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Jose Fernando Juan
Profesor del Colegio Amorós

Adviento educativo


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Los educadores, quizá las personas en general, estamos en Adviento permanente. Si por tal entendemos eso tan humano relacionado con la esperanza de un nuevo acontecimiento que nos toque internamente. Esperanza que, para ser de verdad merecedora de su nombre, aguarda sin saber y es apertura con confianza. ¿Qué ocurrirá? ¿Cómo puedo querer que pase algo que ni siquiera sé si deseo y desconozco en gran medida?

Esta sensación tristona del Adviento que se repite resulta una contradicción. Una vez más en diciembre, a las puertas de la Navidad, ingeniándonoslas para provocar en los chavales algo de inquietud por la vida y no simplemente por las notas. Un adviento más rutinario con sus carteles, acciones, decoraciones, poesías, encuentros. Para nosotros, del lado de los educadores, algo más. Para los alumnos, ¿será algo nuevo? ¿Les sorprenderá, les decepcionará, les dejará indiferentes e igual que siempre, conseguirá hacer brotar algo de la semilla que confesamos que ya está plantada?

El Adviento es al educador mucho más esencial que su tiza, su portátil o su guion de clase. El Adviento es para el educador primeramente una llamada, debería ser esa la primera sorpresa, enterarse una año más, y además bajo el signo del cansancio de los primeros meses, que está llamado a algo grande. Si no se trata de enfrentarse a la novedad de su ser educador, sí es una llamada para renovar su pasión por ella. Quizá este último año todo haya cambiado.

Vivir con esperanza

El Adviento es al educador la interpelación de la vida misma. Puede verse reflejada su figura en esa bondadosa mujer llamada Ana y ese paciente anciano llamado Simeón, que permanecen a las puertas del Templo. Ambos acumularon tiempo y fueron colmados con la vida de un pequeño. Por fin Luz, por fin Salvación. La tarea educativa, puesta a la luz del Evangelio, tiene mucho de iluminación y de salvación primeramente para quien enseña. No es que aprenda, es que es mejor persona. Y todo gracias a saber mirar de un modo bien concreto, bien sorprendido y sorprendente.

El Adviento es para el educador una pregunta por su vida y por sus ganas de vivir. La definición más básica de “esperanza” es precisamente conservar el ímpetu por la vida que nade de la vida misma, es decir reconocerla y dejarse mover por ella, sin cambiar vida por mundo, por cosas, por poder, por prestigios, por experiencias. Vivir la vida es, en sí, esperanza y requiere esperanza. Moverse en un horizonte en el que cobra sentido por desbordamiento toda la belleza y cuestiona por carencia el mal, la injusticia, el odio, la división. El horizonte de la vida lo da la vida misma, no es un pegote puesto tras ella. Y vida en los colegios e institutos hay en exceso siempre y se renueva continuamente.

El adviento es para el educador su acontecimiento decisivo, con la entrega que requiere. Nada de pasividad, acción vital. No se trata de esperar, sino de movimiento y posibilidad. El acontecimiento decisivo que le sitúa ante su no saber, ante la inmensidad, ante la incipiente venida y llegada.

“Si lo comprendes, no es Dios”

Hans Urs von Balthasar termina tu extraordinaria e inmensa Teodramática con un capítulo titulado así: “Si lo comprendes, eso no es Dios”. Lección brutal de vida en todos los sentidos y direcciones. Yo me atrevería a decir: “Si comprendes a tu alumno, entonces no es tu alumno. Si comprendes a tu compañero, entonces no es tu compañero”. Siempre hay más, en ocasiones un abismo impresionante. Ese pequeño hueco que nos hace confiar, o esa frontera que nos toca y separa al mismo tiempo, es el Adviento. ¿O es que María lo tuvo claro y respondió “te estaba esperando”? ¡Cuánto más nosotros, educadores, no viviremos siempre en Adviento!

Permitidme al final recomendar dos lecturas. Para filósofos o interesados, ‘El acontecimiento y el mundo’, de Claude Romano (Ed. Sígueme), y para teólogos y personas de Iglesia, un clásico que descubrí gracias a Antonio Roura, el cuarto volumen de ‘Literatura del siglo XX y cristianismo’, de Charles Moeller. Ninguna dejará indiferente. Y mi mejor deseo: ojalá compartas con otros lo que piensas, siempre mejor en diálogo que escribiendo.