Vivimos en una Europa atravesada por el cansancio y el miedo, en la que el rostro de las personas migrantes y refugiadas se desfigura con demasiada facilidad entre cifras, titulares y consignas electorales. Las fronteras se multiplican, no solo en los mapas, sino también en los portales de nuestros edificios, en las conversaciones de sobremesa y hasta en nuestras comunidades cristianas. En medio de la intemperie, la hospitalidad evangélica se revela como un gesto profundamente contracultural y, al mismo tiempo, como un camino sencillo y al alcance de todos: abrir la puerta de casa, de la parroquia, de la comunidad religiosa, y dejar que el otro se convierta en hermano