Guillermo Jesús Kowalski
Licenciado en Teología por la Universidad Católica de Argentina (UCA)

La Ascensión como dilema entre “la gravedad y la gracia”


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Cristo asciende al Padre llevando consigo su humanidad herida de mundo, abriendo un horizonte definitivo de comunión y plenitud. Sin embargo, mientras contemplamos ese destino trascendente, seguimos tironeados hacia una tierra de becerros de oro.



Los Hechos de los Apóstoles describen a los discípulos mirando al cielo hasta que son interpelados: “¿Qué hacen ahí mirando al cielo?” (Hch 1,11). La pregunta continúa hoy: ¿cómo pretender alcanzar el cielo sin transformar nuestra manera de habitar la tierra?

La intuición de Simone Weil

Aquí aparece la intuición de Simone Weil en ‘La gravedad y la gracia’. Ella comprendió que la existencia humana oscila entre dos fuerzas: la gravedad, que nos encierra en el egoísmo, el poder y la posesión; y la gracia, que nos libera de nuestra vanidad y nos abre a la compasión y a la verdad.

La Ascensión, que celebramos ayer, puede entenderse desde este dilema espiritual. Cristo asciende porque no está atrapado por la gravedad del dominio ni del prestigio. Su vida ha sido puro descentramiento: lavar pies, compartir el pan, acercarse a los descartados y cargar el sufrimiento ajeno.

Nosotros, en cambio, vivimos lastrados por las fuerzas del tener y el poder. La cultura contemporánea transforma el consumo en religión, las marcas en identidad y el bienestar emocional en obsesión permanente. Rodeados de estímulos que prometen felicidad inmediata, aumentan la ansiedad, la soledad y el vacío.

La gravedad espiritual disimula sus esencias brutales. Suele disfrazarse de éxito, hiperproductividad, prestigio o consumo exclusivo. Pero ese peso interior impide ascender hacia una humanidad más libre y fraterna.

La Ascensión no legitima espiritualidades evasivas ni nostalgias de poder religioso. Revela que el verdadero ascenso humano comienza cuando aprendemos a vivir como peregrinos solidarios y no como propietarios absolutos de todo.

I. La gravedad del mundo: consumismo, narcisismo y miedo

Simone Weil utilizaba la palabra “gravedad” para describir aquello que arrastra al ser humano hacia la inhumanidad egoísta. Existe una gravedad espiritual que nos hunde en la obsesión por acumular y dominar para sentirnos seguros.

Algunos vivimos en burbujas sociales opulentas donde la felicidad es un mandato: hay que mostrarse exitoso, atractivo, pleno y permanentemente satisfecho.

La fragilidad parece fracaso. El sufrimiento se interpreta como error de gestión personal. Entonces proliferan terapias mágicas, misticismos egocéntricos y consumos emocionales que prometen plenitud.

El problema no está en buscar bienestar, sino que este no sea otra cosa que idolatría narcisista. Cuanto más perseguimos compulsivamente la felicidad, más lejos está.

Porque el dios-mercado necesita consumidores insatisfechos para seguir funcionando. Esta “economía que mata” es un sistema que no solo vende productos, sino también identidades, deseos y falsas promesas de salvación emocional.

Las marcas sustituyen antiguos símbolos comunitarios. Consumimos experiencias “exclusivas” para aparentar una plenitud mentirosa. Incluso viajar deja de ser encuentro para ser mercancía emocional de selfie.

Mientras tanto, millones de pobres migran obligados por guerras, hambre y desigualdades… provocadas por esta “máquina” del bienestar de las sociedades opulentas. Pero preferimos levantar muros del “primero nosotros” antes que revisar nuestra injusticia.

Jesus

La gravedad espiritual también es la obsesión por la seguridad absoluta: miedo al extranjero, miedo al descenso social, miedo a perder bienestar, miedo al fracaso. Ese miedo alimenta tribalismos, nacionalismos agresivos y nuevas exclusiones.

La Ascensión desenmascara esta lógica “del mundo”. Cristo no asciende acumulando riquezas ni imponiendo poder. Asciende después de haberse vaciado completamente de sí mismo. La cruz representa la derrota radical de toda lógica basada en dominar y el tener.

