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Jose Fernando Juan
Profesor del Colegio Amorós

¿A qué iglesia pertenezco?


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Hace tiempo que me sacude esta pregunta y sería ingenuo remitirme a la partida de bautismo, como si esto de ser-pertenecer fuera una cuestión reductible a lo canónico. Creo que la misma duda, azotada por escándalos, ha llevado a muchas personas a alejarse, romper vínculos y desentenderse de todo lo que en la Iglesia suceda. Curiosamente, si lo pensamos bien, no ha sido por desinterés ni por cansancio por lo que incontables cristianos no han reconocido en su espiritualidad y vida algo que les lleve a algo más allá de sí mismos.

He compartido con amigos mi propia pregunta, ellos también entrados en años y conocedores por dentro de la Iglesia. En ninguno he descubierto ganas de dejarlo todo, pero sí algunos han confesado que, después de tantas algarabías, al final están yendo a lo suyo. Se ocupan más en construir Iglesia que en complacerse en alguna de sus partes. Y sabiamente han dado el paso a mirar el todo que es como camino y no detenerse con enfermedad miope en cada piedra que sale en su camino. La Iglesia, dicho de otra manera, es vocación; y de este modo se comprende mejor su misterio celebrativo como origen y como fin.

Un padre con su hijo bebé participan en una eucaristía en Cracovia/JMJ

Otra conversación interesante, más pegada a lo humano, me hacía ver que seguimos en el principio de la primera carta a los Corintios. Allí donde se dice que unos se jactan de ser de Cefas, Pablo, Apolo o Cristo. Total, división en la Iglesia antes y desde el principio. Y la buena lectura del asunto, me decía el buen amigo, es encontrar en Cefas, Pablo y Apolo algo a la altura de Cristo, y no reconocer en cada uno de ellos eso que nos une, el Espíritu de Cristo. Y siendo así, dividir desvirtuando, prohibiendo la alegría de la diversidad y buscando que todos vayan uniformados como en un ejército, y no al unísono como en un magnífico concierto coral. No es la diversidad de carismas, formas, misterios y ministerios, servicios y dones lo que separa, sino tomar “la parte por el todo” sin retórica o con retórica. Esto es un escándalo, no para no cristianos, sino para los propios creyentes en Cristo, especialmente los débiles.

“Una sombra de lo que es”

Por último, el más extremo de todos mis amigos, a quien también escucho y de quien mucho aprendo, me vino a decir que esta iglesia que somos es poco más o menos una sombra de lo que realmente es. Y recibimos de ella por participación, como si fuera un canal, lo que ni ella vive. Un extraño dualismo, que pienso que terminará en desprecio por su devenir y contingencias, sin darle suficiente importancia a lo que sucede. De las tres, la más pobre, aunque confieso que muchas veces lo pienso. Participar y ser iglesia no se puede medir, de algún modo está impregnada de un Misterio que ni ella algunas veces comprende ni vive.

Seguiré dándole vueltas. En gran medida a lo que aporto y construyo. Salvará la relación su belleza, su santidad ejemplar hasta el extremo, la tensión que soporta.