Lourdes Miguélez aterrizó en Argelia hace más de cinco décadas. Tiene 77 años y vive en el populoso barrio de Bab El Oued. Junto a sus hermanas de comunidad, esta agustina misionera española es voz y rostro de una Iglesia que sale al encuentro de los más vulnerables en un país donde los católicos apenas representan el 0,02 % de la población. Hasta ahí, la labor de esta enfermera ya podría ser calificada como encomiable al frente del Centro de Acogida y Amistad de su congregación.
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Sin embargo, Lourdes fue testigo del martirio de dos de sus compañeras de comunidad, las ya beatas Caridad Álvarez y Esther Paniagua. El 23 de octubre de 1994, en plena guerra civil argelina, fueron asesinadas por islamistas armados mientras se dirigían a misa. La religiosa ha compartido este fin de semana su testimonio en el coloquio de apertura de EncuentroMadrid, el foro que convoca anualmente Comunión y Liberación. Este año se celebra bajo el lema ‘Todos buscan confusamente un bien y luchan por alcanzarlo’, una cita de Dante Alighieri. El encuentro se cerrará hoy con la participación del cardenal franciscano Pierbattista Pizzaballa, patriarca latino de Jerusalén.
PREGUNTA.- Partiendo del lema del encuentro, ¿cuál es el bien que busca usted en Argelia?
RESPUESTA.- Busco la relación con Cristo, ser su testigo y darle gloria. Cuando llega una persona a pedir ayuda, me digo: “Ahí está Jesucristo, Lourdes, a ver cómo lo recibes”. Cada uno viene con una historia, con sus problemas, y yo tengo que reconocer el valor y la dignidad de esa persona que Dios ha puesto en mi camino. Estoy allí para amarlos. Siento el amor del Señor todos los días, cómo me ama y cómo me exige, y le pido que me ayude a ser fiel.
Mi relación con Él ha cambiado mucho en Argelia. Por la mañana dedico un tiempo a la oración personal antes de la misa, pero después ese encuentro continúa con las personas. Veo que el Señor también las ama, las perdona y camina con ellas. Convivir con personas de otra religión me hace preguntarme cómo vivo mi propia fe, si soy coherente con lo que creo y con lo que hago.
Ellos me ayudan mucho. Tienen a Dios en la boca continuamente: “Inshallah”, que significa “si Dios quiere”. Llega la hora de la oración y, estén donde estén, sacan su alfombra y se ponen a rezar. Cuando escucho la llamada de madrugada y pienso que dejan la cama para ir a la mezquita, me impresiona su fuerza de voluntad. A nosotros a veces nos cuesta madrugar para ir a misa o nos quejamos de que la celebración es larga. Su ejemplo me hace preguntarme si verdaderamente anuncio a ese Cristo que amo.
Antes tenía más reparo, pero ahora, cuando vienen a casa, los llevo a la capilla. Me preguntan qué es cada cosa y trato de explicarles lo que creemos. Quiero compartir lo que soy, respetando lo que ellos son. También decidimos en comunidad que, al escuchar la llamada a la oración, cada hermana, esté donde esté, rece tres veces el Gloria al Padre. Es una manera de alabar a Dios en comunión con ellos.
Por eso, hablo de haber sido llamada de nuevo. El bautismo ya nos compromete a ser apóstoles y testigos de Jesucristo. La vida en Argelia me ha hecho tomar más conciencia de esa responsabilidad. Mi bien es ser una buena cristiana, vivir mi fe con más verdad.
Acompañar en la dificultad
P.- Echando la vista atrás al martirio de sus hermanas, ¿cuántas veces ha pensado “¿Por qué ellas y no yo?”?
R.- Lo que me salía más era preguntarme: “¿Por qué? ¿Quién puede matar así?”. Sabíamos que podía sucedernos, que estábamos en peligro, pero nunca llegas a imaginar lo que significa hasta que ocurre. Había vivido ocho años con Cari y Esther. Habíamos compartido la vida cotidiana y también toda la reflexión sobre si debíamos quedarnos en Argelia.
Nosotras lo teníamos muy claro. El pueblo nos había acogido cuando las cosas iban bien y sentíamos que teníamos que acompañarlo en aquel momento tan difícil. La gente nos decía: “Mientras estáis aquí, hay esperanza para nosotros”. Había una responsabilidad hacia esas personas y hacia la misión que habíamos recibido.
