Fernando Vidal, sociólogo, bloguero A su imagen
Director de la Cátedra Amoris Laetitia y director del Instituto Universitario de la Familia, de la Universidad Pontificia Comillas

Diario del coronavirus 32: misofobia social


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La distancia social, el confinamiento, el lavado de manos, la desinfección con lejía de todo lo que entra en casa, la desinfección, las unidades de protección sanitaria, las mascarillas, máscaras y demás medidas han sido vitales para luchar contra el coronavirus, pero ¿hasta dónde tiene que llegar la precaución? ¿Es posible que toda nuestra sociedad adquiera el Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC) de Contaminación, la Misofobia? Puede llevarnos al miedo y obsesión porque todo te pueda contaminar. ¿No conducirá a mayor aporofobia y a una nueva idea de “limpieza social”? Ya era uno de los TOC más frecuentes, pero la obsesión se va multiplicar.



¿Meternos miedo?

Hay una industria de la seguridad que nos mete miedo cada mañana con publicidad que exagera la cantidad de robos y crímenes que hay. Mete miedo para que paguemos alarmas y vigilancias. ¿Se creará un exceso de miedo a los gérmenes (virus, bacterias, hongos y protozoos)? ¿Nos llevará a ser una sociedad más saludable? ¿Nos hará temer a lo que de verdad nos mata? ¿Nos venderán más cosas (robots, ropa, pulseras, aplicaciones, seguros, etc.) para protegernos de los virus? ¿Nos despertaremos cada mañana con nuevos anuncios que den más miedo?

Esta pandemia quizás no solo conlleve a la precaución de ir por la vida no tocando nada, sino a la exigencia de altas medidas de seguridad sanitaria y en la precaución contra el contacto con los demás. ¿Tomaremos monedas con la misma tranquilidad? Es posible que volvamos a abrazar a nuestros amigos, pero ¿aceptaremos cenar tan cerca de otros en algunos restaurantes? ¿Soportaremos ir pegados a desconocidos cuando nos hacinamos en los medios de transporte? ¿Respiraremos tranquilo la respiración de los demás en los trenes, aviones, autobuses u oficinas con sistemas cerrados de ventilación? De repente los edificios inteligentes sin ventanas se han convertido en trampas. Ya lo eran, pero no le dábamos importancia.

El trastorno de la misofobia

La misofobia es el miedo patológico a la suciedad y contaminación (el griego ‘mysos’ significa contaminación). También llamada bacilofobia, bacteriofobia o germofobia. La misofobia es un trastorno frecuente que se piensa afecta a un 0,8% de la población española, pero la mitad no es consciente de ello. Limpieza compulsiva, rechazo de superficies tocadas por otros, repugnancia ante olores corporales, escrúpulos ante ropa u objetos usados, son algunos de sus signos característicos. En los padecimientos extremos puede llevar a lavarse dos veces las manos por minuto, evitar que sus familiares se acerquen ni toquen por temor a ser contaminados o el aislamiento social. La misofobia puede dar lugar a la sociofobia, el pánico a la relación con otros.

En países como reino Unido afecta al 3% de los niños. La BBC relataba en 2010 el caso de un niño británico que lavaba sus manos hasta que le comenzaban a sangrar, sentía pavor ante el agua corriente incluso para ducharse y no usaba ningún retrete público. Es un trastorno que se cura, pero deja huella. En Japón se llama la Enfermedad de la Pulcritud –’Keppeki-sho’– y está muy extendida. Todos hemos visto a grupos de japoneses visitando nuestras ciudades con mascarillas. Para evitar que los niños japoneses padezcan misofobia, hay programas preventivos que los llevan a granjas para que se relacionen con los animales, las plantas y la naturaleza. El problema es que la obsesión por la eliminación absoluta de gérmenes y a crear espacios totalmente neutralizados conduce a que seamos cuerpos sin desarrollo inmunológico. Hay un exceso de higienización que lleva a que seamos más vulnerables y más dependientes de toda la industria que vive de ello.

El gigante egoísta

La misofobia fue descrita por primera vez por William Hammond en 1879 y quizás el más famoso caso haya sido el del multimillonario Howard Hughes, famoso por aquella frase: “Puedo comprar a todos los hombres del mundo: toda persona tiene su precio”. Fabricó el mayor hidroavión del mundo, fue el primer billonario del mundo, tuvo amoríos con las más hermosas estrellas del cine como Hepburn, Gardner, Havilland, Rita Hayworth, Taylor, etc. (posiblemente hoy hubiera sido juzgado y condenado como Weinstein) y voló más rápido que nadie de su tiempo (redujo a 7 horas 28 minutos la distancia aérea entre América y Europa). Lo tuvo todo, pero –heredada de su madre– padeció de forma progresivamente aguda la misofobia hasta que le aisló de todo, de todos y casi hasta de sí mismo. Acabó viviendo en una burbuja en un lujoso hotel de Managua, aislado completamente del mundo y rodeado de medidas extremas de seguridad. Lamentablemente, falleció de una infección. Toda vida tiene un precio según Hugues, pero parece que él no pudo pagar lo que valía la suya. Murió de riqueza y esto parece un cuento de Oscar Wilde. Los gérmenes que los niños nicaragüenses soportaban en las calles, a él le mataron. Haberse hecho totalmente pobre le hubiera inmunizado más que vivir encerrado en su burbuja de oro.

