Ianire Angulo Ordorika
Profesora de la Facultad de Teología de la Universidad Loyola

Ayudar y ser ayudados


Hay reacciones y recuerdos que nos delatan a quienes compartimos una misma generación. Si yo pregunto, con cierto tono de voz, eso de: “¿Cómo están ustedes?”, estoy segura de que a muchas personas que me leen les saldrá decir con ese mismo “¡bieeeeen!” con que respondíamos, entusiasmados, a los payasos de la tele en los años ochenta.



Puede que no recordemos qué es lo que hemos comido hace unas horas, pero hay melodías que se graban de manera imborrable en nuestra memoria y resultan imposibles de olvidar, por más que pudiéramos desearlo. Esto sucede, de manera muy especial con los anuncios de la televisión ¿o acaso no podríais canturrear lo que sigue a eso de “las muñecas de Famosa se dirigen al portal…”? Si has terminado la frase tarareando, no puedes negar que formas parte de la generación a la que me refiero.

Los medios de comunicación y los recursos publicitarios han variado a lo largo de las décadas que nos separan de esos recuerdos casi infantiles, pero no hay duda de que hay anuncios que son dignos de recordar, más allá de que no empleen músicas o estribillos pegadizos. En esta clave, hace poco que he visto un anuncio publicitario de una compañía de seguros que me ha dado mucho que pensar.

Santalucia Ayudar Help

Anuncio HELP. Fotograma: Seguros Santa Lucía

El lema del spot es: “No hay nada más humano que ayudar y ser ayudado”. Con esta sentencia culmina la historia de dos amigos que se acompañan y se cuidan cuando cada uno de ellos atraviesa un momento de especial fragilidad. Nos hace bien recordar, sobre todo en el ámbito eclesial, la verdad que se concentra en esa frase. Al fin y al cabo, ayudar bien, como el amar bien, no es una tarea ni sencilla ni evidente.

Desde la propia fragilidad

Todos sabemos que hay maneras de asistir y cooperar que pueden resultar incluso ofensivas, por mucho que podamos tener buena intención. No se puede ayudar “desde arriba”, sintiéndonos diferentes e incluso superiores de aquellos a quienes servimos. Al revés, solo ayudamos bien y de verdad cuando lo hacemos desde la propia fragilidad y cuando esta es abrazada, reconocida y asumida.

Es entonces cuando, unidos por esa débil humanidad que compartimos, podemos ayudar y ser ayudados. Es lo que sucedió con esa viuda de Sarepta, que compartió con el profeta lo único que tenía para comer (1Re 17,10-16), y con el mismo Jesús, que, cansado y sediento, pidió de beber a la samaritana (Jn 4,6-7). Ojalá se grabe en la memoria de nuestro corazón de manera aún más imborrable que esas melodías de la infancia eso de que no hay nada más humano y, por ello, más divino, que ayudar y ser ayudados.