El cierre
Casi coincidiendo con la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, la prensa francesa informaba hace unos días oficialmente el cierre del monasterio de las carmelitas de Compiègne. La crisis de vocaciones obligaba a clausurar uno de esos lugares donde se vive la historia.
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Apenas un año después de la canonización, el 8 de mayo de 2025, a las 16 mártires de Compiègne que murieron en la guillotina durante la Revolución Francesa; el obispo diocesano explicaba que esta decisión es una “trágica necesidad” derivada de la avanzada edad de las hermanas y la ausencia total de relevo generacional. Y eso que la comunidad, que hace tres décadas ya tuvo que trasladarse a las afueras de la ciudad por la imposibilidad de mantener su edificio original.
Han señalado, además, que el proceso de cierre será gradual y se extenderá durante varios meses para gestionar los complejos trámites civiles y canónicos. Sin embargo, el destino de las religiosas ya está trazado: varias de ellas, debido a su fragilidad y avanzada edad, pasarán sus últimos años en residencias de ancianos, abandonando la clausura que ha sido su hogar durante décadas.
La decisión es difícil porque tras el recuerdo de que la Revolución Francesa con su la persecución violenta no pudo acabar con la fe de estas mujeres –quienes prefirieron la muerte antes que renunciar a sus votos–; la “pandemia” de la indiferencia religiosa actual ha logrado lo que el periodo del Terror no pudo: el fin de la presencia carmelita en Compiègne.
La diócesis tiene que tomar decisiones también sobre el patrimonio espiritual del convento. Entre ellas las reliquias de las mártires. Para la diócesis, el cierre de Compiègne no es un caso aislado, sino un signo de un tiempo donde la falta de vocaciones está obligando a bajar la persiana de conventos y monasterios en toda Francia, dejando un vacío que el fervor histórico, por sí solo, ya no puede llenar.
Las mártires
Lo que es imborrable es el legado de las 16 monjas de la Orden de las Carmelitas Descalzas de Compiègne que fueron ejecutadas durante la Revolución Francesa. Estas 14 monjas y dos sirvientas externas fueron condenadas a muerte y guillotinadas el 17 de julio de 1794 en París, durante la etapa de la Revolución Francesa conocida como el “Régimen del Terror”. Son recordadas por su valentía, su profunda fe y el impacto que su muerte tuvo incluso en el fin del Terror.
Este martirio se da en un momento en el que se había desarrollado una fuerte política anticlerical. En 1790 se aprobaron leyes que suprimían los votos religiosos y confiscaban las propiedades de la Iglesia. Además, las órdenes contemplativas fueron ilegalizadas. Poco después llegaría el Juramento de libertad e igualdad por el que s exigió a los religiosos que prestaran juramento a la nueva Constitución Civil del Clero, lo que en la práctica significaba romper la obediencia al Papa y someterse al Estado.
Con este panorama, en septiembre de 1792, las carmelitas fueron obligadas a abandonar su monasterio en Compiègne, viéndose forzadas a vestir ropa civil y a dividirse en pequeños grupos para vivir discretamente en la ciudad, aunque continuaron practicando su regla monástica en secreto. Así, bajo el liderazgo de su priora, la Madre Teresa de San Agustín (Madeleine-Thérèse Lidoine), la comunidad intuyó el peligro que corrían.
En 1792, la priora propuso a las hermanas hacer un acto de consagración: ofrecer sus vidas como sacrificio u holocausto a Dios para apaciguar la ira divina y pedir el fin de la violencia del Terror, la paz para Francia y la libertad de la Iglesia. Todas aceptaron y renovaron este voto diariamente hasta el día de su muerte. En junio de 1794, sus viviendas fueron registradas. Se encontraron cartas y objetos religiosos que demostraban que seguían viviendo en comunidad y manteniendo contacto con sacerdotes refractarios (aquellos que no juraron la constitución). Tras esto, fueron trasladadas a la prisión de la Conciergerie en París. El 17 de julio de 1794 comparecieron ante el Tribunal Revolucionario. Fueron acusadas de “fanatismo”, de poseer armas (que resultaron ser medallas y crucifijos) y de conspirar contra la República para restaurar la monarquía. Fueron condenadas a muerte por traición sin derecho a abogado defensor.
Finalmente serían ejecutadas el 17 de julio de 1794. Fueron llevadas en carretas hacia la actual Place de la Nation (entonces llamada Place du Trône-Renversé). Durante el trayecto, en lugar de mostrar pánico, las monjas cantaron himnos litúrgicos como el Miserere, la Salve y el Te Deum. Mientras, la multitud, habitualmente ruidosa y hostil durante las ejecuciones, guardó un absoluto y sobrecogedor silencio. Al pie del patíbulo, la priora pidió permiso para cantar el ‘Veni Creator Spiritus’. Una a una, desde la más joven (la novicia Sor Constanza) hasta la priora, renovaron sus votos, perdonaron a sus verdugos y subieron a la guillotina mientras seguían cantando.
Los cuerpos de las dieciséis mártires fueron arrojados a una fosa común en el cementerio de Picpus en París, lugar donde hoy en día se erige una placa conmemorativa en su honor. Hoy en día, solo descendientes de las víctimas del Terror pueden ser enterrados en este camposanto
El legado
La historia no se quedó ahí. Diez días después de su ejecución, el 27 de julio de 1794, cayó Maximilien Robespierre, poniendo fin al Régimen del Terror. Muchos creyentes atribuyeron este hecho al sacrificio y los rezos de las carmelitas.
Las religiosas fueron beatificadas el 27 de mayo de 1906 por el papa Pío X y su festividad se celebra el 17 de julio. Además de los altares, también traspasaron a la esfera cultural ya que su historia inspiró la novela corta ‘La última al cadalso’ (1931) de Gertrud von Le Fort, que fue adaptada al teatro y cine por Georges Bernanos bajo el título “Diálogos de Carmelitas”. En 1957, el compositor Francis Poulenc estrenó una célebre y conmovedora ópera con el mismo título basada en este texto, considerada una de las obras maestras absolutas de la ópera del siglo XX. La película es de 1960. ¿Habrán echado el ‘The end’ definitivo en la pantalla?
