David Jasso
Vicario episcopal de Pastoral de la Arquidiócesis de Monterrey (México)

Entre san Juditas, Todos los Santos y los Fieles difuntos


Apenas terminó la fiesta de san Judas Tadeo y ya nos acercamos a Todos los Santos y a la conmemoración de los Fieles difuntos. En pocos días, las imágenes que llevamos en los brazos dan paso a las fotografías que ponemos en los altares. Seguimos pronunciando nombres, encendiendo velas y trayendo al corazón a quienes forman parte de nuestra vida.



Este año estoy viviendo estos días desde una experiencia nueva: mi primera fiesta patronal como rector del Santuario de San Judas Tadeo, en el centro de Monterrey. Todavía intento comprender todo lo que esta encomienda me está enseñando. Volver como sacerdote al barrio donde viví durante más de treinta años me ha permitido reencontrarme con mi propia historia y ahora me corresponde recibir las historias de quienes llegan.  Algunas se expresan en una petición; otras, en una manda, unas flores o un momento de oración. Hay mucho de la vida de las personas que nunca alcanzamos a conocer.

Muchos lo llaman, con cariño, ‘San Juditas’ porque ese diminutivo tiene algo de la confianza con la que hablamos de alguien cercano. Para quienes acuden al Santuario, su imagen está vinculada con momentos muy concretos: la enfermedad de un familiar, la búsqueda de trabajo, la preocupación por un hijo, una situación que parecía no tener salida y también con la gratitud. Por eso hemos querido poner en el centro una petición: “San Judas Tadeo, acompaña nuestras causas difíciles”. Acompañar supone permanecer cerca de una vida que todavía tiene preguntas. San Judas, apóstol de Jesús, nos ayuda a dirigir hacia Cristo esa confianza.

Y ahora, al vivir la fiesta de Todos los Santos, esa experiencia se amplía. Celebrar a los santos nos invita a reconocer cuánto puede hacer el amor de Dios en una vida humana. La santidad se aprende en las decisiones de cada día: cuidar a alguien cuando estamos cansados, cumplir la palabra, pedir perdón, hacer con honradez nuestro trabajo.

Santuario san Judas

Foto: Santuario San Judas Tadeo

Durante la preparación de la fiesta hablamos mucho de tareas concretas: recibir peregrinos, orientar una fila, mantener limpio un espacio, atender a quien necesita ayuda. También ahí se juega nuestra manera de seguir a Jesús porque la devoción va madurando cuando nos hace más disponibles para los demás.

Después ha llegado el día de los Fieles Difuntos y entonces, las preguntas se vuelven todavía más personales. Recordamos a quienes extrañamos, lo que recibimos de ellos y aquello que quedó pendiente. Como sacerdote, me toca acompañar esas ausencias y cada vez comprendo mejor la importancia de estar cerca sin apresurar el consuelo. Hay dolores que necesitan tiempo, escucha y una comunidad donde poder llorar. La esperanza en la resurrección nos permite confiar a nuestros difuntos al amor de Dios mientras aprendemos a vivir con su ausencia.

Entre san Juditas, Todos los Santos y los Fieles difuntos, encuentro una misma experiencia de pertenencia. Pedimos la intercesión de los santos, oramos por quienes han muerto y nos ayudamos quienes seguimos caminando. A esa relación que atraviesa incluso la muerte, la Iglesia la llama comunión de los santos.

Estos días me están recordando por qué este blog se llama ‘Nunca solos, siempre juntos’. Necesitamos compañía para enfrentar las causas difíciles, para aprender a amar y para atravesar nuestros duelos. También esa compañía es una forma de hacer presente la cercanía de Dios.

Lo que vi esta semana

Más de 200 mil personas que llegan al Santuario llevando en su oración la vida de alguien más.

La Palabra que me sostiene

“Bienaventurados los misericordiosos”. (Mt 5,7).

En voz baja

Hay personas a quienes podemos honrar cuidando lo que nos enseñaron a amar.