En el relato del Evangelio, según San Mateo, se cuenta que Jesús sintió “compasión” de la gente que le seguía sin tener qué comer. Ordenó a los discípulos que repartieran lo poco que tenían. Se encargó personalmente de bendecir los pocos panes y pescados que le trajeron, con lo que la comida se multiplicó, dio para que todos se saciaran y sobró. ¿Quién no conoce esa parte del Evangelio? ¿Qué representamos los sacerdotes? ¿Representamos a Cristo y a sus discípulos, o a los fariseos que lo que estaban era pendiente de quién cumplía tal o cual ritual, como lavarse las manos antes de comer?
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No soy quien para juzgar las “prácticas sacerdotales y religiosas” de otros hermanos. Pero sí arde en mi corazón una llama que me requiere hablar y contar mi propia experiencia. Siento que me toca dar testimonio de mi propia fe.
Las necesidades de la gente de nuestras parroquias, especialmente las de los pobres, son muchas. Nuestra gente tiene hambre por falta de comida para el cuerpo y para el alma. Es necesario que los sacerdotes oficiemos los sacramentos, la santa misa y que prediquemos. Pero eso no basta. Es mejor servir y compartir la mesa social y comunitaria en cada “rinconcito” del pueblo que habito. Lo sé, porque lo he vivido. Aprendí de un sacerdote muy pobre y comprometido en mi pueblo natal de Barranquitas-Puerto Rico, el Padre Díaz que vivió “desgastándose” por la comunidad antes que “protegerse” detrás del altar. Porque la comunidad es el altar más sagrado.
Cuando tenemos a nuestros pobres sufriendo de grandes abusos, cuando vemos a los ricos quedarse con el dinero de los infelices, cuando vemos a empresarios destruyendo el ambiente, cuando vemos a los viejitos sin acceso a servicios médicos, cuando vemos a nuestra niñez y juventud quedarse sin hogar, sin escuelas y sin acceso a las universidades, cuando vemos que cada vez son más a los que se les niega el futuro y se pretende dejarles sin porvenir… ¿Qué me toca hacer?
Cristo en Puerto Rico. Foto: Archivo Vida Nueva
¿Acaso debo ser guardián de los rituales? El altar donde oficio la misa es muy importante y sagrado para mí, pero no es, no puede ser, un refugio ni un escondite. Lo verdaderamente sagrado en nuestro Dios es la persona humana a quien debo amar y servir con todas las fuerzas de mi ser. Las escaleras para llegar al altar no son “peldaños para la ostentación”. No. Representan el monte donde Dios se sacrifica. Representan la mesa donde Cristo nos reparte su cuerpo y su sangre, donde alimenta a santos y pecadores. Dónde caben “todos, todos, todos”. Como presbítero considero que es importante que comience por aplicarme la enseñanza magna, que nos amemos unos a otros, como Cristo nos ha amado.
Más importante que los “ropajes ornamentales” para representar un papel de sacerdotes guardianes solamente de las tradiciones, es que el sacerdote aprenda a luchar mano a mano con el pueblo. No me toca ser guardián de las buenas costumbres ni de las meras tradiciones. Si no vivirlas como parte del camino en el que Dios camina con su pueblo. No me toca estar pendiente de los pecados ajenos, antes me toca perdonarlos en nombre de Cristo.
Nuevo documento de Doctrina de la Fe
Un nuevo documento del Dicasterio para la Doctrina de la Fe con consideraciones sobre la transmisión de la fe en un cambio de época ha sido publicado y se expresa al respecto de la tradición:
“El anuncio del kerygma deberá adoptar un estilo, un lenguaje y un tono capaces de llegar a las personas alli donde se encuentran, con sus deseos y sus sueños, con sus fatigas y sus tribulaciones”.
Y continúa diciendo, “en algunos contextos la propuesta de fe corre el riesgo de quedar “desencarnada”, desvinculada de la vida concreta o ligada a ideologías promovidas por minorías ruidosas”.
Así las cosas, nos corresponde (tirarme) tirarnos a la calle a esforzarme porque los que no tienen que comer reciban comida, que los que sean víctimas de la opresión encuentren curas que les ayuden a romper las cadenas que les oprimen. Mejor en cuerpo de camisa ayudando a levantar casas, a formar cooperativas, a sembrar las semillas reales de esperanza para los que sufren. Mejor llegar a casa por la noche, cansado y con la ropa impregnada del olor santo de las ovejas.
Sé que no soy capaz de arreglar el mundo, pero Cristo es la gran fuerza, suyo es el poder y la gloria. A mí me toca esforzarme por ser un cura que eche el resto para que el pueblo no desfallezca. Así quiero que sea mi sacerdocio. Quiero llevarle lo poco que consiga con mi esfuerzo a Cristo, para que él haga el milagro. Que el “Cristo-pueblo” me haga verdaderamente misionero.
Tratemos de que nuestras comunidades parroquiales y diocesanas se concentre la sinodalidad, sinodalizándonos.
Esa es mi fe.
