Hay que reconocer que algunas vidas parecen pequeñas mientras están sucediendo y sólo después, cuando llega la muerte, descubrimos hasta qué punto estaban llenas de una grandeza escondida. Son vidas hechas de acontecimientos que no son extraordinarios, sino gastadas poco a poco, en lugares donde casi nadie mira: junto a un enfermo, en una escuela, en una comunidad religiosa, al lado de personas pobres, en medio de una sociedad herida. Y, sin embargo, precisamente esas vidas pueden llegar un día a convertirse en una luz para muchas otras.
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Así fue la vida de sor Leonella Sgorbati, nacida Rosa María, una religiosa italiana que acabó entregando su vida en modo dramático en Mogadiscio, Somalia, el 17 de septiembre de 2006. La Iglesia la reconoció como mártir y fue beatificada en Piacenza el 26 de mayo de 2018.
Sor Leonella, cuyo nombre de bautismo era Rosa Maria Sgorbati, nació el 9 de diciembre de 1940 en Rezzanello di Gazzola, en la provincia italiana de Piacenza, en una familia de origen campesino que en 1950 se trasladó al área metropolitana de Milán. Su infancia y adolescencia transcurrieron, por tanto, entre el ambiente rural de su primera infancia y el contexto mucho más industrial y urbano de la Lombardía de la posguerra.
Muy joven se incorporó activamente a la vida parroquial y a la Acción Católica, y allí fue madurando una vocación misionera que la llevaría, en 1963, a ingresar en el Instituto de las Hermanas Misioneras de la Consolata, fundado por el beato José Allamano. Al entrar en la congregación recibió el nombre de Leonella.
Emitió los votos perpetuos en noviembre de 1972, después de haber completado una preparación que no se limitó a la formación religiosa: estudió enfermería en Inglaterra entre 1966 y 1968, una preparación profesional que determinaría buena parte de su actividad misionera posterior. De hecho, en septiembre de 1970 fue enviada a Kenia, país en el que permanecería durante aproximadamente tres décadas, desarrollando una actividad fundamentalmente sanitaria y educativa.
Trabajó primero en diversos hospitales de las Misioneras de la Consolata, entre ellos el Consolata Hospital Mathari, en Nyeri, y el Nazareth Hospital de Kiambu, en las proximidades de Nairobi. Durante estos años no se limitó al ejercicio de la enfermería, sino que fue adquiriendo una especialización creciente en la formación de personal sanitario. En 1983 inició estudios superiores de ciencias de enfermería y, en 1985, asumió la responsabilidad de tutora principal de la escuela de enfermería vinculada al hospital de Nkubu, en Meru.
Su capacidad de organización y de gobierno hizo que en noviembre de 1993 fuera elegida superiora regional de las Misioneras de la Consolata en Kenia, responsabilidad que desempeñó durante seis años, hasta 1999. En ese momento llevaba ya casi treinta años vinculada a África. La posterior decisión de trasladarse a Somalia debe entenderse dentro de esa trayectoria y no como una improvisación de los últimos años de su vida. Era una misionera con una larga experiencia africana, una formación sanitaria sólida y una especialización concreta en la preparación de enfermeras.
La situación de Somalia era completamente distinta de la de Kenia. Desde la caída del régimen de Siad Barre en 1991, el país había permanecido sumido en una prolongada guerra civil y sin un Estado central efectivo. Mogadiscio se había convertido en uno de los principales escenarios de enfrentamiento entre facciones armadas, señores de la guerra y diferentes grupos políticos y religiosos. En 2004 se había constituido un Gobierno Federal de Transición, pero su autoridad era muy limitada y durante buena parte de 2006 tenía su sede en Baidoa, mientras Mogadiscio estaba controlada por fuerzas rivales.
