Ser mamá de tantos hijos me expone a una entropía difícil de prevenir y todavía más de controlar. Con todos los planes listos para salir de vacaciones, uno de mis retoños me llama para decirme que se siente mal. El desenlace fue inesperado y brutal: una peritonitis operada de urgencia a las cinco de la mañana y varios días de reposo para iniciar la recuperación.
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Al salir del pabellón, el cirujano me describía con detalles crudos el estado de la pequeña tripa infectada y se preguntaba cómo había llegado a un punto tan crítico. La respuesta estaba en el periplo vivido por mi hijo durante los cinco días anteriores, sin haber logrado detenerse a escuchar su cuerpo. El lunes había estudiado hasta altas horas de la noche. El martes rindió su examen de grado como ortodoncista. El miércoles y el jueves atendió a pacientes sin pausa. El viernes asistió al matrimonio del hermano de su novia. Todas, razones válidas, razonables e incluso virtuosas para seguir adelante, pero suficientes para poner en riesgo su vida.
Salud espiritual
Gracias a Dios, hoy está bien y en recuperación. Sin embargo, el miedo y el estrés de ese fin de semana me llevaron a pensar cuánto postergamos no solo nuestra salud física, sino también la espiritual.
Pensando sobre las razones de la apendicitis real, constato que, en nuestro cuerpo, existe un vestigio de la evolución: una pequeña bolsa ciega que emerge del intestino y carece de drenaje. En ocasiones, un resto de comida queda atrapado allí y comienza a infectarse lentamente. Al inicio, el dolor es difuso; luego aparece una punzada intensa en el costado derecho, acompañada de fiebre y debilitamiento general. Si el apéndice se perfora, la infección se esparce por el peritoneo —la membrana que recubre los intestinos— y el riesgo vital se vuelve real.
La apendicitis del alma
Algo muy parecido ocurre en nuestra vida interior. Son tantos los estímulos, noticias, mensajes, exigencias y vivencias que atravesamos cada día, que muchas veces no alcanzamos a digerirlos. En algún rincón del espíritu queda atrapada una tristeza, una envidia, un temor, una herida, una falta, un pecado, sin posibilidad de ser procesado y liberado. Con el tiempo, el sentimiento se transforma en resentimiento y el sistema interior comienza a inflamarse. Los síntomas aparecen de distintas formas: irritabilidad, angustia, depresión, soledad, un sinsentido feroz. El dolor se encarna en los distintos ámbitos de la vida y, para peor, termina afectando a quienes más queremos.
Así como mi hijo hizo oídos sordos a las señales de su cuerpo, también nosotros solemos explicar nuestro malestar espiritual atribuyéndolo únicamente a factores externos o responsabilizando a otros. A veces, nos postergamos para no incomodar; otras, nos automedicamos (literal o simbólicamente) aliviando los síntomas, pero sin tocar el origen del problema. De ese modo vamos criando una infección silenciosa que tarde o temprano pasa la cuenta.
Las enfermedades del alma
Los primeros Padres del Desierto, grandes observadores del corazón humano, describieron con sorprendente lucidez lo que ocurre cuando dejamos pasar alguna “semilla” del mal. La codicia, la lujuria o la gula aparecen como señales tempranas de un apéndice espiritual infectado. Si no se atienden, derivan en avaricia, ira, tristeza, acedía o vanagloria. Cuando el proceso avanza sin intervención, se llega a la peritonitis del alma: la soberbia, que lo invade todo y conduce a la muerte espiritual.
Así como necesitamos aprender a escuchar los susurros del cuerpo (del que estamos muchas veces profundamente desconectados), también estamos llamados a revisar cotidianamente el alma. No desde la obsesión ni el miedo, sino desde el cuidado amoroso de quien sabe que es vulnerable. De ahí la insistencia de casi todas las religiones, y de modo especial la nuestra, en la oración diaria: un espacio de higiene interior, de verdad, de limpieza y de reencuentro con Dios, que nos devuelve a la vida antes de que la infección avance.

