Durante un mes el mundo pareció respirar al mismo ritmo. Las conversaciones comenzaron todos los días con el partido de la tarde anterior, las agendas se organizaron alrededor de los horarios de los encuentros. En aeropuertos, plazas, supermercados, restaurantes y salas de espera siempre había una pantalla encendida. Incluso quienes decían no interesarse por el fútbol terminaron preguntando cómo iba su selección o quién había ganado el partido.
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Y, de pronto, todo terminó. La Copa ya tiene dueño, los estadios quedaron vacíos, las cámaras dejaron de buscar lágrimas y abrazos, las camisetas regresaron al clóset, las redes sociales cambiaron de tema y la vida siguió.
Siempre me ha parecido curioso ese silencio que queda después de un Mundial. No es de tristeza, es algo distinto. Es la sensación de que una historia compartida ha llegado a su fin y quizá por eso, el día después del Mundial, dice tanto de nosotros. Porque durante unas semanas ocurrió algo que pocas cosas consiguen en nuestro tiempo: millones de personas miraron en la misma dirección. Personas de culturas, idiomas, religiones e ideologías distintas compartieron conversaciones, emociones, expectativas y hasta nervios. Nos descubrimos capaces de sufrir por alguien que nunca conoceremos y de alegrarnos con un gol celebrado al otro lado del planeta.
Vivimos una experiencia de pertenencia y eso revela algo profundamente humano. Con frecuencia pensamos que la mayor necesidad de nuestro tiempo es la información, o la tecnología o la eficiencia y sin embargo, el Mundial nos recordó otra cosa: seguimos teniendo hambre de sentir que formamos parte de una historia más grande que nosotros mismos.
Tal vez por eso necesitamos los rituales: ponernos una camiseta, cantar un himno, esperar el silbatazo inicial, celebrar un gol abrazando a desconocidos, etc. Hay quien mira estas escenas con cierta ironía, yo prefiero ver en ellas una intuición mucho más profunda: el ser humano continúa necesitando signos que le recuerden que no está solo. Eso lo constaté en mi paso como gerente deportivo de un club profesional de futbol.
Por otro lado, hay un problema: muchas veces sólo encontramos esa experiencia durante acontecimientos extraordinarios y después volvemos a encerrarnos en nuestras prisas, nuestras pantallas y nuestros pequeños mundos. Y eso debe cambiar.
Tal vez por eso el Mundial fue mucho más que un campeonato. Fue un recordatorio de lo que todavía somos capaces de vivir cuando algo nos reúne: emocionarnos juntos, esperar juntos, celebrar juntos. La pregunta es si necesitamos que llegue otro Mundial para volver a experimentar todo eso, o si seremos capaces de construir comunidades, familias, parroquias, ciudades y países donde esa fraternidad no dependa de un calendario deportivo. Porque aunque las luces del estadio siempre terminan apagándose, la necesidad humana de pertenecer, de esperar y de caminar con otros permanece. Y quizá sea precisamente ahí, en ese deseo que sobrevive incluso al último silbatazo, donde se esconde una de las huellas más discretas, y más hermosas, de Dios.
Lo que vi esta semana
A un dignísimo campeón del mundo: España.
La palabra que me sostiene
“Que todos sean uno, para que el mundo crea”. (Juan 17,21)
En voz baja
Quizá no extrañaremos solamente los partidos. Quizá extrañaremos haber tenido, durante unas semanas, algo que esperar juntos.