En junio de 2006, la Unión de Cortes Islámicas, una coalición heterogénea de tribunales islámicos que incluía corrientes de interpretación muy diferentes, derrotó a la alianza de señores de la guerra que dominaba la capital y asumió el control de Mogadiscio. El Departamento de Estado estadounidense señalaba precisamente en septiembre de 2006 que la Unión de Cortes Islámicas era una estructura heterogénea, dentro de la cual coexistían tribunales de interpretación relativamente moderada con otros sectores de carácter extremista e intolerante.
La presencia de las Misioneras de la Consolata en Somalia se desarrollaba, por ello, en unas condiciones muy diferentes de las habituales en otros territorios de misión. No existía libertad para realizar una actividad evangelizadora pública comparable a la que podía desarrollarse en otros países africanos. El cristianismo era una religión minoritaria y la presencia de religiosos extranjeros estaba sometida a riesgos considerables. La misión debía realizarse fundamentalmente a través de la asistencia sanitaria, la educación y la presencia cotidiana entre la gente.
Escuela sin homologar
En 2000 comenzó a estudiarse la posibilidad de establecer una escuela de enfermería en Mogadiscio, vinculada al hospital gestionado por SOS Children’s Villages. Leonella pasó varios meses en la capital somalí en 2001 para preparar el proyecto y finalmente los primeros cursos comenzaron el 18 de abril de 2002. La escuela, conocida como Hermann Gmeiner School of Registered Community Nursing, tuvo que enfrentarse a numerosas dificultades administrativas y burocráticas.
Uno de los problemas fundamentales era la ausencia de una autoridad estatal capaz de homologar normalmente los estudios. Leonella consiguió, después de diversas gestiones, que los diplomas obtuvieran reconocimiento internacional de la Organización Mundial de la Salud. Los primeros alumnos terminaron su formación en 2006, el mismo año en que ella fue asesinada.
Sor Leonella era perfectamente consciente de que estaba trabajando en una sociedad musulmana y de que una parte de los sectores más radicales veía con desconfianza cualquier presencia cristiana. Sin embargo, su actitud no fue de confrontación. En una entrevista concedida después de su llegada a Somalia explicó: “No es difícil trabajar cuando se busca quererse bien y también el verdadero islam es así: Dios ama todas sus criaturas”. Las jóvenes que acudían a sus clases eran sus alumnas antes que miembros de una religión diferente, y el trabajo sanitario ofrecía un terreno en el que la cooperación era posible.
Una bala con su nombre
Al mismo tiempo, la situación de seguridad se deterioraba. El avance de las Cortes Islámicas había modificado el equilibrio político de Somalia y había aumentado la tensión entre la Unión de Cortes Islámicas y el Gobierno Federal de Transición, apoyado por Etiopía. En septiembre de 2006 se celebraban conversaciones entre ambas partes bajo mediación internacional, pero la situación militar seguía siendo extremadamente inestable.
La capital estaba bajo el control de las Cortes Islámicas y el país se encontraba ante la perspectiva de un nuevo enfrentamiento armado. En ese ambiente, la presencia de una religiosa cristiana occidental en Mogadiscio constituía un riesgo evidente.
Leonella conocía ese riesgo. La documentación de su proceso de beatificación recoge una frase pronunciada meses antes de su muerte que resume la situación en la que vivía: sabía que había “una bala con su nombre”, aunque no sabía cuándo llegaría; mientras no llegara, permanecería en Somalia.
Discurso de Benedicto XVI
El contexto internacional añadió una circunstancia particularmente delicada durante los días inmediatamente anteriores a su asesinato. El 12 de septiembre de 2006, Benedicto XVI pronunció en la Universidad de Ratisbona una conferencia titulada “Fe, razón y universidad. Recuerdos y reflexiones”. No era un discurso dedicado exclusivamente al islam, sino una reflexión académica sobre la relación entre fe y razón, sobre la concepción cristiana de Dios y sobre las consecuencias de separar la religión de la racionalidad.