Cuando oímos los disparos estábamos muy cerca. Al ver a las hermanas, lo que me salió fue decir: “Señor, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Había rezado para que el Señor detuviera la mano de quienes mataban, y también rezaba por ellos y por sus madres. Ante algo así, yo le preguntaba qué quería mostrarme y le pedía: “Señor, cámbiame tú”.
La eucaristía tuvo un valor fundamental. Nos sostenía y nos transformaba. Sentíamos que nuestra vida estaba entregada al Señor y que teníamos que seguir siendo fieles. No buscábamos el martirio. Queríamos continuar la misión, estar junto al pueblo, pedir que cesara la violencia y que llegaran la paz y la justicia.
Después del asesinato yo quería permanecer allí. Cuando me pidieron que regresara a España, obedecí, pero me costó muchísimo. Lo viví como una segunda muerte, porque sentía que estaba abandonando a mis hermanos. Fue un tiempo de transformación personal muy fuerte. Todavía hoy, cuando camino por Argelia, pienso que estoy pisando una tierra de mártires. Para mí tiene algo sagrado.
La comunidad sostiene
P.- ¿De dónde se sacan las fuerzas para no caer en el miedo, en la angustia o incluso en el odio ante una situación así?
R.- Del encuentro con Cristo cada día y de la eucaristía. Yo sentía que el Señor estaba con nosotras y que nos daba la fuerza que necesitábamos en cada momento. Sabíamos que había peligro: salías de casa, esperabas el autobús y podía ocurrir cualquier cosa. Pero habíamos entregado nuestra vida y confiábamos en Él.
También nos sostenía la comunidad. Podíamos hablar, rezar juntas, acompañarnos. Y sentíamos el apoyo de toda la Iglesia, de tantas personas que estaban rezando por nosotras. En aquellos momentos comprendí con mucha fuerza lo que significa la comunión de los santos: saber que no estás sola, que hay otros que hacen suyo tu sufrimiento. Por eso ahora, cuando veo lo que padecen los cristianos en otros lugares, siento la responsabilidad de rezar por ellos.
La relación con el pueblo era fundamental. Había un cariño y unos vínculos muy fuertes. Ellos también sufrían la violencia y, en medio de todo, se preocupaban por nosotras y nos protegían. Cuando mataron a las hermanas, hubo personas que nos pusieron a salvo, amigos que acudieron al hospital, gente que quiso acompañarnos. Todo eso te sostiene.
La fuerza de la misión es el amor. Cuando quieres a las personas, sus dificultades te importan y buscas cómo estar a su lado. Nosotras ofrecemos lo que somos y lo que tenemos, también nuestra vida. La acogida es esencial: escuchar, compartir una preocupación, ayudar a alguien a encontrar atención médica. Con los años, esas relaciones se convierten en una parte muy profunda de tu vida.
Después de ocho años en España me preguntaron si quería regresar y volví feliz. Sentía que volvía a mi pueblo. Los vecinos estaban sorprendidos: “Con todo lo que has vivido, ¿vuelves?”. Yo les decía que sí, que teníamos que saber perdonar, recuperar la confianza y reconstruir la relación que habíamos tenido.
También recuerdo al padre de Esther. En la celebración en la catedral de León quiso decir públicamente que perdonaba de todo corazón a quienes habían matado a su hija. Explicó que ella había sido feliz en Argelia. Gestos así tienen una fuerza enorme. Ayudan a seguir viviendo y a encontrarse de nuevo.
Testigos de Cristo
P.- Si uno midiera la presencia de la Iglesia en Argelia por frutos numéricos en estas décadas, una multinacional lo calificaría de fracaso. ¿Por qué estar en una tierra donde no se multiplican las conversiones?
R.- Nosotras estamos allí para anunciar a Cristo con nuestra vida, con nuestro compromiso y con nuestra manera de relacionarnos. Es Él quien convierte; yo soy su testigo. Nuestra presencia tiene sentido en la acogida, en la amistad y en todo lo que compartimos con las personas.
Hay una señora de casi 85 años que viene a vernos con muchísima confianza. Nos trae sus papeles médicos y me dice que soy su médica, aunque yo le recuerdo que soy enfermera. Viene porque sabe que puede contar con nosotras. Hay mujeres que llegan todos los días y nos dicen: “Esta es nuestra segunda familia, esta es nuestra casa”. Eso tiene un valor inmenso.
La casa es un lugar de encuentro. Hay talleres y actividades que las propias personas ayudan a organizar. Un chico aprendió a coser y después empezó a enseñar a otro. Procuramos que cada uno pueda aportar lo que sabe y hacer lo que puede. Si alguien está enfermo o no tiene para comer, nos movilizamos entre todos para ayudarlo. La solidaridad se va extendiendo.
