemos estas semanas en casa porque estamos aquí encerrados como cuatro tortugas en un terrario. Podemos señalar con precisión los momentos y lugares en que hemos discutido, nos hemos enfadado o hemos dado una mala respuesta. Como en el Cluedo: fue con mi hija, en el salón, con el mando a distancia, imponiendo qué se ve en la televisión, porque para eso gano el dinero. Otro: fue en la videoconferencia familiar, con mi teléfono móvil, porque todos gritan, mi hijo me dijo que no gritara y me fui iracundo mandándolos a todos a hacer gárgaras. Los engranajes del mal se dejan examinar muy bien cuando estamos quietos y contemplativos.

Confinados en nuestras pequeñas casas se ve muy bien. La impotencia que sentimos frente a los acontecimientos del planeta, nos hace percibir nuestra participación en el mal. Por ejemplo, hoy leemos que la ONU advierte de una hambruna descomunal que amenaza África, la cual, según la OMS solo está al comienzo de la primera etapa de la pandemia, y nos preguntamos qué hemos hecho por África. ¿Cuánto comercio justo compramos? ¿Apoyamos a alguna ONG que actúe allí? ¿Cuántos africanos conocemos personalmente? ¿Cómo nos solidarizamos con quienes emigran desde África y son fuente de remesas para sus países?

Nuestros nietos nos preguntarán: abuelo, ¿qué hiciste tú durante el coronavirus? Nosotros preguntamos una y mil veces a nuestros abuelos: abuelo, ¿qué hiciste durante la Guerra Civil? Mi abuelo Fernando I nunca me quiso contestar y mi abuelo Fernando II solo me contó un puñado de anécdotas. Posiblemente somos parte de la solución a las pandemias porque estamos ayudando en primera línea o dando soporte a familiares y amigos que lo hacen. Somos parte de la solución porque nos confinamos disciplinadamente y cortamos la transmisión del virus. Somos parte de la solución porque estamos comprometidos en causas y organizaciones civiles. Estamos comprometidos porque estamos transformándonos internamente, aumentando nuestra conciencia, preparándonos para el nuevo mundo que ya está aquí. El 2019 es ya el viejo mundo. Ya no estamos en la Modernidad. No sabemos bien qué es, pero es otra cosa y estamos en el parto en primera, segunda o tercera fila. Pero también sabemos que cada uno de nosotros no solo somos solución, sino que también somos parte del problema.

El gordo de El sentido de la vida

Hacemos el mal por prevalecer, por usar el poder para intentar hacer sobrevivir al yo. El mal es el acto inútil y espasmódico de un ego que no soporta la incertidumbre. No soportamos la inseguridad y nos queremos hacer gigantes para imponer nuestro ego, nos queremos hacer como dioses inmortales y omnipotentes. El problema es que el ego siempre es glotón: siempre quiere más. Como ese animal llamado glotón o el gordo Sr. Creosote de ‘El sentido de la vida’ (Monty Python, 1983), si se dispusiera de comida ilimitada, el ego que confía en el mal no pararía de comer hasta reventar. El gordo Creosote representa al a Humanidad que destruye su planeta, que desata pandemias, que engorda burbujas inmobiliarias hasta que explotan, que propaga el nihilismo hasta que los suicidios se multiplican, etc.

El mal es un rechazo a la vulnerabilidad existencial. Es una falsa solución de poder al miedo al fracaso, a no asumir que somos limitados, que dependemos del misterio de los demás. Lo saben bien las mujeres maltratadas que sufren a un varón que quiere ser omnipotente, no soporta que le digan “no” y no sabe vivir sin dominar. La mayor vulnerabilidad del ser humano es que no puede poseer –la muerte lo impide–, sino que solo puede hacer amando. Su tener es relacionarse y unirse, no es poseer.

EL ser humano ni siquiera puede fusionarse y olvidarse de su yo: no deja de ser un ser único cuya responsabilidad irrevocable es hacer su vida en el tiempo. El ser humano se relaciona con la eternidad como una música en el tiempo.

Somos vulnerables porque sabemos del infinito, del Todo y la Nada, imaginamos lo eterno y lo absoluto, pero no lo podemos controlar. Somos vulnerables porque el misterio forma parte irreductible del homo sapiens y de cada vida. El misterio está en que somos paradójicos, seres abiertos, objetos imposibles (sujetos imposibles), tenemos plena conciencia del todo, pero somos efímeros y limitados. El misterio está en el número imaginario (¿raíz cuadrada de -1?), en las contradicciones irresolubles (cuanto más das, más tienes), en la aventura, en la alteridad, en la comunión que te hace más libre cuando más te unes, en la alegría que también hay en lo que duele, en el papel de los sueños en la razón humana, en que no recordamos nada de los 1.000 primeros días que dan forma a quiénes somos, en la relación entre madre y su hijo en su seno. Nacer es misterio y también lo es el morir. El misterio es consustancial a la vida humana. El misterio del amor es lo que hizo aparecer la conciencia. El misterio hace posible la libertad. Sin misterio, no habría libertad, sino determinismo.