En el desarrollo de esa argumentación, el Papa citó un diálogo del emperador bizantino Manuel II Paleólogo con un interlocutor persa, texto de finales del siglo XIV, en el que aparecía una valoración crítica de la relación entre religión y violencia. El pasaje, separado del conjunto de la conferencia, fue presentado en determinados ambientes como si constituyera una afirmación personal de Benedicto XVI sobre el islam.
La cuestión exige cierta precisión, porque el discurso de Ratisbona fue realmente polémico y provocó una crisis diplomática y religiosa internacional, pero no es correcto describirlo como un ataque del Papa al islam. El objetivo central de la intervención era precisamente defender la vinculación entre fe y razón y rechazar la utilización de la violencia como consecuencia de una concepción irracional de Dios.
El propio Benedicto XVI explicó el 17 de septiembre, en el Ángelus celebrado en Castel Gandolfo, que lamentaba las reacciones provocadas por un breve pasaje considerado ofensivo para los musulmanes y aclaró que se trataba de una cita de un texto medieval que no expresaba de ningún modo su pensamiento personal. Añadió que el sentido global de su discurso era una invitación al “diálogo franco y sincero” basado en el respeto recíproco.
La controversia, sin embargo, había adquirido una dinámica propia. En algunos sectores del mundo musulmán el discurso fue difundido mediante fragmentos, titulares y citas aisladas, y se produjeron manifestaciones, amenazas y actos de violencia contra instituciones y personas cristianas.
El problema no fue únicamente una cuestión de interpretación académica del discurso: la utilización de determinados fragmentos fuera de su contexto convirtió una conferencia universitaria sobre fe y razón en un símbolo de una supuesta agresión contra el islam. Esa interpretación no correspondía al contenido global de la intervención, pero tuvo consecuencias reales. El propio Benedicto XVI se vio obligado a intervenir públicamente para explicar sus palabras, y el Vaticano intensificó los contactos con representantes musulmanes.
Fatal coincidencia
Es en este punto donde debe situarse el asesinato de sor Leonella, aunque sin establecer una relación causal que la documentación histórica no permite demostrar con absoluta certeza. El 17 de septiembre, sólo cinco días después del discurso de Ratisbona, un clérigo musulmán somalí, Sheikh Abukar Hassan, había condenado públicamente las palabras de Benedicto XVI y, según el informe estadounidense sobre libertad religiosa correspondiente a 2007, había declarado que quien ofendiera al profeta Mahoma debía ser matado por el musulmán que estuviera más cerca. Ese mismo día, 17 de septiembre, Leonella fue asesinada. La coincidencia temporal fue, por tanto, extraordinariamente estrecha.
Pero la prudencia histórica obliga a añadir inmediatamente otro dato: no se ha demostrado que los asesinos recibieran una orden específica vinculada al discurso de Ratisbona. En las primeras horas posteriores al asesinato se habló ampliamente de una posible represalia por las palabras del Papa, y varios medios internacionales establecieron esa conexión.
Cáritas Somalia consideró que era posible entrever una relación con la reacción provocada por el discurso, pero situó el asesinato dentro de un contexto más amplio de odio contra símbolos occidentales y cristianos que venía desarrollándose desde años atrás. Las propias autoridades de las Cortes Islámicas, que controlaban Mogadiscio, condenaron el asesinato y negaron que estuviera relacionado con las reacciones al discurso papal.
La secuencia de los acontecimientos hace, en cualquier caso, que la muerte de Leonella adquiriera desde el primer momento una dimensión internacional. El domingo 17 de septiembre de 2006, hacia las doce y media del mediodía, acababa de terminar sus actividades en la escuela de enfermería de Mogadiscio. Para trasladarse desde el recinto hospitalario hasta el lugar donde vivían las religiosas debía cruzar una calle. La acompañaba Mohamed Mahamud, el hombre encargado de su seguridad, un musulmán somalí y padre de cuatro hijos.