A veces te pasas mucho tiempo sentada escuchando a alguien y puedes pensar que no has hecho nada. Después lo miras en la oración y te das cuenta de lo importante que era para esa persona que estuvieras allí. Cuando alguien se siente bien recibido y puede compartir sus problemas, cambia su vida y cambia también la relación entre nosotros. Se van rompiendo barreras.
Yo he aprendido muchísimo de ellos: generosidad, disponibilidad, afecto, entrega. Encuentro muchos valores del Evangelio en su manera de vivir. Hay amistades de tantos años que he conocido a los hijos y después a los nietos. Soy muy feliz allí, con personas distintas de mí, con las que comparto tanto. Todo eso también hay que tenerlo en cuenta cuando se pregunta por los frutos de una misión.
La acogida de León XIV
P.- ¿Nota un “efecto León XIV” después de su viaje a Argelia?
R.- Desde luego. El Papa quiere muchísimo esta misión y la conoce desde hace años. Para mí es un amigo. Le escribí cuando lo eligieron y también por su cumpleaños, y me respondió. Me impresiona que, con todo lo que tiene que atender, conserve esa cercanía. Es una persona muy humilde y nos ha explicado que conocer la misión de Argelia ha influido en su manera de ver muchas situaciones.
Su visita tuvo una importancia enorme para la gente. Nuestro barrio es muy pobre y sufrió mucho durante los años del terrorismo. Cuando se anunció que iba a venir, los vecinos estaban sorprendidos: “¿Va a venir aquí?”. Todo el mundo quería verlo y se volcó en los preparativos. Pintaron, arreglaron las calles, hicieron aceras… Desde que llegué a Argelia no había visto una movilización así en el barrio.
Para ellos era muy importante que el Papa fuera a su encuentro, que entrara en su barrio y conociera su realidad. El saludo de paz que dejó, “Salam aleikum”, se recibió con mucho cariño. Lo vivieron como alguien que venía a traer paz y a ayudarnos a superar las barreras que todavía existen entre nosotros.
También tuvieron mucha fuerza sus gestos en la mezquita, el respeto con el que entró y el encuentro con el imán. Son gestos que la gente comprende. Para quienes llevamos tantos años tratando de construir relaciones de confianza, ver esa acogida fue una gran alegría.
Cercanía sin protocolo
P.- ¿Cómo se prepara la casa para recibir a un Papa? ¿Cómo lo vivieron las chicas a las que acompaña?
R.- Preparamos la casa, pero sobre todo preparamos el corazón. Había mucha ilusión en todo el entorno y muchas personas pendientes de que saliera bien. Hasta el color de la alfombra se debatió: nos dijeron que mejor gris que roja, que a él no le gusta el rojo. Se cuidaba cada detalle.
Después estaba el protocolo, con los minutos previstos para cada cosa. Nos aconsejaron que habláramos poco y lo dejáramos hablar a él, porque a nosotras podían cortarnos, pero a él no le iban a decir que parara. Lo vivimos también con mucho humor. Cuando llegó, hablamos de todo. Era alguien que ya conocía nuestra casa y nuestra misión.
Le habíamos preparado un cartel grande con fotografías de su visita de 2009. Yo lo había acompañado a conocer nuestras actividades y compartimos muchas cosas. En una de aquellas visitas vino conmigo al hospital cuando fui a renovar mi contrato. Me dijeron que, por la edad, no podía continuar. Fuimos a hablar con el jefe de servicio para buscar una solución, porque consideraba importante que siguiera allí. Ese médico musulmán, cuando me había aceptado en el servicio en 2002, me dijo algo que no he olvidado. Me explicó que me acogía por ser extranjera, cristiana y religiosa, además de enfermera. Me advirtió de que sería un signo de contradicción, de que habría dificultades, pero que después encontraría mi lugar. Me impresionó escuchar esas palabras de su boca.
Yo no tenía experiencia en pediatría y allí aprendí muchísimo. Con el tiempo se creó una relación muy bonita que continúa. Todavía colaboro para conseguir medicamentos que necesitan algunos niños y participo con los médicos en iniciativas de atención a personas que viven lejos de los hospitales.
El Papa conoce esa vida nuestra. Por eso, recibirlo en casa tenía también la alegría de reencontrarnos con alguien que había compartido momentos muy concretos de nuestra historia y que sabía lo que significaban para nosotras y para las personas a las que acompañamos.
