“Solo corres hacia la frontera
cuando ves toda la ciudad
corriendo también;
tus vecinos corren más rápido que tú,
con aliento de sangre en sus gargantas”.
Estos versos de la poeta anglo-somalí Warsan Shire pertenecen a Home (Hogar), un poema que fue repetido en forma de lema (en manifestaciones y redes) reivindicando la dignidad y el apoyo a los refugiados desde 2015. Frases actuales y sobre todo el arranque del poema , me ha machacado el alma: “Nadie deja su hogar salvo que su hogar sea la boca de un tiburón”.
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Y es que Ceuta vuelve a escribir su nombre con sal. Con la sal del mar y con la sal de las lágrimas.
En torno a 100 vidas al menos apagadas en la frontera que no son una cifra. Son cien historias interrumpidas. Cien nombres que apenas conoceremos. Cien familias que seguirán esperando una llamada que nunca llegará. Son cien universos hundidos en un Mediterráneo y un Atlántico convertidos, desde hace demasiado tiempo, en la mayor fosa común de Europa.
Devueltos al mar
Cada cuerpo –incluidos bebés- devuelto por el mar es una pregunta que golpea la conciencia de un continente que proclama los derechos humanos mientras levanta muros, externaliza fronteras y convierte la dignidad en un expediente administrativo.
Hay poemas que no se leen; se padecen. Hay versos que dejan de pertenecer a la literatura para convertirse en una denuncia. Todo el poema que os cito podría resumirse en una imagen estremecedora: el hogar (la tierra, el entorno, la cultura…) tiene la boca de un tiburón. Esa imagen desarma, de una vez para siempre, muchos de nuestros prejuicios.
Nadie abandona el lugar donde aprendió a hablar. Nadie deja el olor de su casa por gusto. Se huye cuando quedarse significa morir lentamente. Se huye cuando el hogar (la tierra, el entorno, la cultura…) deja de proteger y comienza a devorar.
Entonces ocurre la inversión más dramática que puede conocer un ser humano: el mar empieza a parecer más seguro que la tierra. Una patera o un neumático parece más acogedor que una casa. Una frontera ofrece más esperanza que el propio país. Solo quien ha perdido todo – o lo viva en su juventud de esa manera – puede considerar razonable semejante locura.
Muchas crisis en una sola
Lo sucedido en Ceuta no es únicamente una crisis migratoria. Es una crisis política. Es una crisis diplomática. Pero, sobre todo, es una crisis moral. Porque antes que migrantes hay personas. Personas con miedo. Con sueños. Con heridas. Con una desesperación tan profunda y joven que las empuja a desafiar el mar, el hambre y las alambradas.
También mata el lenguaje. Mata cuando sustituye el rostro por la estadística. Cuando habla de “flujos”, “avalanchas” o “presión migratoria” y consigue que olvidemos que detrás de cada número late un corazón. La deshumanización siempre precede a la indiferencia. Y la indiferencia termina legitimando la tragedia. O justificando la incompetencia
La civilización no se mide por la altura de sus vallas, o la longitud de la boyas limítrofes que la defienden sino por la profundidad de su compasión.
Es legítimo que un Estado proteja sus fronteras. También es legítimo que cuide la seguridad de sus ciudadanos. Nadie discute esa responsabilidad. Lo que el Evangelio cuestiona es otra cosa: que una frontera pueda defenderse a costa de la dignidad humana. Que una razón de Estado justifique el sacrificio de quienes no tienen más armas que su propia necesidad.
La fe cristiana nunca ha negado la legitimidad de las fronteras pero sí ha negado siempre su divinización.
Un espejo incómodo
Cuando una patria necesita dejar de mirar al otro como hermano para sentirse segura, deja de fortalecerse y comienza a desfigurarse. Todos los ídolos terminan reclamando víctimas. También el ídolo de la seguridad cuando olvida la justicia. También el ídolo de la identidad cuando olvida la misericordia.
