Cuando “no hay partido”


En un alto porcentaje de pacientes oncológicos, el diagnóstico se realiza en un estadío de la enfermedad tan avanzado que no existe ningún tratamiento que se pueda aplicar, salvo el paliativo. Utilizando una expresión que casi todo el mundo entiende, “no hay partido”. El compañero indeseado de camino –otra metáfora que empleo de forma habitual– nos llevará a un lugar al que no hubiésemos querido ir todavía.



Por fortuna, gracias a los avances diagnósticos y a las técnicas de cribado, el porcentaje de casos que llegan al hospital demasiado tarde ha disminuido en las últimas décadas (aunque empeoró en la época de la pandemia); hay que tener en cuenta que, cuando yo era estudiante de medicina, a finales de los 70, era del 80% en algunos cánceres, como el de pulmón.

Alargar la supervivencia

En otros casos y tipos de tumores no podemos ofrecer un tratamiento curativo, pero sí alargar la supervivencia con una relativa buena calidad de vida. Podemos ofrecer “comprar tiempo” en las mejores condiciones posibles. Dependerá de un diálogo entre médico y paciente/familiares, porque hay que encontrar el equilibrio entre supervivencia y sufrimientos e incomodidades de, por ejemplo, una quimioterapia que quizás deba ser de por vida. Nunca es sencillo.

Cuando solo podemos ofrecer la paliación de síntomas, es más que nunca necesario que paciente y familia no se sientan y no sean abandonados. Por desgracia, los equipos de cuidados paliativos no suelen disponer de medios ni recursos para estar disponibles de forma permanente, siquiera por teléfono, y esto condiciona sufrimientos y traslados al hospital.

Médico general

Si se dedicasen a cuidados paliativos los recursos encaminados a promover la eutanasia, el aborto y varios otros numerosos derroches, no les quepa duda de que los equipos funcionarían mejor y se acompañaría mejor en la difícil etapa final de la vida, cuando más necesario es el apoyo y la presencia.

Eso no supone que abandonemos o nos retiremos

Cuando me veo obligado a explicar a un paciente y una familia que no podemos ofrecer ningún tratamiento curativo ni que alargue la supervivencia, intento dejar claro que eso no supone que abandonemos o nos retiremos; antes bien, transmito que nos tendrán a su lado en cualquier necesidad que pueda surgir, al menos mientras estén en el hospital. Por desgracia, no puedo asegurar lo mismo cuando estén en el domicilio.

Recen por los enfermos, por quienes les cuidamos, y por este país, que por segunda vez en pocos meses tiene que llorar y enterrar a decenas de muertos en una nueva tragedia ferroviaria. ¿Hasta cuándo habrá que lamentar muertos y heridos causados por asociar soberbia e incompetencia? ¿Hasta cuándo soportar que un hatajo de desalmados deje tras de sí un erial, teñido de sangre y de dolor?