El papa León XIV, en su histórica visita al Uruguay, presidió esta tarde la oración vespertina en la Catedral de Montevideo junto a obispos, sacerdotes, consagrados, seminaristas y novicios. Al comenzar, evocó que en ese templo se conserva la pila bautismal donde fue bautizado José Gervasio Artigas, a quien presentó como signo de la fecunda contribución de la Iglesia al bien del país.
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Una invitación a toda la Iglesia
El anuncio central de la jornada fue una invitación dirigida a los obispos de todo el mundo: desde la Catedral de Montevideo, el Papa les pidió promover en sus diócesis jornadas de oración y ayuno por el aumento de vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Pidió que parroquias, familias y comunidades religiosas se unan a esta súplica.
La propuesta nace de lo vivido en Uruguay. El Pontífice recordó que, en 2024, el seminario interdiocesano no recibió nuevos candidatos y que, ante ello, muchos fieles comenzaron a reunirse en jornadas de oración y ayuno. Desde entonces han perseverado en la súplica, y hoy, señaló, varios jóvenes han iniciado su camino en el seminario y en la vida consagrada, algunos de ellos presentes en la celebración. Agradeció a quienes sostuvieron esa oración y los animó a continuar.
Volver a Jesucristo
A partir del salmo 134, que advierte que quienes confían en los ídolos terminan pareciéndose a ellos, León XIV reflexionó sobre cómo el corazón toma la forma de aquello que ama. Invitó a los consagrados a preguntarse dónde está su corazón y advirtió que puede quedar “enganchado” a una obra que se siente propia, al reconocimiento recibido o a la tranquilidad de tenerlo todo bajo control.
“La fidelidad a nuestra vocación pide volver una y otra vez a Jesucristo; dejar que sea Él nuestro tesoro, aquel a quien queremos parecernos”, sostuvo el Pontífice.
Frente a los ídolos que tienen boca y no hablan, contrapuso al Dios que ve, escucha y actúa, y que en Jesús se manifestó en ojos, oídos y manos humanas. Dirigiéndose a los presentes, destacó cómo ese amor ha llegado a muchas personas a través de ellos: los ojos que han visto crecer generaciones, los oídos que han acogido confidencias difíciles y las manos que han elevado el Cuerpo de Cristo, auxiliado a los enfermos y sostenido a quienes ya no podían caminar. “¡Qué hermosas son las manos que han envejecido haciendo el bien!”, exclamó.
Señaló además que la semejanza con Cristo madura en las dificultades, cuando el trabajo parece estéril, las fuerzas disminuyen o es preciso comenzar de nuevo.
El ejemplo Jacinto Vera
El Papa recordó que en esa catedral descansa el cuerpo del beato Jacinto Vera, y evocó el testimonio de una religiosa que lo trató durante años: “De verlo nada más parecía que estaba siempre en oración”. El trato con Dios, dijo, había modelado su rostro, sus gestos y su manera de estar entre los demás.
De allí extrajo lo que llamó uno de los secretos de la evangelización: parecernos a Aquel a quien anunciamos. En un país donde muchos apenas conocen a Jesucristo y numerosos jóvenes han crecido lejos de la vida de la Iglesia, ese testimonio tiene una fuerza particular, afirmó.
En su homilía, le pidió a los seminaristas, novicios y novicias mirar a quienes recorrieron antes el camino de la entrega y aprender de ellos la familiaridad con el Señor. También, envió un mensaje a quienes llevan años en el ministerio o la vida consagrada: volver a lo esencial, custodiar el silencio de la oración, la escucha de la Palabra y el encuentro con Cristo en la Eucaristía. Asimismo, los exhortó a sostenerse unos a otros, aun a la distancia, y a permanecer en comunión con el Sucesor de Pedro, que según expresó, también necesita el apoyo de sus oraciones.
La oración de vísperas concluyó con el canto del Magníficat. El Papa encomendó a los presentes a Nuestra Señora de los Treinta y Tres, para que ayude a mantener el corazón junto a su Hijo y a abandonarse confiados en sus manos cuando llegue la hora de cerrar los ojos.
