Fernando Vidal, sociólogo, bloguero A su imagen
Director de la Cátedra Amoris Laetitia y director del Instituto Universitario de la Familia, de la Universidad Pontificia Comillas

Diario del coronavirus 41: la balsa de la medusa


Compartir

Toda la humanidad es un solo barco, pero ante este naufragio que supone la pandemia tenemos muy diferentes barcas de salvamento. Algunos tienen naves de lujo, otros se salvan en barcazas VIPS, otros van en barcas de clase media, barcas de barrio, y así hasta que los más pobres solo tienen balsas maltrechas sobre las que apenas pueden flotar.



Ayer declaraba el jesuita Arturo Sosa –padre general de la Compañía de Jesús– en la revista del Centro Gumilla de Venezuela: “No podemos ser ingenuamente optimistas ni pensar que la pandemia automáticamente nos une. La humanidad está en la misma tormenta, pero no todos en el mismo barco. Los más pobres resultan los más afectados. Depende en la barca en que vayas”…

La verdadera historia de la fragata Medusa

Me recordó aquella historia de la Balsa de la Medusa, sucedida en 1816. La Medusa era fragata francesa que fue enviada a Senegal en el siglo XIX para relanzar las ansias imperiales de Francia tras la derrota napoleónica y recolonizar África. Había una estricta división de clases dentro del buque. La familia del gobernador ocupaba la mitad de los camarotes. La otra mitad era ocupada por la elite de la colonia. Los soldados y los profesionales, obreros y campesinos dormían en la bodega y la cubierta. En total, 250 personas.

JEAN_LOUIS_THEODORE_GERICAULT_La_Balsa_de_la_Medusa_(Museo_del_Louvre_1818-19

El Ministro de Marina nombró capitán a un aristócrata (Chaumareys) sin cualificación para desempeñar tal responsabilidad y dejó pilotar a uno de los políticos (Richefort) de la corte del gobernador, que carecía de conocimientos para hacerlo, pero tenía suficiente arrogancia asumirlo. Por culpa de una mala maniobra que hizo el político perdió la vida el hijo pequeño de un obrero al pasar frente a la gallega Costa de la Muerte, pero Richefort, que no sabía cómo hacer para rescatar al niño, impuso que se del dejara morir. El desastre mayor llegó cuando el político –que se negó a escuchar a los marinos de la tripulación– encalló el buque en los arenales submarinos (Arenales de Arguin) a larga distancia de la costa de Senegal. Encallaron y comenzaron a hundirse lentamente.

El buque llevaba suficientes barcas de salvamento para todos –cada una para cincuenta personas–, pero una de ellas fue ocupada por el gobernador, su mujer, su hija, todas sus posesiones y los remeros. El gobernador fue descendido a la barcaza sentado en un gran sillón de terciopelo rojo entre honores.

En la segunda barca se metieron el capitán, sus mandos y soldados escogidos para poder defender al gobernador. En la tercera barcaza entraron cincuenta pasajeros distinguidos y en la cuarta, otros cincuenta con categoría social suficiente para merecer una plaza. Más de un centenar se quedaron sin lugar.

Abandonados

Al verse abandonados en pleno océano y con la fragata hundiéndose en la arena, hubo una rebelión y algunos intentaron alcanzar las barcas nadando, pero los soldados les dispararon y mataron. Los abandonados negociaron y el gobernador aceptó que las barcazas remolcaran una balsa que los carpinteros hicieran rápidamente con maderamen de la fragata. Todos los hombres se pusieron a la obra para salvarse a ellos mismos y sus familias. La balsa se hundía y les cubría por la rodilla, estaba tan hacinada con aquel centenar de náufragos que tenían que agarrarse unos a otros para no caerse al agua.

Ataron cabos a la balsa y la arrastraron para tratar de alcanzar la costa, pero al ver que tardaban mucho, la barca del gobernador se impacientó y ordenó cortar el cabo. Sus cortesanos hicieron lo mismo y las demás barcas fueron cortando uno a uno todos los cabos hasta que la última tuvo miedo de que los de la balsa tiraran de ellos y asaltaran la barcaza, así que también cortaron el último cabo.

La balsa fue arrastrada mar adentro y la situación de extrema angustia a que llegaron es lo que Thédore Géricault pintó en su cuadro la Balsa de la Medusa, en la que murieron la mayoría hasta que tan solo quince los supervivientes fueron rescatados. Estuvieron diez días a la deriva sin alimento ni agua dulce. Casi todos fueron momentos de horror, aunque también hubo solidaridad, belleza y milagros como cuando una bandada de peces voladores se arrojó contra la superficie de la balsa y pudieron comérselos.

Hospitalizados, la mayoría murió y los testigos supervivientes fueron perseguidos por la policía del Estado para que no denunciaran lo ocurrido. Uno publicó su testimonio. Géricault encontró a dos de ellos como personas sin hogar en las calles de París y los alojó en su propia casa para que le contaran todo lo ocurrido y le ayudaran a reproducir el cuadro con la mayor fidelidad. Todo esto es rigurosamente histórico y nos ofrece una gran metáfora de lo que sucede hoy en el mundo.

La Balsa del Coronavirus

La Balsa de la Medusa es una gran metáfora que permite interpretar muy bien la realidad. Los altos poderes del mundo sobreexplotan los ecosistemas y trafican con especies salvajes que, finalmente, desatan el coronavirus. A la vez, se benefician de las desigualdades sanitarias, roban al patrimonio público y encima viven en sus confinamientos de lujo, con la máxima protección. Causan el naufragio y van cómodos en sus naves de salvamento. Saben mucho de enriquecerse, pero no son buenos profesionales de la sostenibilidad. Es la torpeza de los clientelismos, la arrogancia de quien se cree superior y la necesidad de la avaricia los que llevan al naufragio. Tenemos un 1% rico que es parasitario del resto de la sociedad, no está dispuesto ni siquiera a la simbiosis. Es una desigualdad parasitaria, no una desigualdad simbiótica. Al final, lleva a la perdición de la mayoría. Al final, las mayorías son dejadas a su suerte. Cuando llega el naufragio -sea la crisis económica del 2008 o la pandemia del 2020-, cortan los cabos que aparentemente los unían a la gran humanidad y se van a sus islas, yates y aviones privados.

Todo podría ser otra historia para la gente de la Medusa. No había que recolonizar África, no había que poner un capitán incompetente, no había que dejar pilotar a quienes no están preparados, no había que correr riesgos inútiles, no había que dejar atrás a ninguna víctima (el niño de la Costa de la Muerte), había que evitar los peligros, había que solidarizarse todos cuando llegó la catástrofe, no había que dejar lo peor para los más pobres ni cortar los vínculos que nos unen a ellos, ni abandonar a los más vulnerables, se tenía que haber enviado un barco de rescate y no se tenía que haber perseguido a los supervivientes que podían ser testigos. Cada uno podemos ir haciendo la traslación de la metáfora a la realidad que sufrimos.

Efectivamente, la humanidad navega en un mismo barco que es el planeta Tierra, pero los que verdaderamente pilotan son solo unos pocos y en cuanto aparecen las dificultades, como en el Titanic, es determinante ser de primera, segunda o tercera. Mañana contaremos cómo viven la cuarentena los de primera, no os lo perdáis. Mientras, vayamos pensando ¿qué podía haber hecho la gente común de la Medusa? Ahí está el quid de la cuestión.