Lo he comentado en otras ocasiones: por mi profesión, convivo a diario con la muerte. Los médicos que trabajamos en hospitalización de adultos hemos integrado como parte de nuestra praxis el ayudar a bien morir, a que el tránsito sea lo menos traumático posible para el paciente y su familia. No suele ser difícil en el caso de personas ancianas. Cuesta mucho más cuando quien muere es una persona joven.
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Además, por mi edad, ya superados los 65, he tenido pérdidas en mi entorno cercano. Murieron mis padres de muerte natural; he tenido tiempo y oportunidad de agradecer en múltiples ocasiones su vida, de la que tanto aprendí: como persona, español, ciudadano, trabajador, cristiano. En todas esas facetas me enseñaron y ayudaron a ser como soy.
Más entierros que bodas
También hemos perdido a otros miembros de la familia, y ahora es raro el encuentro familiar o de amigos en que no se mencione que ha muerto algún conocido; cada vez más, nos encontramos en funerales y entierros, y menos en bodas. Ambas son parte de la vida… Eventos jubilosos unos, tristes otros.
He aprendido que la muerte es la forma natural de terminar la vida, y el roce continuo con ella me lleva a considerar mi propia finitud. Al igual que los pacientes a quienes atiendo, mi muerte llegará antes o después, y conviene estar preparado. Puede esperarme en una salida en bicicleta, o en un viaje que iba a ser de placer, o en un trayecto ferroviario de rutina (mientras escribo, los equipos de rescate continúan buscando cadáveres entre los hierros de los trenes accidentados en Adamuz). Nunca sabes cuándo puede acontecer.
Me ayudó en gran manera una reflexión de María López Vigil, la teóloga cubano-nicaragüense. Para ella, la pregunta fundamental no era ¿habrá vida después de la muerte?, sino ¿habrá vida para tantos antes de la muerte? Siguiendo con esta reflexión, también me ayuda tener en cuenta una afirmación de san Ireneo: “La gloria de Dios es el hombre que vive”. Reflexión que monseñor Romero reformuló así: “La gloria de Dios es el pobre que vive”.
Me necesitan y los necesito
Podríamos continuar con san Ireneo afirmando que, con nuestra vida, intentamos dar vida a otros, cuya propia vida es precaria o carece de lo básico. En mi caso, son los enfermos a quienes me dedico. Son las gentes con quienes convivo, consciente de que me necesitan y necesito de ellas, cada vez más a medida que el tiempo pasa y nuestras capacidades menguan y nuestras limitaciones físicas e intelectuales son cada vez mayores. Cada día encuentro a quién ayudar, cada día necesito más la ayuda de los demás.
Por eso, ya me preocupa menos qué pueda haber después de la muerte, y más qué hago antes de mi muerte. Intento dejar el pasado y el futuro en manos de Dios, y me concentro en vivir un presente que está cuajado de necesidades de otros y propias, de oportunidades de ayudar y de ser ayudado.
Estas son mis sencillas reflexiones de hoy, que comparto con ustedes. Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos.