El misterio hace posible la libertad

El misterio no es ausencia ni carencia, no es ignorancia ni rendición, no es sumisión ni magia. Al misterio no nos doblegamos, sino que nos relacionamos con él. Somos existencialmente vulnerables porque vivimos con el misterio. El mayor misterio es la libertad del otro para amarnos. No se puede comprar ni retener, acumular, exigir, obligar. Nadie puede obligar a amar o no amar. El amor es misterioso porque no tiene límites ni tras la muerte.

El misterio hace que la vida humana sea consustancialmente confianza, fe. Así nos vinculamos a la realidad y a nosotros mismos. Romper el misterio es el origen del mal. El mal surge de intentar con poder lo que solo puedes conseguir con amor, dependiendo del otro, vulnerable e inseguro. El mal es tratar de atajar, cortar el nudo gordiano con la espada, dar un puñetazo sobre la mesa, comprar a los demás… Cuando el yo está herido, inseguro y amenazado, hace el mal. El yo que tiene la ambición de controlarlo todo, hace el mal. El yo no es ignorancia ni ausencia de bien, sino un acto afirmativo que no soporta el misterio del amor.

Así se interpreta mejor el mito de aquel árbol del Edén. No era el Árbol de la Ciencia (Adán y Eva sabían todo lo necesario para cuidar el Paraíso) ni el Árbol de la Libertad (hacían lo que querían), el Árbol del Poder (podían cuidar o destruir), el Árbol del Placer (ya disfrutaban y gozaban), ni el Árbol de la Autonomía (cada uno comió porque así lo decidió). Era el Árbol del Misterio: el misterio del otro, un árbol que era tan de Dios como un diario secreto, una carta íntima o lo más íntimo del yo del otro. Comer la fruta prohibida era violar la alteridad de Dios, anular su misterio para dominarlo.  En vez de revelar el misterio, lo devoramos. Lo extraemos, lo poseemos y nos lo tragamos. Y extendemos el mal invitando a otros a hacer lo mismo porque tampoco nosotros queremos seguir siendo un misterio, no lo soportamos, no aguantamos ser vulnerables.

Por eso es tan esencial saber vivir con la vulnerabilidad y tan importante la lección vital que nos da esta pandemia.

Mística o magia

La fe es vínculo y el mal es cortar los cabos que nos unen a los otros, no vivir de la confianza. La mística es la unión en el misterio. Al misterio no le podemos domar, en el misterio nos entregamos. A veces se piensa que la magia es el modo de relacionarse con el misterio. Todo lo contrario: la magia quiere anular el misterio. La magia es un toma y daca, aula el misterio, compra la libertad del otro. La magia es del orden del poder. El misterio es del orden del no-poder, el orden del amor. Harry Potter, Gandalf y Merlín fueron buenos magos porque supieron que en último término todo depende solo del amor, que no es magia, sino don. Caín hacía magia, Abel era místico. La economía mágica quiere poseerlo todo, la economía del don hace de todo un bien común.

Lo que nos relaciona más íntimamente con el misterio es, lógicamente, la mística. La mística une, integra, sana y pacifica, lleva al éxtasis y plenifica, da luz, placer, alegría y confianza, es la mayor belleza, nos lleva a servir y da bondad, es pequeña y es ternura, es íntima y nos eleva al firmamento, da seguridad en que nunca se separará, nos revela el Principio y Fundamento de la vida… No poseyendo, sino poseyendo. No prevaleciendo, sino sirviendo. La entrega y comunión no agota, sino que multiplica hasta el infinito. El mal siempre tiene medida, solo el amor es desmedido. La mística no nos hace ignorantes ni irracionales, sino que es la aventura de vivir sabiendo y saber vivir.

Al virus no se le mata con magia, no se puede pactar con él. Con la naturaleza no se puede hacer magia y con Dios menos. Solo la mística es la respuesta sanadora, preventiva y plenamente humana a la pandemia. Una mística que nos reconcilia y une a la Naturaleza –incluso para retornar nuestro cuerpo a la Tierra, que es devolución y don–, a todos los seres humanos del ayer, el hoy y el mañana, a todo el cosmos y a Dios. En la mística no nos disolvemos ni hacemos sumisos, sino que en su seno recibimos gratuita y asombrosamente lo esencial de cada uno, lo que nos hace únicos. La mística es el jardín del Cantar de los cantares, la magia es la báscula del Mercader de Venecia. La magia nos pone precio y estandariza, la mística nos hace amados y únicos. En la magia se nos numera y en la mística se nos nombra.

Llegaremos al fondo de esta experiencia de la pandemia cuando miremos al mal cara a cara, y elijamos conscientes y libres, como Abraham –con nuestro nombre propio–, salir desnudos a la aventura del no-poder.