(Como) por obra del Espíritu Santo


Compartir

Uno de mis pasajes favoritos de la Escritura es aquel en que Jesús nos da la señal de lo que verdaderamente significa ser cristiano. No darle like a lo que hizo, ni ser su fan, ni tampoco ser su follower, sino su discípulo. Y es clarísimo, la gente conocerá que somos sus discípulos si nos amamos unos a otros (Jn 13,35). Esto no está tan difícil cuando estamos recién confesados y acabamos de comulgar, pero parece que el cristianismo comienza a diluirse en cuanto salimos de misa y llegamos al estacionamiento. Me ha pasado que para el segundo semáforo en alto y al primer tarado que se me atraviesa ya estoy de regreso en la mundanal inercia de la rivalidad, el pleito y el estrés. Y del ambiente laboral, mejor ni hablamos.

Personalmente no ubico fragmentos del Evangelio donde Jesús tuviera que separar a dos de sus discípulos porque se estuvieran peleando entre ellos. Ni destacan esas situaciones donde le dijera a uno de sus apóstoles, “Ándale. Vas, le pides una disculpa y se dan la mano ¿ok?”. Pareciera que la sola compañía de Jesús fuera capaz de prevenir todas esas fricciones en su círculo cercano.

Sin embargo, después de la resurrección y ascensión de Cristo, la cosa cambia. San Pablo, conocedor de la ley y naturaleza humanas (Schlier, 2016) exhorta una y otra vez a las primeras comunidades a portarse bien. Igual le toca una llamada de atención a la comunidad de Corinto (1 Cor 4, 6-7), una clarísima invitación a pararle a la grilla a la comunidad en Galacia (Gal 5, 14-16), que una advertencia para dejar de hacer tonterías en secreto a los de Éfeso (Ef 5, 11-14). ¿Es que Pablo era demasiado intenso, establecía un estándar imposible y luego se dedicaba a regañar gente? Todo indica que no. Tanto Pedro (1 Ped 3, 8-9) como Juan (1 Jn 2,9) hacen repetidamente observaciones similares en sus cartas. Esta parte de la Escritura no aporta simplemente un parafraseo a lo que ya sabemos por la enseñanza de Cristo. Las epístolas nos revelan lo fáciles que son los tropiezos en nuestra convivencia diaria.

La mala noticia es que en casa del jabonero el que no cae resbala. La no tan mala noticia es que la grilla, el chisme y la corrupción no las inventamos nosotros. Y la Buena Noticia es que todo esto tiene una solución muy simple: volver a invitar a Dios al centro de nuestra vida grupal cotidiana. Así como lo oyes: “Ven Espíritu Santo”. Con convicción, alegría y ganas de que suceda. No me queda claro en qué momento nos amoldamos a los principios del mundo (Rom 12, 2), nos ganó la timidez frente a los ateos y dejamos de orar en familia, en la oficina o en un restaurante. Pero sí atestiguo ante ti, querido lector, que la invitación perseverante al Señor a mis reuniones, proyectos y espacios han hecho que las cosas mejoren, una y otra vez.

Quizá estés pensando: “Ay ajá, otra mochilería. Ni que rezar resolviera las cosas.” Así que abiertamente te lo digo: no necesitas creerme a mí, sino a Él. ¿Le crees, cuando dice que si dos o más nos reunimos en su nombre, allí está Él en medio de nosotros? ¿Se la compras, cuando te dice que ya no eres su siervo, sino su amigo? ¿Te atreves, discípulo, a invitarlo a tu morada, a tu empresa, a tu fiesta? Te reto. Hazlo. Y quizá cuando en tu grupo fructifiquen el amor, el gozo y la paz, cuando la paciencia, la templanza y la fidelidad se vuelvan tu norma de vida comunitaria (Gal 5,22), podrás también atestiguar que las relaciones en tu vida se compusieron (como) por obra del Espíritu Santo. Que la Paz sea contigo.

Referencia: Schlier, H. (2016). Fundamentos de una teología paulina. Madrid: BAC