Por eso, las Bienaventuranzas invierten los criterios del mundo: “Felices los pobres”, “felices los misericordiosos”, “felices los que trabajan por la paz”. El Evangelio no identifica la salvación con el éxito social o el bienestar egoísta, sino con la misericordia y la entrega.

La gracia comienza allí donde dejamos de vivir como consumidores ansiosos y ascendemos a vivir como hermanos.

II. Ascender con Cristo: peregrinación, desapego y fraternidad

La Ascensión interpela también a la Iglesia. Porque el cristianismo puede quedar atrapado en formas religiosas dominadas por la gravedad del poder, el prestigio y el control.

El clericalismo es una de esas formas de gravedad espiritual. Convierte la fe en mecanismo de dominio y transforma a los clérigos en centro absoluto de la vida eclesial. Entonces la Iglesia deja de ser Pueblo peregrino y funciona como estructura obsesionada por conservar privilegios y fronteras identitarias, incluso pisando sus propias víctimas.

Pero Cristo asciende para universalizar su presencia, no para dejarla cautiva de élites religiosas. La sinodalidad recuerda esta intuición esencial: la Iglesia no es una fortaleza inmóvil, sino un pueblo en camino que aprende históricamente a vivir el Evangelio.

La tradición cristiana no es repetición mecánica del pasado; es memoria viva guiada por el Espíritu que nos libera de falsas seguridades sectarias.

Algo semejante ocurre con los nacionalismos actuales, que instrumentalizan la fe en identidad agresiva o herramienta política. Toda absolutización identitaria genera exclusión.

Simone Weil comprendía que la gracia solo puede entrar liberándose del lastre del ego. El ser humano demasiado cargado de sí mismo ya no puede ascender. Por eso la gracia implica desapropiación interior.

La Ascensión expresa justamente esa dinámica: Cristo no retiene nada para sí. Su elevación no es triunfo imperial, sino comunión con el Padre y apertura universal hacia la humanidad.

El cristianismo nos hace peregrinos. Nadie posee definitivamente esta tierra. Abraham deja su patria. Israel conoce el exilio. Jesús nace desplazado y vive como itinerante.

La fe cristiana no legitima el apego absoluto a estructuras de poder o riqueza. Invita a caminar más ligeros.
Ascender con Cristo significa menos obsesión por poseer y aparentar, menos miedo al extranjero, a la idolatría del bienestar, al culto del éxito…. y más fraternidad concreta.

Dios se manifiesta en los frágiles y la comunión, no en la autosuficiencia, ni siquiera la religiosa.

Conclusión: para ascender hay que desprenderse del lastre

La Ascensión no es una fiesta de evasión celestial. Es una provocación para caminantes. Nos obliga a preguntarnos qué cosas pesan tanto en nuestra vida que ya no nos dejan elevarnos hacia una humanidad más libre y misericordiosa.

El consumismo compulsivo, la acumulación obscena, el narcisismo digital, las falsas pertenencias identitarias y los clericalismos cerrados son formas actuales de esa “gravedad” de Simone Weil. Nos atan a un mundo idolátrico donde el valor de las personas queda subordinado al éxito, al rendimiento o al consumo.

Pero Cristo asciende mostrando otro camino: el de la entrega y el servicio, el de la compasión y la comunión. No asciende quien acumula más, sino quien se entrega más.

Ascendemos al Reino cada vez que alguien rompe la lógica del descarte y vuelve a mirar al otro como hermano. Cada vez que una comunidad comparte en vez “marcar territorio con su orina patriarcal”. Cada vez que el pobre deja de ser invisible. Cada vez que la Iglesia abandona privilegios sacralizados y camina con Jesús junto al pueblo herido.

La esperanza cristiana no es escapar del mundo, sino transformarlo mientras peregrinamos hacia “cielos nuevos y tierra nueva” (Ap 21).

Y, quizás, la verdadera Ascensión comience precisamente allí: cuando dejamos de aferrarnos a todo aquello que hunde y caminamos más ligeros, más humanos, más libres y más hermanos.