Sostiene Pedro Castelao (Ribeira, 1975) que “una actualización y una reformulación de la doctrina tradicional sobre la homosexualidad puede ser extraordinariamente liberadora y positiva para la reformulación y actualización de la cuestión de la mujer en la Iglesia”. Tal es la tesis central de su nuevo libro, ‘Luz en el armario’ (Desclée De Brouwer), en el que comparte ‘Una propuesta teológica para superar la homofobia y la misoginia en la Iglesia’, las dos “cuestiones pastorales más urgentes” –a juicio del profesor de Antropología Teológica e Historia de la Teología en la Universidad Pontificia Comillas–, porque en ellas se juega la “credibilidad” de la institución en su relación con la sociedad.
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PREGUNTA.- El profesor cede el testigo al cristiano de a pie y el resultado es un texto en el que prima la fuerza del testimonio sobre el peso del razonamiento. ¿Qué ha aprendido con este libro?
RESPUESTA.- Que hay que escuchar antes de hablar y que, por tanto, la teología tiene que estar al servicio de los problemas reales que preocupan a los miembros de la Iglesia aquí y ahora. En ese sentido, me sentí hondamente interpelado por varios testimonios muy personales e íntimos que recibí sin haberlo planeado. El libro surge como una reflexión sosegada sobre la base de esos testimonios absolutamente reales y verídicos.
P.- ¿Cómo se afronta (y se supera) esa “disonancia cognitiva” entre el discurso evangélico y la práctica eclesial discriminatoria con los homosexuales y las mujeres en la Iglesia?
R.- En primer lugar, tomando conciencia de ella. La incoherencia suele ser invisible para el incoherente. Y todos lo somos en gran medida. Es el testimonio del daño que causa lo único que nos puede hacer despertar de esa inercia que mantiene un discurso doctrinal que, queriendo –en teoría– ser fiel al Evangelio, sin embargo –en la práctica–, lo contradice lastimosamente. El primer paso, pues, es nombrar la disonancia cognitiva. Después, tiene que venir la reforma doctrinal y pastoral que impida que la incoherencia se perpetúe y siga dañando.
Doble vida
P.- ¿En qué medida esta incoherencia afecta a la vida de la Iglesia, a instituciones como el seminario, responsable de los procesos de discernimiento y formación de candidatos al sacerdocio?
R.- A veces, en el proceso formativo de los candidatos al sacerdocio se fomentan inercias vitales y espirituales que inclinan a ciertas formas de doble vida. En muchos casos, la obediencia y la docilidad son más valoradas que la libertad y el coraje. Eso no es compatible con Jesucristo. En el Evangelio de Jesús se crece en el amor cuando también se crece en autonomía, autenticidad y verdad. El discernimiento exige lucidez espiritual y valentía. La incoherencia entre pensamiento y acción, si cristaliza y se convierte en algo habitual, es un veneno contra el Espíritu Santo.
P.- A menudo, el seminario se convirtió en un refugio para homosexuales expuestos a los juicios del mundo. ¿Por qué se producen entonces los mensajes de condena hacia el colectivo por parte de miembros del clero? ¿O el problema no es la homosexualidad, sino la homofobia?
R.- Nadie puede vivir en paz, ni consigo mismo ni con los demás, si se odia a sí mismo y niega su propia orientación sexual. La sabiduría popular dice que la lengua habla de lo que el corazón está lleno. No es una locura pensar que quienes más condenan el colectivo son aquellos que, tal vez, más se reconozcan en quienes rechazan con tanta fuerza. En efecto, el problema es la homofobia, no la homosexualidad.
‘Lobby gay’
P.- ¿Hay un ‘lobby gay’ en la Iglesia, como llegó a decir el papa Francisco?
R.- No creo que el papa Francisco afirmara eso a la ligera. Sabía de lo que hablaba. Por otra parte, es algo evidente para cualquier persona que viva la Iglesia desde dentro.
P.- ¿Existe alguna vinculación entre la vivencia de la sexualidad que promueve cierta moral católica (represión, negación, ocultación…) y los casos de abusos sexuales en el seno de la Iglesia?
P.- Es una injusticia vincular abuso sexual y homosexualidad, como tantas veces se hace. Hay victimarios homosexuales, pero también los hay –y no en menor medida– heterosexuales. Los abusos, en la mayoría de los casos, tienen que ver con personalidades narcisistas, relaciones asimétricas y situaciones de vulnerabilidad. Es un tema muy complejo, que yo desligaría de la cuestión de la diversidad sexual. Ahora bien, hay que reconocer que la represión, la ocultación o la negación de la identidad sexual no ayuda en absoluto a desarrollar una personalidad sana capaz de integrar con equilibrio pulsiones y deseos. (…)
