Por tradición, el inicio de noviembre en muchas culturas recuerda a los muertos y visibiliza la realidad de la muerte entrelazada con la vida. Pensaba escribir sobre la necesidad humana de los símbolos y los ritos, de la memoria, de honrar a quienes forman parte de nuestra vida de manera especial porque ya no están con nosotros. Sin embargo, la realidad se impone y el accidente ferroviario en Urda, al menos en nuestro país, es quien verdaderamente hace que estos días no podamos mirar para otro lado. Lo sabemos aunque se nos olvida: la muerte forma parte de la vida.
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Con cierta frecuencia, hablo o escribo sobre la muerte y el morir en conferencias, clases… Hace poco comenzaba un curso sobre antropología de la muerte preguntándonos si en realidad la muerte existe. No pocos autores actuales, teóricos y profesionales clínicos en la práctica, dicen que la muerte no existe. Y, en su mayoría, insisten en esta afirmación para poner en valor lo espiritual, la transcendencia de lo puramente biológico como un tránsito o paso que atravesamos. No deja de ser curioso que para realzar la dimensión espiritual de las personas pongamos en la sombra lo corporal que nos sostiene, los vínculos de carne que nos hacen la vida más vivible, el cuerpo que enferma, que canta y que abraza.
La ausencia
Cuando te sobrecoge la pérdida de un ser querido, cuando se te ha partido en dos la vida por la tristeza, cuando has sentido tan de cerca la muerte que sigues durmiendo mal durante días, asustándote con cada pequeño ruido o recordando lo que podría haber sido, te da igual la disquisición hueca de si la muerte existe o solo existe el morir. Pues sí… Es verdad. Pero si nos ayuda en algo a pensar, a vivir con sentido la vida, a ser consciente de cada momento, dediquémosle unas líneas. Por mi parte, sin duda que la muerte existe, aunque solo sea como ausencia de esta vida, la que compartimos aquí e intentamos sacar adelante como mejor podemos cada uno.
Quienes acompañamos a personas en final de vida, incluyendo sus últimas horas, junto a su familia o en soledad, sabemos que ese proceso de morir es sumamente real y muy importante para cerrar la vida, la biografía compartida, el sentido de haber existido tal como cada uno es. Existe el “morimiento”, en palabras de Enric Benito, como existe el nacimiento. Cada vez estoy más convencida de que todos necesitamos integrar un poco más los procesos (no solo la muerte) que nos recuerdan que somos finitos y de hoja caduca, sin que eso nos haga peores o más débiles. Nos hace humanos, sin más. Que honrar a nuestros difuntos y su memoria no solo nos ayude a cuidar y resignificar el vínculo que teníamos con ellos; porque ya no puede ser el mismo vínculo, pero en ningún caso tenemos que prescindir de ellos, de lo compartido, de lo gozado, de lo recibido. Honrar su memoria es honrar su vida, pero es también comprometernos a poner en el día a día lo que recibimos de ellos, que no caiga en saco roto.
Sin explicaciones
Pero hay otra manera de experimentar la pérdida. La que sufrimos de golpe, a zarpazos, con la sensación de una aleatoriedad que desarbola. La que sufrimos sin esperarla, sin poder despedirnos ni prepararnos. La que no tiene explicación alguna. No hay proceso, no hay un morir que acompañar, no hay un duelo que anticipar. Solo somos golpeados por la muerte. Llamémoslo como queramos. Es la muerte: su silencio, su dolor, su vacío.
Y en ambos casos, perdonad que insista: creo en Dios, con muchas dudas a veces. Creo en una bondad amorosa que ordena el mundo, a pesar de todo. Creo que después del último suspiro, seguimos en contacto con aquellos que nos han querido y que seguimos queriendo, porque siguen “viviendo” de otro modo y haciéndonos vivir. Pero ojalá que, tengamos la espiritualidad que tengamos, con Dios o sin Él, no dejemos de cuidar y honrar el cuerpo muerto, la corporalidad, la memoria, la despedida y los ritos. Llamémoslo como queramos, pero no dejemos de acogerla con realismo. ¿Quién puede negar que la muerte y el morir se hace presente en algunos momentos de nuestra vida con una claridad que abruma? Hermana vida, hermana muerte…
