Rupturas


Hace un tiempo, durante un encuentro casual con un grupo de adolescentes que se preparaban para la confirmación, su catequista estaba planteando las divisiones que se producen entre nosotros, en nuestras familias, en nuestros grupos, en nuestras sociedades… Estaban buscando, por medio de una dinámica, las causas que provocaban estas rupturas en nuestro entramado corporativo.



Cada uno de los chavales y chavalas iba apuntando en una pequeña cartulina una o dos palabras que para ellos eran las claves de las desavenencias. Y cuando uno de ellos colocaba su cartulina sobre la mesa explicando los porqués, otro, por identificación, colocaba y explicaba la suya, como si de un juego de dominó se tratara. No sabían que era la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos.

Iglesia dañada por el terremoto en Sikka (Indonesia). Foto: EFE

Curiosamente, las razones o causas que daban los del grupo de confirmación, sin referirse ninguno de ellos a las divisiones en la Iglesia, encajaban como anillo al dedo con las rupturas entre los creyentes. Normalmente, en casi todos los casos, era cuestión de líderes, de liderazgos mal entendidos. La palabra líder, de raíz indoeuropea, significa el que va por delante, el que conduce a todos en la unidad, para atravesar los umbrales del miedo o de la muerte. Para nosotros los cristianos, sin querer, nos evoca la Pascua de Jesús, el Señor.

El liderazgo de Moisés

Jetró, el suegro de Moisés, líder de la travesía por el desierto hacia la libertad, le recriminó que llevase él solo el peso de los asuntos de su pueblo y le aconsejó que, para ayudarse en la tarea, se rodeara “de personas valientes, sinceras, enemigas del soborno y de profunda fe, para que así el pueblo unido pueda volver a casa en paz” (Ex 18, 19-23). Y Moisés lo hizo. Porque “cuando no hay visión, el pueblo se desmanda…”. Y esto es del libro de los Proverbios, conciencia de un pueblo, sabiduría de Dios.

La historia de una Iglesia sustentada en visiones personalistas, sin trazas de unidad, la falta de corresponsabilidad, la incapacidad para descubrir la misión del episcopado, las distintas eclesiologías o maneras de ver la Iglesia, el insistente empeño de mantener solo mi punto de vista, la obstinada decisión de mirar hacia el pasado, y la falta de humildad en el seguimiento de un solo pastor, entre algunas causas, han hecho que nos mantengamos enfangados, incapacitados para poder dar una paso hacia adelante.

Sin la conversión personal y en profundidad de todos los cristianos –laicado, vida consagrada, diáconos, sacerdotes y obispos–, es imposible la conversión pastoral. El testimonio de la comunión eclesial y la santidad son la única urgencia pastoral. Todos tenemos algo que ver en las grietas de la Iglesia. Y no es cuestión de cimientos.

¡Ánimo y adelante!