Fernando Vidal, sociólogo, bloguero A su imagen
Director de la Cátedra Amoris Laetitia y director del Instituto Universitario de la Familia, de la Universidad Pontificia Comillas

Diario del coronavirus 27: desaparecidos


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A ver, hoy no sé por dónde empezar. Yo iba a escribir sobre Tomás Fraile, el padre de mi amiga y hermana Gema, que ha fallecido ayer y que tampoco podemos acompañarla. El Covid-19 es un monstruo que va haciendo desaparecer personas aquí y allá, los hace desaparecer. El patrón se repite. “Se llevan a tu marido en una ambulancia y diez días después te dicen que está muerto”, decía ayer una viuda a un buen amigo cura que está gran parte del día consolando a gente por teléfono. Los números son tan masivos es difícil sentir que tu propio familiar es sobre todo un número. Hoy hemos visto las fotos del interior del Palacio de Hielo de Madrid, con las largas filas de ataúdes esperando sobre la pista el momento en que puedan ser llevados al tanatorio. Otra persona nos decía: “No sé realmente a quién enterré. Me dijeron que era mi padre, pero no lo sé, no sé a quién enterré”. Otra amiga me decía que sus suegros vieron cómo se les moría el vecino de arriba y el de abajo se lo llevaron al hospital.



Es verdad que la mayoría de infectados se salva, que hay muchas recuperaciones, pero no podemos cegarnos con un falso optimismo ni resignación que nos haga perder la escala de la mortandad que se está cebando sobre nuestro mundo.

Es tal la cantidad de muertos diarios en Madrid –por no hablar de los 85.000 del planeta–, que perdemos la escala de lo que está ocurriendo. En Japón han declarado ayer el estado de alarma y confinamiento y tienen 93 muertos por coronavirus desde comienzos de enero. Muchos menos de la mitad de nuestra ciudad diarios. Ayer en Madrid hubo 215 víctimas del coronavirus y no se están contando todos, sino aquellos a los que se hace la prueba. Con seguridad, hay muchos más fallecidos por coronavirus de los que se están contabilizando y ahí hay una injusticia.

Alemania y Francia no están contabilizando a los ancianos que mueren en sus viviendas o en residencias. Algunas comunidades autónomas españolas han reconocido que no se está contabilizando a todos los posibles fallecidos por coronavirus. El Tribunal Superior de Justicia de Castilla-La Mancha ha declarado ayer que la cifra en dicha región podría ser el doble de la que se reconoce y denuncia irregularidad en la contabilidad. Las diferentes autonomías no siguen el mismo proceso estandarizado de conteo. La crisis de este modelo de descentralización es de tal envergadura que esta crisis debería llevara una reforma constitucional para diseñar un modelo en el que no sean posible barbaridades como estas si es que queremos seguir siendo un país.

Decisiones políticas

Esas contabilidades no son decisiones científicas sanitarias, sino decisiones de política sanitaria o, directamente, decisiones de política y reputación pública. ¿Se trata de ocultar a la población el verdadero impacto de la catástrofe? ¿Se trata de reducir el miedo social? ¿Los gobiernos tratan de protegerse de la ira popular? ¿Se trata de defender el prestigio internacional de los países? ¿Se están ocultando víctimas como si fuera una guerra y no se quieren reconocer los caídos? ¿Cuántos han desaparecido sin ser contados como bajas de coronavirus?

No reconocer a los muertos por coronavirus, los saca de las estadísticas, pero también se les niega un reconocimiento. Se les hace desaparecer doblemente. Las personas fallecidas por coronavirus no son solo muertos y víctimas, sino que cada vez se configuran más como desaparecidos.

El impacto de las cifras tiende a hacernos menos sensibles en cuanto se reducen. El 28 de marzo llegamos a 345 muertos por Covid-19 en Madrid –uno cada 4 minutos– y diez días después hemos descendido a 215. Tenemos tantas ganas de que pase toda esta pesadilla, que comenzamos a ver esos muertos como un número. Nos vemos obligados a recurrir a esas claves para tomar conciencia: es una persona cada menos de 7 minutos, es un solo día más de los que han caído en Corea del Sur (200) desde el comienzo de la epidemia. Parece que solo cuando nos cae cerca nos da una sacudida y nos damos cuenta de que es muerte y cada persona es un drama único.

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La necesidad sanitaria de no velar ni juntarnos ni celebrar funerales y memoriales, hace que las personas desaparezcan. Mueren, pero en gran parte es un robo, es una desaparición en la que no hemos podido llamar por su nombre completo a la persona, no hemos podido parar a considerar el completo valor de su vida singular, no hemos rendido suficiente honor ni apenas dedicarle todo el duelo que merece. Es un duelo colectivo, masivo, agregado.

Por eso hoy quería recordar al menos en este humilde diario a Tomás Fraile, cuya vida se justifica ya solo por habernos regalado a su hija, que formó parte de una historia en la que se pudo decir en el mundo que el amor es incondicional, que somos amados cada uno por sí mismo. Todavía lo recuerdo orgulloso en la boda de su hija y siempre afable con los amigos. Necesito parar y dar gracias por su vida, por habernos dado a Gema.

Veo el mundo en estos días y creo que seguimos yendo demasiado rápidos, que el hiperactivismo de la vida libre ha sido sustituido por otro hiperactivismo. No se puede seguir trabajando igual en donde no hay servicios esenciales, no se puede presionar a la gente para que sigan como si no pasara nada. Debemos parar. Este país está en duelo nacional desde hace semanas. No vale con un acto final de duelo colectivo a las decenas de miles de muertos en nuestro país. Es preciso que cada día dediquemos un tiempo al duelo. Porque si no, estaremos acentuando ese fenómeno de los desaparecidos.

De todo esto iba a hablaros cuando me llamaron y me dijeron que mi hermana, enfermera en Inglaterra, tiene coronavirus.