¿Se convertirá Occidente en un Howard Hughes colectivo? La misofobia suele derivar en sociofobia, pero sobre todo en mayor aporofobia: se sospechará más de los países pobres, de los barrios desfavorecidos, de las familias pobres, de las personas sin hogar, de los migrantes y refugiados, de todos los que tengan trabajos manuales, de todo aquel del que se sospeche que no está estandarizado según los nuevos cánones de limpieza social.

La contaminación mata más que los abrazos

Lavarnos bien las manos y con frecuencia, ha salvado vidas. Ha hecho que todos seamos más prudentes e higiénicos. Ha elevado nuestra conciencia sobre la salud y los peligros evitables que se ciernen sobre ella. Nos hemos vuelto escrupulosos con lo que tocamos y a quién tocamos. Pero la mayoría de la humanidad vivimos respirando la nube tóxica en que están inmersas nuestras ciudades. Pese a que el 2 de enero de 2020 la presidenta de una región europea como Madrid dijo que “nadie ha muerto por contaminación atmosférica”, todas las evidencias apuntan en la dirección contraria. ¿Qué política medioambiental se puede esperar de un gobierno que cree que la contaminación no mata? Afortunadamente, fue solo un comentario inconsistente y superficial, meramente ideológico, no la política real que se pretende. Y menos mal, porque, según la directora de Medio Ambiente de la Organización Mundial de la Salud, hay más de 70.000 publicaciones científicas en los últimos 30 años que demuestran lo contrario.

El Informe 2019 de Calidad del Aire en el Mundo realizado por IQAir –compañía suiza especializada en descontaminación del aire– señala que el 90% de la población mundial respira aire inseguro y causa 7 millones de muertes anuales en el mundo. Los mayores niveles del mundo se encuentran en Asia: China, Corea del Sur, India, Pakistán y Sudeste de Asia. No obstante, es difícil de medir por la falta de datos en grandes zonas. Por ejemplo, en todo el continente africano hay menos de 100 estaciones de medición.

Según la revista científica The Lancet, la contaminación de aire, agua y suelo es causa directa de la muerte de nueve millones de personas cada año, más que lo que matan las guerras, la malaria o el SIDA. Japón y Estados Unidos encabezan la lista de países en los que la polución mata más.

El misófobo Trump

Precisamente el actual presidente de nuestros amados Estados Unidos, Donald Trump, declaró que padece misofobia. Afirmó que nunca daría la mano a un maestro de escuela porque cree que en sus mesas hay más de 26 millones de gérmenes por metro cuadrado. Esa razón le lleva, según él, a ser muy selectivo con los restaurantes donde come y trata de ir solo a aquellos que le ofrecen mayor seguridad alimentaria, lo cual incluye a los de comida rápida. Hay muchos estudios sobre este modelo de restaurante de comida muy rápida, muy simple, muy barata y salarios igual de bajos a sus trabajadores. En 2006, una investigación de la Universidad del Sur de Florida halló que el 70% de las muestras de hielo tomadas en cadenas de comida rápida estaban más sucios que el agua de retrete. En 2010, otra investigación de la Universidad el Oeste de Virginia y la Universidad Hollins, también de Virginia, midieron que el 48% de los dispensadores de bebida de los restaurantes de Fast Food de Estados Unidos tenían una tasa excesiva de bacterias fecales coliformes (White et al. lo publicaron en el International Journal of Food Microbiology). Todavía no sabemos que Trump haya querido levantar un muro contra todos estos gérmenes, solamente contra canadienses y el resto de los americanos.

Evitar la histeria social

La histeria sucede cuando alguien no es capaz de asumir un conflicto y deriva su manifestación en otra cosa que no tiene nada que ver. En la histeria social pasa lo mismo: no se va a las claves del conflicto, sino que se va a otras cosas que no tienen nada que ver. Es el caso del chivo expiatorio. También en esta lucha contra las pandemias, corremos el riesgo de caer en la histeria social: dirigirnos a cosas secundaria o a otras que no tienen nada que ver, porque no somos capaces de afrontar las cuestiones esenciales.

Es probable que la pandemia de coronavirus eleve la demanda de salud de la población. Sería una de las mejores enseñanzas que podamos aprender. Si somos racionales, eso se traducirá en una mayor inversión en salud en nuestro país y en el desarrollo de la salud de todo el planeta –especialmente allí donde corre mayor riesgo–, en cortar de raíz el tráfico de especies y la destrucción de ecosistemas, en reducir drásticamente la contaminación o en comer mejor y en restaurantes donde se explote menos a la gente. Una vida más sana, una vida más esencial.