Hemos tenido un verano de un calor inmisericorde, las noticias siguen apedreándonos con guerras sin sentido por todo el planeta, si es que alguna vez fueron las guerras razonables. Las imágenes nos llenan las retinas y el corazón de muertos. Heridas abiertas llorando suspiros de desconsuelo.
- Síguenos en Google y añádenos como fuente preferida
- Regístrate en el boletín gratuito y recibe un avance de los contenidos
Esta guerra que es mundial, como una bomba de racimo dosificada en pequeños territorios, nos la quieren hacer tragar como inevitable. Entonces, ¿a qué dedican su tiempo los políticos de altos vuelos y las instituciones internacionales de derechos humanos, de concordia entre los pueblos, de organización de las naciones…? Si no se puede parar la guerra, si no podemos paliar el hambre, si la injusticia social campa por sus fueros, si el terrorismo se internacionaliza y todo lo vemos ya como inevitable, ¿cuáles son las legítimas esperanzas de la humanidad?
Los que habíamos soñado un siglo XXI ¡más humano! descubrimos miles de muertos, heridos y desplazados, como siempre inocentes. Vemos cómo crecerá el precipicio entre el mundo occidental llamado cristiano y el oriental islámico, acrecentándose el odio en los corazones de sus habitantes. Sufrimos cómo los fundamentalistas de cualquier raza, religión o sistema se mantendrán más en sus trece azuzándonos en el espíritu de la desconfianza y de la cruel violencia.
Despertar de la violencia
Por otra parte, la guerra continúa, pues dicen que nunca se firmó la paz de aquella Guerra del Golfo, que solo era un alto el fuego, ¡qué cinismo de derecho internacional! Pero en el duermevela de nuestras conciencias comenzamos a desazonarnos ante el despertar de la violencia que, como un animal rabioso, está cada vez más cerca.
El anciano papa Juan Pablo II sacaba fuerzas de la debilidad al gritar estas palabras al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede el 13 de enero de 2003: “¡No a la guerra! La guerra es siempre una derrota de la humanidad. El derecho internacional, el diálogo leal, la solidaridad entre los Estados, el noble ejercicio de la diplomacia, son los medios dignos del hombre y las naciones para solucionar sus contiendas”.
Pero la paz permanece agazapada bajo las sombras de la fatalidad. Al final, quedan los espacios vacíos cargados de recuerdos, como agujas en la memoria que la obligan a seguir despierta. Quedan las ruinas, la caja del despojo, marcada a fuego en la retina, mientras lentamente desaparecen las civilizaciones y la cordura. Y las palabras colgadas en el tiempo inmóvil, como a la fuerza, sin resonar ya en los oídos. Y las lágrimas en los rostros, aniquilando sueños y emborronando los paisajes familiares… y los niños… los niños acumulados en fosas comunes o deambulando entre sus muertos.
Paz y bien.
