¿Cómo hemos vivido la Pascua este 2021?


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La experiencia de una vigilia

Si bien san Agustín describía la celebración de esta noche como “la madre de todas las Santas Vigilias”, las circunstancias y adaptaciones a las que nos obligan las medidas sanitarias puede que hagan de la celebración de este año la más rara de todas las Vigilias. La simplificación de los ritos, la ausencia de contacto en estos días –por ejemplo en la adoración de la Cruz el Viernes Santo o en unos momentos en la Liturgia Bautismal– nos dejan un contacto más directo con la fuerza de la Palabra de Dios y la fuerza del anuncio de la Resurrección. Es aquí, precisamente en esta situación de pandemia e incertidumbre, donde los recuerdos de seres queridos a los que hemos tenido que despedir se nos agolpan… donde viene Cristo a resucitar.



Como a María la Magdalena, María la de Santiago y Salomé, también a nosotros nos ha sorprendido la noticia de la Resurrección con horarios cambiados, noticias inesperadas y tradiciones aún por escribir. Hace un año nos sorprendía confinados en casa, vivimos la noticia del sepulcro vacío encerrados por losas más difíciles de mover e, incluso, con el miedo paralizándonos como las mujeres que iban a embalsamar el cuerpo de Jesús cumplidos los preceptos judíos.

Hemos vivido una gran historia, llena de signos y promesas hasta celebrar la victoria del Resucitado. La celebración de la Vigilia Pascual de este año y las restricciones sanitarias nos permiten que podamos vivir con mayor atención la solemne Liturgia de la Palabra de esta noche santa. La experiencia de la Resurrección nos lleva a los creyentes a releer la historia buscando estos signos y promesas que superan nuestras expectativas al descubrir que realmente Dios camina a nuestro lado.

La hora

La creación de Dios nos une directamente con Él y nos coloca en el plan salvador de Dios. La fuerza de la vida que surge de la nada nos prepara para experimentar el mensaje de la resurrección. Pero el encuentro con Dios se vuelve frágil por nuestro pecado. Y es ahí donde nuevamente sale al encuentro.

Esto se refleja insistentemente en los anuncios de los profetas que resuenan en la Noche Santa por encima de las mascarillas. Isaías nos ha traslado al momento del exilio y como, en lo imposible, Dios se abre paso para acompañar a su pueblo infiel. La misericordia de Dios, la fidelidad a la palabra dada, se pone por encima de los rechazos y traiciones del pueblo. Por eso el profeta sigue anunciando y transmitiendo esperanza como baja la lluvia y la nueve desde el cielo, invitando continuamente al cambio de actitudes y de mentalidad. Baruc, desde la lejanía de Babilonia, invita a volver a propiciar el encuentro con Dios, frecuentando los caminos de la justicia, la paz y la libertad. En medio de las dificultades y con la situación en contra –mucho más que en nuestra pandemia–, Ezequiel nos abre a la esperanza que brota en medio de las ruinas y del desastre. Ahí, en lo más bajo, el pueblo puede descubrir la calidad y la profundidad del corazón misericordioso de Dios.

San Pablo nos ha preparado ha recibir la buena nueva. Cumpliéndose las escrituras, descubrimos que la promesa de Dios desborda nuestras previsiones y anhelos. Solo por el camino de la muerte, como Jesús, se abre una esperanza nueva y real para toda la humanidad. Este es el sentido del Bautismo cristiano, sumergirnos de llevo para salir renovados y experimentar ya en este mundo la fuera de la Resurrección de la que somos testigos en esta Pascua.

Un plan

Como Pedro, María la Magdalena, María la de Santiago y Salomé nosotros también acudimos al sepulcro vacío. Sabemos lo que es estar encerrados, pero también conocemos las promesas que nos esperan. Hace un año, a propósito de la fiesta de la Pascua, el papa Francisco proponía un “plan para resucitar” en medio de esta situación mundial incierta. Mirando a las mujeres que acuden al sepulcro apuntaba que Jesús “quiere hacernos empezar ya a participar de la condición de resucitados que nos espera”. Y es que, destaca, estas tres mujeres madrugadoras “frente a las dudas, el sufrimiento, la perplejidad ante la situación e incluso el miedo a la persecución y a todo lo que les podría pasar, fueron capaces de ponerse en movimiento y no dejarse paralizar por lo que estaba aconteciendo. Por amor al Maestro, y con ese típico, insustituible y bendito genio femenino, fueron capaces de asumir la vida como venía, sortear astutamente los obstáculos para estar cerca de su Señor”.

“Como a las mujeres del Evangelio –prosigue Francisco en otro momento de su meditación–, también a nosotros se nos invita una y otra vez a volver sobre nuestros pasos y dejarnos transformar por este anuncio: el Señor, con su novedad, puede siempre renovar nuestra vida y la de nuestra comunidad. En esta tierra desolada, el Señor se empeña en regenerar la belleza y hacer renacer la esperanza: “Mirad algo nuevo está brotando, ¿no lo notáis?” (Is 43, 18b). Dios jamás abandona a su pueblo, está siempre junto a él, especialmente cuando el dolor se hace más presente”.