Mi vida y mi agenda suele ser lo suficientemente entretenida como para mantener las destrezas que adquirí en mi adolescencia jugando al ‘Tetris’, aprovechando los huecos para encajar las distintas actividades.
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De hecho, suelo decir que no me aburro nunca y que no estaría mal tener la experiencia de hacerlo una tarde para saber en qué consiste. A pesar de esto, confieso que hay épocas en las que ver las noticias me resulta de lo más aburrido.
Cuando la RAE define aburrimiento afirma que es el “cansancio del ánimo originado por falta de estímulo o distracción, o molestia reiterada”, y estaréis de acuerdo conmigo en que hay momentos en los que la actualidad resulta cansina e incluso molesta, por más que los motivos por los que pueda cansar el ánimo varíen un poco según la persona.
Un grupo de acampados por la vivienda canta y baila durante la tercera noche en la Puerta del Sol de Madrid. Foto: EFE
A mí, personalmente, lo que me genera cansancio de ánimo tiene que ver con la simplificación de lo complejo, con propiciar la crispación social, con emplear cualquier realidad como un arma arrojadiza lanzada los unos contra los otros y con el empeño por utilizar los problemas y las dificultades sociales como excusa para distanciar, polarizar y atacar.
Escuchar las diversas miradas
Igual es cosa mía, pero cuando las problemáticas no se abordan desde su complejidad, cuando no se escuchan las diversas miradas, cuando no se percibe como un problema de todos y se renuncia a buscar soluciones conjuntas que pretendan el bien común, me genera un gran cansancio de ánimo.
Me siento como quien se encuentra en medio de dos personas discutiendo a gritos, pero incapaces de escucharse, de reconocer los elementos válidos de la postura ajena y de acordar juntos la mejor de las soluciones posibles.
Vivir en cristiano
Desde esta perspectiva, quizá la permanente invitación a seguir a Jesús se parezca mucho a, por lo menos, no contribuir más al aburrimiento. A lo mejor vivir en cristiano se acerca mucho a evitar colaborar en la crispación, lo que implica un verdadero esfuerzo por escuchar a quienes piensan distinto, hacerse cargo de cada una de las miradas y evitar las afirmaciones generales, rotundas y sin letra pequeña.
Al fin y al cabo, se trata de ir dando pasos en eso de ser constructores de puentes, artesanos del encuentro y maestros del diálogo entre lo diverso. Quizá así nos vayamos convirtiendo en mejores discípulos de Aquel que tenía cero reparos en compartir mesa y sobremesa con publicanos y pecadores (cf. Mc 2,15).

