Jean Meyer, quizá el mejor estudioso de la llamada Cristiada, afirma: “El tres de agosto, hace 100 años, distintos pobladores del Bajío mexicano se levantaron en armas para ofrecer resistencia a la prohibición callista del culto católico. Sus testimonios y el análisis de lo ocurrido muestran que la Cristiada no fue solo una guerra de religión, sino un intento del gobierno por erradicar las raíces profundas del México rural“. (Letras Libres, agosto 2026).
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Recordemos que la guerra Cristera, llamada también guerra de los Cristeros o Cristiada, fue una contienda civil en México que se extendió tres años, del tres de agosto de 1926, al 21 de junio de 1929, entre el gobierno mexicano y milicias católicas que se resistían a la aplicación de la llamada Ley Calles, la cual afectaba directamente al culto católico, y produjo un conflicto que arrojó miles de muertos en ambos lados de la batalla -entre 150 y 250 mil, de los cuales 80 mil fueron combatientes y el resto civiles atrapados en el fuego- y que otorgó el calificativo de ‘mártires’ a los cristeros asesinados, los más famosos son el padre Miguel Agustín Pro y el adolescente José Sánchez del Río.
El evento no ha tenido una recepción uniforme en los análisis de las recientes diez décadas. Por una parte, la clerical, que califica el hecho como una muestra clara de la persecución religiosa, y exalta hasta el heroísmo a quienes dieron su vida por defender la fe católica. Del otro lado, se critica a los obispos de haber impulsado la suspensión del culto, y por signar el pacto de paz de 1929, a espaldas de los combatientes. En estos días del aniversario, leo dos pronunciamientos que ofrecen ópticas interesantes de lo sucedido.
Por una parte, los obispos mexicanos acaban de publicar el Mensaje a cien años de aquel 1926: El conflicto religioso en México. Es interesante leer lo que no conmemoran y aparece en el #4 del texto: “No conmemoramos una guerra ni celebramos una victoria; no exaltamos las armas ni idealizamos la violencia, de dondequiera que haya venido. No convocamos a la revancha, no alimentamos el resentimiento y no ponemos esta memoria al servicio de ningún proyecto político ni partidista”. Sin embargo, el título de su comunicado ha sido interpretado por críticos del episcopado como una provocación: Callaron las campanas de los templos. Habló su sangre.
Por otro lado, el colectivo Teología Latinoamericana: Volviendo al evangelio, formado en especial por laicos de América Latina, comparte un Pronunciamiento en torno al centenario cristero (hay que leerlo). Reproduzco solo un párrafo, en el que recuerdan la invitación que el papa León XIV hiciera al desarme en la ‘Magnifica humanitas’: “Hay que desarmar nuestro lenguaje, donde habitan los conceptos beligerantes y conflictivos; hay que desarmar nuestra manera de ver la religión, donde habitan las falsas creencias que condenan y rechazan al otro; hay que desarmar las estructuras de pecado, donde habita el clericalismo, el poder y el abuso de conciencia y sexual; y hay que desarmar las conciencias, donde habita la ceguera ideológica que impide abrirnos a las liberaciones del pueblo y a los procesos personales de liberación”.
Dos ópticas del mismo evento.
Pro-vocación
El secretario de Estado del Vaticano, Pietro Parolin, acaba de visitar México. Más allá de la rajada política que siempre se quiere hacer de estos eventos, me llamó la atención una solicitud del alto funcionario, quien pidió oraciones por las madres que buscan a sus hijos desaparecidos. Dijo en la Basílica de Guadalupe: “… el ejemplo del amor de madre resuena con especial fuerza aquí en México, donde tantas madres siguen buscando con firmeza y fe… Nada puede impedirles hacer todo lo posible por ayudar a sus hijos”. Bien por Parolin.
