El cáncer
El domingo 11 de octubre, al terminar el ángelus, incluso tras la saludos de cortesía a algunos grupos de peregrinos presentes en la Plaza de San Pedro, el papa León XIV explicó él mismo que los médicos habían detectado un nódulo pulmonar en revisiones rutinarias y que había decidido operarse. Lo hizo de forma directa, sin pasar por un comunicado de la oficina de prensa. De esto ya había un precedente con Juan Pablo II, que desde esa misma ventana anunció al menos uno –que yo recuerde– de sus ingresos hospitalarios.
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El martes (y 13) fue intervenido en el hospital Gemelli –elección de centro médico en continuidad con la tradición–. Los cirujanos le extirparon el lóbulo inferior del pulmón derecho con técnica videoasistida (y con el sello de “Galicia Calidade”, lo cual ha sido toda una revelación), y el examen histológico durante la operación confirmó el adenocarcinoma. El parte médico habló de una cirugía exitosa y sin complicaciones. El Papa tiene 71 años y pasó unas tres horas en quirófano, aunque la operación en sí duró unos 90 minutos.
En este proceso, hay dos datos que conviene no dar por supuestos. La Santa Sede no ha informado todavía de los resultados definitivos sobre los ganglios y la pieza quirúrgica –la anatomía patológica–, ni de si harán falta tratamientos complementarios. Es decir, el estadio definitivo del cáncer no es público. Sí hay indicios favorables: los especialistas señalan que optar directamente por una lobectomía suele reservarse a enfermedad localizada, y varios medios hablan de una fase temprana.
Más allá del caso papal, la recuperación habitual en pacientes que han sufrido esta operación tienen que someterse a algunas revisiones –menos en este caso de una técnica invasiva que si fuera abierta–. En cuanto al dolor, los ensayos sobre la técnica menos invasiva empleada hablan de que este menor y que hay mejor función física a las cinco semanas y las altas, de media, son un día entes que en las cirugías abiertas. Ahora bien, hacia los seis meses o el año, la función física era similar en ambos grupos. Es decir, la técnica mínimamente invasiva acelera el arranque, pero no cambia mucho el punto de llegada.
Estos pacientes suelen poder conducir hacia las cuatro semanas –¿equivale a una gira papal transoceánica?–. La rehabilitación respiratoria, los controles clínicos y la gestión del dolor son el centro de la gestión en las primeras semanas; ya que con la operación se pierde algo de capacidad pulmonar y el organismo se adapta con el tiempo. Por otro lado, las revisiones habituales son con el oncólogo hacia las dos semanas y con el cirujano hacia las seis
La realeza
En 2024, el palacio de Buckingham, en el Reino Unido, rompió con una larga tradición de discreción al anunciar que el rey Carlos III tenía cáncer, aunque no dijo qué cáncer era ni en qué estadio, solo que no era de próstata. El rey explicó que lo hacía para evitar especulaciones y ayudar a quienes padecen cáncer. Pero los datos que faltaban alimentaron precisamente la especulación que quería evitar.
Una historiadora de Northeastern habló de “falta de transparencia real”. Y no es un detalle menor para esta entrada: su abuelo Jorge VI sufrió la extirpación de un pulmón por cáncer, un diagnóstico que se ocultó al público y al propio monarca.
En ese mismo año, en esa misma familia, también el cáncer llegó a Kate Middleton. Estuvo ausente desde Navidad. En marzo, la foto del Día de la Madre en las redes sociales fue retirada por agencias por manipulación, y ella se disculpó diciendo que experimenta con la edición. El escándalo, conocido como ‘#kategate’, quizá no habría estallado sin la presión de comentaristas y medios para que se informara más.
Un ambiente que se rompió el 22 de marzo, cuando anunció en un cuidadísimo vídeo, en el que aparecía la princesa de Gales sola en un jardín exterior, que le habían detectado cáncer tras una cirugía abdominal y que seguía quimioterapia preventiva, sin precisar el tipo. Antes, desde el Palacio habían lanzado la sonda que no se trataba de cáncer.
La lección
En esto nada que ver con León XIV. Hay quien ha destacado el anuncio del ángelus frente a una tradición larga de opacidad: del silencio sobre el cáncer de Juan XXIII a los partes detallados de Francisco –tras el caos inicial de cada ingreso–. A diferencia de los dos casos británicos, el parte médico nombró el tipo de tumor, la técnica y el órgano afectado. Eso sí, por las redes se multiplican los falsos expertos y en el Vaticano se genera un reconocible clima de incertidumbre que lleva a pensar en hace 18 meses y la última enfermedad de Francisco.
La comparación Vaticano-Buckingham nos deja una lección doble. Cuanta menos información clara se da, más rumor se genera, como pasó con Kate –con sus fotos raras en un mercado comprando rábanos–, y el caso del Papa muestra el mismo patrón al revés. Pero ni siquiera la transparencia total evita la especulación en redes. Queda pendiente un dato clave: el informe anatomopatológico definitivo. Hasta que se conozca, conviene evitar los pronósticos y quedarse con lo que sí consta. Por cierto, según la revista ‘Hola’ inglesa, Carlos III envió una carta privada a León XIV, un detalle que ese medio presenta como gesto de quien conoce la experiencia. La del cáncer, no de la comunicación.

