Trinidad Ried
Presidenta de la Fundación Vínculo

Carta para los señores de la guerra


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Estimados Señores: sé que deben estar muy ocupados coordinando nuevos ataques, contando bajas o celebrando sus victorias. Sin embargo, me tomo la libertad, como mujer, madre y ciudadana de uno de los lugares desolados por sus decisiones, para que, por favor, miren unos minutos el conflicto desde mi perspectiva.



Durante toda la noche, junto a mis cuatro hijos de 12, 9, 7 y 3 años, no pudimos dormir. El sonido de los misiles cruzando nuestro cielo, mezclado con llantos, ladridos de perros y sirenas lo hicieron imposible. Apenas salió el sol brumoso entre medio de nubarrones negros provocados por los incendios, traté de animar a mi pequeña tribu con algo para comer. No salía agua del grifo (hace días que está cortada y no tiene esperanza de volver), por lo que herví dos cucharadas de leche en polvo (que ayer me regaló una vecina más afortunada que yo) con el resto del estanque del escusado. Al deslavado y desabrido brebaje solo le pude agregar unos cuantos dátiles secos que estuvimos mordiendo por varios minutos.

Mi ciudad está irreconocible

Qué decir de salir a tomar aire, a estudiar o a comprar. Mi ciudad está irreconocible. Me duelen en el cuerpo las veredas rotas, los árboles de las plazas quemados y las escuelas tapiadas. Mi barrio aún está en pie, pero, solo unas cuadras más allá, todo es escombro y dolor condensado. Mi marido de hace 15 años murió en un ataque reciente mientras se dirigía a la construcción. Aún no lo he podido llorar. Tenemos que sobrevivir cada día a la hambruna, a la violencia y a la guerra que ustedes han decidido realizar. Los cuerpos flacos de mis hijos me torturan el alma, pero lo que más me afecta es su mirar. Es como si el polvo de la guerra se le hubiese pegado a la córnea, borrándoles el brillo y la esperanza.

Kryvyi Rih (Ukraine), 02/04/2025.- A handout photo released by the press service of the State

No me voy a extender mucho más. No me dejen de leer hasta el final. No los juzgo ni soy quién para exigir paz; solo les quiero pedir que se pongan en mi lugar. Soy un ser humano igual que ustedes, con padres (que también murieron), con hermanos (que desconozco cómo están), con una familia (a la que hoy tengo que dar alimento y techo), con un trabajo profesional (ya olvidado porque no me puedo movilizar y mi oficina está destruida) y con ganas de vivir (aunque no sé si lo puedo lograr). Qué pasaría si yo fuera su mujer, si mis hijos fueran lo suyos, si mi casa fuera la de ustedes y no tuvieran más certeza de vivir que la de este minuto en que puedo escribirles.

En oficinas cómodas

No me importa de qué lado están, en qué Dios creen o qué beneficios quieren obtener con esta ofensiva. Solo les pido que imaginen un minuto viviendo lo que me están haciendo vivir a mí y a millones de mujeres en la humanidad. Si no es por el cielo o por la paz, piensen al menos que este infierno también les puede tocar. Sé que están en oficinas cómodas viendo las imágenes de la guerra como una película irreal, pero visualicen el horror en su propio patio, sientan la sed en sus gargantas, contemplen el miedo en sus hijos y la sangre que mana de su pecho por el misil que acaba de impactar.

No tengo más vida para continuar. La hemorragia es severa y no hay hospital: tampoco soy inmortal… Pero recuerden que ustedes tampoco y que todos venimos y vamos de regreso al mismo lugar. Paren esta masacre porque tarde o temprano también les va a explotar. Mis hijos y yo ahora estamos agonizando, pero ustedes pueden salvar a los demás. Anónima.

(Esta carta es ficción y fue escrita por Trini Ried al orar por la paz, pero tuvo la certeza de que fue revelada por Dios plasmando lo que millones de mujeres no pueden hoy expresar).