Trinidad Ried
Presidenta de la Fundación Vínculo

Cuaresma: tránsito hacia la luz


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Hace poco iniciamos como Iglesia el tiempo de Cuaresma: cuarenta días de preparación para disponernos a la luz de la Resurrección y permitir que esa luz transforme nuestra vida y se irradie a nuestro alrededor. Sin embargo, el camino hacia la claridad comienza reconociendo nuestra propia oscuridad. Solo descendiendo a nuestros infiernos interiores, gustando el polvo de nuestras cenizas, podemos ascender renovados y “resucitar” de verdad.



Como plantea Carl Jung, en cada persona habita una sombra: aspectos no aceptados, no integrados o no redimidos, que muchas veces quedaron ocultos para protegernos del dolor. Para sobrevivir, el inconsciente suele revestirse de máscaras que adoptan distintas formas según las circunstancias. Podemos movernos entre tres papeles conocidos: víctima, villano o héroe. Es el llamado triángulo dramático, una manera reactiva de responder al sufrimiento.

El riesgo de quedarse atrapados

En esos personajes olvidamos con facilidad que somos hijos amados de Dios. La sombra, cuando no es reconocida, distorsiona nuestra identidad y nos hace dudar de nuestra dignidad. En momentos de incertidumbre, soledad o adversidad, estas máscaras pueden tomar el control. Todos hemos sido víctimas de injusticias, pérdidas o heridas. Reconocerlo es sano; instalarse allí termina asfixiando. La identidad de víctima permanente nos hunde en un pantano que paraliza.

También hemos sido villanos alguna vez: hemos herido, fallado o actuado desde el ego. Permanecer en esa versión nos convierte en pequeños “hoyos negros” que consumen la propia energía y la de los demás. Y en otras ocasiones hemos sido héroes, creyéndonos salvadores imprescindibles. Esa máscara, cuando se absolutiza, conduce a la soberbia y al agotamiento. Ninguna de estas identidades agota lo que somos.

Tiempo de desenmascarar

La Cuaresma se nos ofrece como un espacio privilegiado para mirar de frente estas sombras e integrarlas a la luz de Dios. El ayuno puede adquirir entonces un sentido más profundo: dejar de alimentar las caretas del ego y abstenernos de identificarnos con aquello que no expresa nuestro ser verdadero. Somos más que nuestras heridas. Cada persona es un universo de dones, colores y posibilidades; una expresión única del Amor que busca encarnarse en el mundo.

Una mujer recibe imposición de la ceniza durante la celebración del Miércoles de Ceniza, en La

Vivir desde el ego herido reduce nuestra existencia a tonos grises, y todo lo que hacemos o creamos termina bebiendo de esas aguas turbias. Cristo, en cambio, nos promete agua viva y eterna: una vida abundante, luminosa, fecunda y gozosa que alabe al Creador. Podemos acceder a una fuente inagotable para colaborar en la construcción de un mundo más humano y esperanzado. La Resurrección no es solo un acontecimiento futuro; es un proceso interior que comienza cuando permitimos que la luz entre en nuestras zonas más sombrías y nos devuelva la profundidad y el color.

¿Cómo “resucitar”?

Habitamos una cultura ruidosa, acelerada y muchas veces desconfiada. Ir contracorriente requiere prácticas concretas: cultivar el silencio, la oración, la fraternidad, el contacto con la naturaleza, la cercanía con los más necesitados, la vida sacramental y también el ocio contemplativo, como recuerda Byung-Chul Han.

Asumir la sombra no la engrandece; la ilumina. Cuando reconocemos nuestras zonas oscuras, descubrimos que en el centro permanece un núcleo espiritual intacto: un alma llamada a transparentar algo del amor de Dios. No importa cuán densa parezca la oscuridad personal o social. Una pequeña llama basta para comenzar a disiparla. Que esta Cuaresma nos encuentre dispuestos a encenderla.