Cuando salieron del hospital fueron atacados por hombres armados. Mahamud recibió disparos y murió, mientras que Leonella fue alcanzada por varios proyectiles y quedó gravemente herida. Fue trasladada al quirófano, pero los médicos no pudieron salvarla. Tenía 65 años. Poco menos de un mes después, a muchos kilómetros de distancia, moría en circunstancias totalmente diferentes al otro italiano heroico, Carlo Acutis.
Guardaespaladas musulmán
La muerte de su guardaespaldas es un elemento que no debería desaparecer de la narración, Mohamed era musulmán y murió protegiendo a una religiosa cristiana. En una situación marcada por la radicalización religiosa, la víctima y la persona que trató de protegerla pertenecían a tradiciones religiosas diferentes, es significativo porque la trayectoria de sor Leonella en Somalia había estado marcada precisamente por la colaboración con musulmanes y por el convencimiento de que era posible trabajar conjuntamente.
Las circunstancias de su asesinato fueron inmediatamente investigadas por las autoridades de las Cortes Islámicas. Al día siguiente se anunció la detención de varios sospechosos y la búsqueda de un segundo atacante. Los responsables políticos de las Cortes condenaron públicamente el crimen. No obstante, la investigación no permitió establecer con certeza pública y definitiva quién había ordenado el asesinato ni cuál había sido exactamente la cadena de responsabilidades.
“Perdono”
Lo que sí resultaba evidente era que la víctima había sido seleccionada en un momento de fuerte tensión contra la presencia cristiana y occidental y que su condición de religiosa católica en Mogadiscio la convertía en un objetivo especialmente vulnerable.
Según los testimonios transmitidos después de su muerte, mientras era trasladada y atendida por las personas que intentaban salvarla, Leonella pronunció varias veces una palabra: “Perdono”. Las fuentes de la época y los testimonios posteriores recogen la fórmula “perdono, perdono, perdono”. Benedicto XVI la recordó pocos días después y destacó precisamente ese último gesto. El Papa había recibido la noticia prácticamente al mismo tiempo que estaba explicando públicamente en el Angelus el sentido de Ratisbona.
La coincidencia dio al episodio una resonancia internacional muy particular: mientras el Papa pedía que se comprendiera el verdadero sentido de sus palabras y llamaba al diálogo, una religiosa que había dedicado años de su vida a trabajar entre musulmanes era asesinada en una de las ciudades más peligrosas del mundo.
El 23 de septiembre, durante un encuentro con obispos Benedicto XVI volvió a referirse expresamente a sor Leonella. La incluyó entre los sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos que habían “sellado con la sangre” su fidelidad a Cristo en los territorios de misión. Lo hizo apenas seis días después de su muerte.
El asesinato de sor Leonella tuvo también consecuencias inmediatas para la presencia humanitaria y religiosa en Somalia. Varias religiosas abandonaron Mogadiscio y numerosos trabajadores extranjeros fueron evacuados. La inseguridad hacía cada vez más difícil mantener estructuras internacionales de asistencia.
Su asesinato se produjo, además, en una Somalia que estaba a punto de entrar en una nueva fase de guerra: apenas tres meses después, a finales de diciembre de 2006, las fuerzas del Gobierno Federal de Transición, apoyadas militarmente por Etiopía, expulsaron a la Unión de Cortes Islámicas de Mogadiscio. La situación política que sor Leonella había conocido en sus últimos meses estaba, por tanto, a punto de transformarse radicalmente.
Beata
El 8 de noviembre de 2017, el papa Francisco autorizó la promulgación del decreto que reconocía oficialmente su martirio, especificando que había sido asesinada ‘in odium fidei’. El decreto pontificio de 2017 abrió así el camino a la celebración que tendría lugar pocos meses después. El 26 de mayo de 2018, en la catedral de Piacenza, su ciudad de origen, Leonella Sgorbati fue proclamada beata en una celebración presidida por el cardenal Angelo Amato en representación del papa Francisco.