Ceuta –y sus sufrimientos sobrevenidos de estos días- nos coloca delante de un espejo incómodo.
Porque el verdadero problema quizá no esté solo en la frontera que separa Marruecos (África) de España (Europa). La frontera más peligrosa atraviesa nuestro propio corazón. Es esa línea invisible que convierte a un hermano en un extraño, a una persona en un problema, a un náufrago en una amenaza.
El Evangelio contempla esa escena desde otro lugar. Jesús no comienza preguntando quién tiene razón. Comienza preguntando quién necesita ser levantado del suelo o protegido . No empieza por la geopolítica. Empieza por la misericordia. Él mismo conoció el exilio cuando José y María tuvieron que huir con el niño hacia Egipto. Fue un refugiado antes de pronunciar una sola palabra.
Por eso el mandato permanece intacto: «Dadles vosotros de comer».
No dice: utilizadlos. No dice: temedlos. No dice: convertidlos en argumento político.. Dice simplemente: “compartid el pan”. Y muchos en Ceuta lo han hecho. Han abierto las manos antes que los discursos, han ofrecido agua antes que sospechas, han reconocido un rostro antes que una frontera.
Buscar refugio
Pero la respuesta exige también verdad. Como ha recordado con lucidez el arzobispo de Tánger, monseñor Emilio Rocha, de que no basta con refugiarse en explicaciones fáciles. Marruecos no puede describirse simplemente como un país que huye del hambre, ni todo lo ocurrido puede atribuirse a las mafias. La realidad es más compleja y, precisamente por eso, reclama una mirada más honda que la política de ínsulas baratarias. Hay jóvenes que buscan un futuro que no encuentran; hay expectativas frustradas, tensiones políticas, estrategias de poder y personas convertidas en piezas de un tablero que nunca eligieron.
Reducir esta tragedia a una explicación única sería otra forma de deshumanizarla. El Evangelio nos invita a mirar más lejos. No pregunta primero por las causas del camino, sino por el cansancio del caminante. No absuelve las responsabilidades políticas, pero tampoco permite que la complejidad del conflicto nos dispense del deber lúcido, de la misericordia y la crítica exigente a quienes la olvidan. Tanto de aquí como de allá. Y , para restaurar un rostro –cien rostros- que el poder había convertido en un problema y en una amenaza por ineptitud. O porque quieren seguir jugando al ajedrez político –incapaces de hacer otra cosa – con peones humanos .
Recordemos que una migración verdaderamente humana debe ser segura, protegiendo la vida y la dignidad de las personas; ordenada, mediante políticas responsables y cooperación internacional; y regular, favoreciendo vías legales que impidan que el mar siga siendo la única puerta abierta para quienes ya no tienen ninguna.
La respuesta
La respuesta no puede ser la manipulación de las personas. Tampoco la ingenuidad. La respuesta tiene que ser una política que no renuncie ni a la justicia ni a la compasión. Ambas son inseparables. Cuando una desaparece, la otra también termina muriendo.
Quizá esa sea la mayor enseñanza del poema de Warsan Shire y también del Evangelio: nadie abandona su hogar porque sí. Solo se marcha cuando el hogar se ha convertido en una herida.
Mientras el mar continúe devolviendo cadáveres y Europa siga acostumbrándose a contarlos, todos habremos perdido algo de nuestra humanidad. Porque el verdadero naufragio no ocurre cuando una patera se hunde. El verdadero naufragio comienza cuando nuestra conciencia deja de estremecerse apenas un día – previo o en medio de las vacaciones – ante quienes se hunden con ella.
Y ese naufragio, si no reaccionamos, será mucho más profundo que cualquier frontera y mucho más devastador que cualquier tormenta.
Revela la verdad del final del poema de Shire:
“Nadie deja el hogar hasta,
que el hogar
es una voz húmeda en tu oído
que te dice vete,
aléjate corriendo de mí,
no sé en qué me he convertido”.

